MI IMPLACABLE TRANSMUTACIÓN DE “TREINTAÑERA” A “SEÑORA”.
Soy una señora. No me escondo -a día de hoy- pero he de reconocer que hace no demasiado tiempo me hacía la “longuis” cuando un adolescente se dirigía a mí con tal calificativo, y volteaba mi cabeza hacia los lados, con la vana esperanza de encontrar una verdadera señora cerca (de esas de pelo cano y cardado con permanente, collar de perlas blancas y zapatos de tacón bajo). O peor aún, cuando un señor de mediana edad, como el conductor del autobús o el técnico del aire acondicionado (que a mis ojos parecían ser como cien años mayores que yo) utilizaban tal apelativo para referirse a mí.
Me parecía insultante, aberrante y fustigaba al autor de tal comentario con el látigo de mi mirada. Solía exclamar: -No me llame USTED así, soy muy joven aún para eso (remarcando el “usted”, para enfatizar así la más que evidente diferencia de edad y hacer un poco de sangre). A continuación, los maldecía en silencio y me encerraba en mi habitación a escuchar canciones retro de los noventa para recrearme en mi desdicha, pensando en cómo la juventud se me escapaba de las manos.
Estoy a punto de cumplir treintaytodos. Los cuarenta me contemplan desde una esquina, coqueteando conmigo, poniéndome ojitos. Y no es solo la edad, que claro está no es más que un número. Mi modus vivendi, es, efectivamente, el de una señora. Así que creo que ha llegado –ya sí- el momento de asumir la realidad y afirmar taxativa y categóricamente, sin temor a la vergüenza ni al escarnio público: “SOY UNA SEÑORA”.
Mientras que antes se me caían los techos encima, ahora quedarme en el sofá degustando una botellita de vino mientras elijo una peli de Netflix para dormirme en el minuto 8, me parece un placer casi pecaminoso.
Lo que no me da acidez, me da dolor de cabeza. Cuando llueve se me resienten las rodillas. Me hace genuinamente feliz ver que tengo la comida lista, sobre todo si se trata de una olla de legumbres y verduras (y no una caja de Donuts como antaño).
Mi carta a los Reyes Magos incluye objetos como un juego de sartenes sin PFOAS, un robot aspirador o un centrifugador de lechuga. Una cocina limpia y reluciente me provoca un éxtasis súbito, inmediato y centelleante. Donde se ponga la imagen de tu cocina como una patena, que se quite el Satisfyer.
Salir después de las diez p.m me parece una hazaña tan increíble como escalar el Everest. O se sale antes de la cena o no se sale, y eso es dogma, no pienso discutir.
Para ir a la playa sin silla, prefiero no ir. No concibo volver a pegar el culo a la arena caliente con una simple toallita, de verdad, líbreme el Señor. ¿Qué somos, dromedarios?
Hace diez años me bebía el agua de la fregona si me decían que aquello tenía algún componente etílico. Ahora, mi refinado paladar solo admite Ribera del Duero, un buen albariño o ginebra Premium. Y si me paso de copas, al día siguiente considero seriamente la posibilidad de llamar para que vengan a darme la extremaunción.
Los hombres me dan pereza. Sí, pereza. Ligar me da pereza. Ese sobreesfuerzo, esa inversión de energía en gustar, en agradar, en cumplir las expectativas, en que cumplan las mías. Mi lista de requisitos en más larga que la semana previa a unas vacaciones. Eso por no hablar de la ansiedad de los comienzos y los pensamientos del tipo “¿Me escribirá?” “¿Debería hacerlo yo?”. El salir de mi cuadrilátero de confort, de mis rutinas… todo me supera. Más bien espero a que el amor llame a mi puerta, acurrucadita cómodamente, sin poner de mi parte, como caído del cielo.
Hago listas para todo, el orden y la planificación me producen paz mental. Tengo al menos tres batas y el 98% de mis zapatos son planos. Mi idea de la felicidad tiene que ver con comida y bebida en un lugar calentito en invierno. Me gustan los abrazos, las buenas conversaciones entre amigos e ir a la montaña los sábados. Suspiro cuando me siento, como si estuviese realizando un esfuerzo inconmensurable. De vez en cuando, exclamo sin ton ni son “Ay Dios mío de mi vida”, simplemente por exclamar, a modo lamento, sin razón aparente.
He empezado a hacer ejercicio, yo, que antes cogía el autobús para ir a la panadería. Mi círculo de personas imprescindibles no puede llamarse ni circulo, es más bien una semiesfera (ya entendí que vale más calidad que cantidad). Me ha dado por verter semillas de chía en mi yogur y por tomar infusiones. Y sí, sucumbí ante el retinol, creyendo firmemente en sus propiedades antienvejecimiento, como si aquel mejunje fuese a conseguir que me levantara al día siguiente con la misma cara que tenía cuando forraba la habitación con posters de los Backstreet Boys. Ahora tengo las mismas patas de gallo y treinta euros menos cada mes.
Jóvenes y jóvenas del mundo, disfrutad, aprovechad, salid, bailad, bebed, vivid. Todo sucede muy rápido, en un abrir y cerrar de ojos. Hoy te sientes inmortal e invencible, pasando frío en una plaza con tu lote de ron-cola; mañana eres feliz reuniendo puntos en tu tarjeta del CLUB CARREFOUR. Señoras treintañeras del mundo, no os escondáis, no estáis solas. Yo también he pasado por eso. Me too.

