Tenía dieciséis años cuando confundí por primera vez el amor con el miedo. Siete años duró aquello. Siete años de gritos, desplantes, insultos. Siete años de pedir perdón cuando no me tocaba hacerlo con tal de no perderle, de ley del hielo, de días sin saber de él porque me castigaba con su desprecio y su silencio. Salir de allí fue tan difícil como arrancarme la piel. Era mi primera relación, mi primer amor. Me llevó tiempo, horas y horas con mi mejor amiga haciendo de terapeuta, noches en vela y me dejó una gran desconfianza arraigada hacía todos los hombres que se me intentaron acercar después de aquello.

Por eso, cuando conocí a Francisco, caminé con pies de plomo. Me gustaba, era evidente. Pero no quería prisas, ni promesas, ni grandes gestos. Sólo conocernos. Pasarlo bien con él. Hacer pequeños planes. Y él me fue ganando poquito a poco el corazón respetando el espacio que yo necesitaba, sin empujar ni un poquito. Le conté mi historia y me fue apoyando cuando los miedos regresaban, se comió todos mis traumas y desconfianzas sin un solo reproche. Y yo iba sanando al sentirme segura.

Casi dos años después, nos fuimos a vivir juntos. Reconozco que no era algo que yo desease urgentemente, podría haber pasado un añito más o así viviendo de forma independiente antes de dar ese paso, pero él ya me lo había propuesto muchas veces y llevaba razón en que al final pasábamos gran parte del tiempo en casa de uno o del otro, por lo que estábamos tirando dinero en dos alquileres. Así que bueno, entre ese razonamiento y que no quería decepcionarle, acepté. Y no nos fue mal, debo reconocer. Nos adaptamos bastante bien en la convivencia total, y nuestra relación siguió avanzando y creciendo. No éramos una pareja de grandes discusiones ni dramas, todo parecía funcionar.

Un año y pico después él empezó a dejar caer la idea de la boda. Así de pasada, como tanteando el terreno. Yo me reía y me hacía la loca para no abordar el tema de forma directa. Aunque entendía que él quisiera dar el paso, yo no me sentía preparada. Seguía sin querer tener prisa. Él llevaba bastante tiempo con trabajo estable (a diferencia de mí), ya llevábamos bastante más de tres años juntos y sabía que quería asentarse del todo y tener familia. Pero yo necesitaba esperar un poco más. Y él parece que sobreentendió por mi actitud que yo no quería aún esa boda que él sugería.

Y entonces llegó el accidente.

Le encantaban las motos, tenía una preciosa Harley. Y montado en ella acabó siendo embestido en un cruce por un conductor borracho. Costillas rotas, una pierna destrozada, un brazo roto por tres sitios, la cara como un cristo, operaciones varias y meses de hospitalización. El terror que sentí cuando me llamaron para decirme lo ocurrido fue como un cuchillo afilado clavándose en mis tripas. Casi no lo cuenta, estuvo a punto de morir. Estuve a punto de perderle.

Yo estuve ahí cada día, cada hora, cada momento en el que me necesitó. Sólo quería sostenerle la mano y consolarle cuando el dolor le hacía retorcerse. Me juré a mí misma que en cuanto estuviera bien del todo, sería yo quien le pidiera matrimonio. Ahora era yo quien sentía prisa, y me daba igual. Le quería con todo mi ser.

Cuando finalmente volvió a casa, fue aún más difícil. Pasó meses dependiendo de mí para casi todo, y su humor era terrible. Estaba deprimido y enfadado todo el tiempo por encontrarse en esa situación. Pero poco a poco con el paso de los meses se fue recuperando. Pero a la vez que su salud mejoraba, yo notaba que algo más cambiaba. Le sentía cada vez más lejos.

Salía más. Volvía tarde. Planes con amigos a los que yo nunca estaba invitada. Excusas constantes. Apenas me dedicaba gestos de cariño, ni caricias, ni besos. Ni siquiera habíamos retomado aún nuestra vida sexual después del accidente a pesar de que ya estaba casi recuperado del todo. Cuando le preguntaba qué pasaba, se enfadaba. Decía que estaba paranoica. Que me inventaba cosas.

Hasta que un día, en mitad de una discusión, me miró con ira y me soltó una frase que se me clavo en el corazón como hierro candente: «Estoy harto de ti, he malgastado toda mi vida a tu lado». Me quedé helada. Los ojos se me arrasaron en lágrimas de inmediato. Pensé que se disculparía, que habría dicho algo así solo por el enfado, por el acaloramiento de la discusión. Pero no, resultó que lo pensaba de verdad.

Al parecer, tras el accidente no solo yo había tenido una revelación. Decía que se había dado cuenta de que nunca tendría que haber aceptado mis tiempos, que casi se había muerto esperando a que yo diese el paso que él quería hacía mucho, y yo había resultado no ser lo que él esperaba, que estaba harto de mi y de mis indecisiones, de mis caprichos y pausas. Para mí fue como si el suelo se abriese y me tragase. Y ojalá hubiera sido así de verdad. No quería ni verme, tal era el rechazo que sentía hacia mi. Pretendía borrarme de forma completa y cuanto antes de su vida. Y así lo acabó haciendo. 

Yo caí en una depresión de la que aún estoy saliendo. Al fin y al cabo solamente han pasado seis meses y hay días en los que levantarme de la cama sigue siendo una victoria. Pero tengo esperanza, volveré a estar bien tarde o temprano. Aunque una cosa tengo clara: hoy por hoy, tras las dos experiencias que he vivido en mis relaciones, mucho tiempo tiene que pasar para que yo me vuelva a plantear abrirle a la puerta a absolutamente nadie.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.