Hay frases que se nos escapan sin querer. Nos salen solas, en automático, no las pensamos. Están instaladas en nuestro cerebro porque nos las decían a nosotros. Pero somos la generación de padres que estamos sanando nuestra heridas. Queremos criar diferente, sin dar un cachete, sin gritar y validando las emociones de nuestros hijos.

Pero no siempre lo conseguimos. Yo misma a veces me sorprendo diciéndole a mi hijo “no llores” cuando se ha caído y se ha raspado la rodilla.

Y lo hacemos porque crecimos oyendo ese tipo de frase. Porque para muchos de nosotros, ese fue el lenguaje emocional de nuestra infancia. Crecimos escuchando “no pasa nada” mientras sí pasaba. “No es para tanto” cuando para nosotros era un universo entero. “No te enfades” cuando el enfado nos quemaba por dentro.

¿Cómo podemos cambiar esto? ¿Qué afirmaciones podemos usar para que nuestros hijos se sientan validados y acompañados cuando algo les afecta?

Pues lo primero es hacer algo que a nuestra generación le cuesta horrores: parar. Parar antes de contestar en automático. Parar y reflexionar antes de soltar esa frase que ya tenemos en la punta de la lengua. Parar antes de minimizar lo que sienten porque a nosotros, de pequeños, nadie nos enseñó a mirarlo de otra manera.

 

“No llores”

El clásico. La frase más automática, la más heredada, la que más daño hace sin que nos demos cuenta.

Cuando le decimos a un niño “no llores”, estamos enviándole un mensaje muy claro: lo que sientes molesta, incomoda, no debería existir. El llanto es la primera forma que tiene un niño de comunicarse, y diciéndole esto le estás enseñando que llorar es algo malo, que hay que ocultar o controlar a toda costa.

Y luego nos extraña que de adultos no sepamos llorar, que nos dé vergüenza, que se nos haga un nudo en la garganta y lo traguemos. Y para los chicos es aún peor, tienen grabado a fuego aquello de “los hombres no lloran” y ahora son adultos incapaces de mostrar sus sentimientos.

La realidad es simple: los niños lloran. Lloran cuando están cansados, cuando se frustran, cuando están tristes, cuando están enfadados, cuando no saben explicar lo que sienten. Y necesitan hacerlo. El llanto es regulación, es desahogo, es comunicación. No es un capricho ni una forma de manipularnos.

Lo que podemos decir en su lugar:

“Puedes llorar si lo necesitas.”

“Estoy contigo.”

“Veo que estás triste/enfadado/frustrado.”

Validar no significa estar de acuerdo, ni ceder, ni dejarles hacer lo que quieran. Significa acompañarlos en lo que sienten para que aprendan a gestionarlo sin reprimirlo.

“No pasa nada”

Esta frase la decimos con toda la buena intención del mundo. Queremos calmarles, aliviarles, quitarles importancia a algo que les ha hecho daño. Pero hay un problema: a veces sí pasa. A veces sí dolió. A veces sí les importó.

Para un niño que se ha caído, que ha perdido un juguete, que ha tenido una discusión, que se siente ignorado, que no entiende el mundo… claro que pasa algo. Su universo es pequeño y todo tiene un peso gigante.

Lo que podemos decirles para que sepan que estamos con ellos:

“Sé que te has asustado.”

“Parece que esto te ha dolido.”

“Vamos a ver qué ha pasado.”

Acompañar no es dramatizar. Es reconocer lo que ocurre y ayudarles a entenderlo.

 

“No es para tanto”

Otra frase que decimos en automático. Es básicamente decirle al niño que está exagerando. Y volvemos a lo mismo, para nosotros como adultos puede que el problema del niño sea una nimiedad, pero para él es un mundo.

En su lugar podemos usar afirmaciones del tipo:

“Entiendo que para ti esto es importante.”

“Debe de ser difícil sentir eso.”

“Estoy aquí, cuéntame.”

Y sorprendentemente, cuando validas la emoción, la intensidad baja sola.

Si miramos atrás, nos daremos cuenta de que las cosas que antes se hacían con total normalidad, hoy nos parecen auténticas barbaridades: obligarnos a dar besos por educación, aunque no quisiéramos a una señora que ni conocíamos, usar el miedo o la culpa como forma de obediencia, los castigos desproporcionados, los cachetes a tiempo…

Venimos de una crianza en la que se confundía respeto con silencio y obediencia con sumisión. Y hemos decidido romper con todo eso. Hemos entendido que no queremos que nuestros hijos aprendan a callar, a complacer o a tener miedo, sino a sentir, a expresarse y a saber que su voz importa.

Y ese cambio no es fácil, pero es la mejor herencia que podemos dejarles.