Este follodrama, queridas lectoras, es una descripción detallada de lo que no debéis hacer aunque estéis desesperadas. Era mi caso. Lo había dejado con mi novio (o, mejor dicho, exnovio) y llevaba más de siete meses sin echar un casquete polar.

Por azares de la vida coincidí de fiesta con una antigua amiga del instituto y soltamos la típica frase falsa de «a ver si quedamos para tomar algo». Por primera vez en la historia fue verdad, porque ese mismo miércoles fuimos a beber un café y a ponernos al día. Era como si no hubiese pasado el tiempo, y poco a poco empezamos a vernos más.

En una de estas quedadas le conté mi desagradable secreto: los siete meses de celibato involuntario. Ella con todo su cariño se animó a organizarme una cita a ciegas. No me llamó mucho la atención el plan, reconozco que era (y ahora más) muy reacia a quedar con un maromo desconocido, pero como mi amiga Lucía era una tía cojonuda me animé.

A los dos días me escribió un WhatsApp. «Tengo a un chico ideal para ti«, soltó.

«Se llama Francisco. Es alto. Va al gimnasio y es muy guapo. Yo le conozco porque es el primo de un amigo mío, pero es un buen tío. Es Guardia Civil, que eso tiene mucho morbo.» 

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Yo no quería casarme con este chaval, sólo pasar un buen rato, así que me daba igual si se llamaba Francisco como el papa, Pedro como el presidente o Agustín como mi abuelo. Quería que tuviese un poquito de desparpajo y que me empotrase como llevaba meses (siete para ser exacta) soñando.

Total, que llegó el día de la cita y nos tomamos un par de cañas en un bar del centro. Os lo juro, parecía normal. En realidad estaba tremendamente bueno y eso me cegó un poquito, así que acabamos en su casa. Ahí empezó el horror.

Entramos por la puerta y en el mismísimo descansillo de la casa ya había una bandera de España. Yo me hice la inocente y pensé que igual el chaval era muy patriótico en plan guay, pero no. En el salón había una foto del mismísimo Franco y ante mi cara de «dónde coño me he metido» el lo aclaró todo:

«Yo soy Franquista.»

«No lo jures.»

También me contó que sus padres le llamaron Francisco en honor al señor dictador y que su primer apellido empieza por «CO» (no daré más datos pa’ porsi), así que sus amigos le llamaban Franco. Sí, sí, tal y como lo leéis.

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¿Lo peor? Que me acosté con él. No me enorgullezco, pero lo hice, y os juro que no me he sentido nunca peor que aquel día al llegar a casa. Fue una experiencia de mierda porque encima el chaval la tenía diminuta y tardó 15 segundos en echar toda la crema por el pepito. Vamos, que mi follodrama no sólo fue sexualmente hablando, sino también moralmente porque traicioné mis principios.

Al día siguiente él me escribió por si quería ir a ver una película DE LA GUERRA CIVIL (sí, sí, como lo leéis) a su casa y yo le dije que lo sentía, pero que yo era más roja que la sangre, que lo nuestro estaba abocado al fracaso. Ahora sólo cruzo los dedos para no toparme con él en un control de alcoholemia.

Imagen de portada de la película «Mientras dure la guerra».