Os escribo para contaros algo que me pasó hace dos años y que me da tantísima vergüenza que no se lo he contado ni siquiera a mi psicólogo, así que voy a aprovechar este post para empezar a soltar lastre emocional.

Fue hace dos años, la Navidad antes de la pandemia, cuando volví a mi ciudad como cada año para celebrarla con mi familia.

Soltero desde hacía un año, tras dos años de relación con ruptura un poco dramática, volvía al ruedo convertido en una especie de superhéroe putón verbenero deluxe, que combinaba el poder de la juventud (todavía tengo treinta y dos años), con el poder de la experiencia (llevo en el cancaneo desde los dieciocho).

Quiero aclarar que desde bien jovencito me han gustado mucho las saunas, especialmente los cuartos oscuros. No siempre me apetece el rollo cuarto oscuro, pero de vez en cuando tengo la necesidad de meterme allí, a ciegas, y dejar que todos los sentidos, menos el de la vista, me den un fogonazo de morbo y placer que no encuentro en otro tipo de prácticas.

El caso es que dos días antes de las comilonas en familia, decidí ir a la sauna a descargar tensiones. Iba con muchas ganas de cuarto oscuro, así que tras cambiarme y la ducha de rigor, directo al paraíso de tinieblas que me fui. La cosa estaba animada, y a los poco segundos una mano empezó a tocarme y yo respondí. El tipo me empezó a besar delicadamente. Llevaba bigote (los bigotes me vuelven loco) y después de unos largos morreos fui bajando.

Tenía un pecho peludísimo con un pequeño crucifijo que le colgaba de una cadenita y olía a un perfume que me ponía muchísimo, por lo que no tardé en acabar de rodillas y no precisamente rezando el rosario. Mientras tanto, él se iba morreando con otros, cosa muy habitual en este tipo de situaciones, hasta que se corrió y se marchó del cuarto oscuro.

Hasta aquí todo normal. Yo me quedé un rato más, hasta que decidí ir a darme otra ducha y relajarme en el jacuzzi. Y justo cuando salía de la ducha, se me hiela la sangre al ver a mi tío. Mi tío es el hermano pequeño de mi madre. Es abiertamente gay y todos lo queremos mucho, porque además es muy simpático. No fue eso lo que me dejó muerto, sino que según pude ver, se había dejado bigote. Además, llevaba un crucifijo colgado de una cadenita. Y además del todo, olía al perfume que tan caliente me ponía.

Yo muy listo no soy, pero mi cabeza unió la línea de puntos y sacó conclusiones histéricas: todo apuntaba a que se la había comido a mi tío.

«¿Estás bien?» es lo último que recuerdo haber oído. Lo siguiente soy yo, tumbado en un banquito del bar de la sauna, y media docena de hombres vestidos solo con una toalla a mi alrededor. Entre ellos, mi tío, claro.

No sé cuánto rato estuve allí, pero mi tío, que ni por asomo ató cabos, insistió en llevarme al médico para que me vieran. Así que acabé en urgencias, sin osar mirarlo a la cara y con una sensación de vergüenza y de culpabilidad horrorosas. Lógicamente, no tenía nada; me dijeron que quizás una bajada de tensión y me mandaron a casa.

Coincidí con él solo en Nochebuena, ya que Navidad la pasamos con mi familia paterna, y el año pasado no celebramos nada porque hubo dos positivos por COVID en la familia. Este año todo apunta a que nos volveremos a reunir y me da muchísima vergüenza volver a verlo cara a cara.

Por un lado, pienso que no hice nada malo porque no podía saber que era él, pero por otro, de vez en cuando me acometen la vergüenza y la culpa. Estaba pensando en no ir, pero mis padres me desheredan. En fin, espero que paséis una Navidad menos tensa que la mía.