Os escribo a la espera de los resultados de una analítica para ver si al fin revertí los efectos de una intoxicación prolongada en el tiempo.
Este año había decidido ponerme en manos de una nutricionista. Decidir el menú semanal para mi familia es una carga que me siempre me pesó demasiado. Organizar las compras, los tiempos para cocinar, el equilibrio de nutrientes, es algo que siempre me dio muchísima pereza y, entre eso y que últimamente me sentía permanentemente inflamada, decidí buscar a alguien profesional que nos ayudase.
Entonces caí en la trampa de las redes sociales. Esa nueva trampa en que el algoritmo te lleva a ver cuentas relacionadas con tus últimas búsquedas y, al empezar a seguir alguna cuenta, la persona que hay detrás te contacta para saber por qué has decidido seguirla y si puede ofrecerte sus servicios.

La verdad es que vi una cuenta bastante interesante que hablaba de no estar a favor de la cultura de la dieta, de respetar las necesidades de los ciclos hormonales, de lo que nos pide el cuerpo en cada momento de la ovulación… Y yo con mi SOP estaba encantada de dar con alguien así.
Tuvimos una reunión en la que le conté lo que buscaba. Hacía años que no me pesaba porque el volumen de mi cuerpo (estando muy lejos del o normativo desde los embarazos) era un tema que no me quitaba ya el sueño. Mi cuerpo es quien me ha permitido parir a mis tres tesoros y quien los abraza hoy con fuerza. Le dije que no quería caer en las restricciones absolutas, porque eso siempre acaba en atracón y culpa, y que me preocupaba seguir regulando mis ciclos menstruales sin hormonas artificiales; algo a lo que me estaba ayudando mi ginecóloga con un suplemento.

Ella me dijo que era su paciente perfecta, que no creía en las dietas, en las restricciones y que lo que yo buscaba, que era quitarme la carga mental de la elaboración del menú semanal para toda la familia, sería misión suya desde entonces.
Todo fue perfecto, pusimos una fecha para el inicio y, unos días antes me manda un cuestionario donde debo enviar fotos mías en ropa interior para ver la evolución, mi peso y mis medidas de contornos. Luego me manda mis primeros menús, absolutamente restrictivos. Donde me había hablado del sinsentido de contar calorías, me obligaba a pesar absolutamente todo lo que comía.
Tras una semana en la que debía enviar fotos de todo lo que ingería, foto del podómetro con los pasos realizados cada día y el justificante de cada día de entreno de fuerza, mi ansiedad se disparó.
Mi principal requisito, que era no hacer comidas diferentes para el resto de la familia, era inviable, pues debía pesar mi comida en crudo y era imposible saber cuanto comía. Pesaba el pan, el arroz, la proteína… Pasé a que mi alimentación fuese a base de pechuga de pollo prácticamente todos los días y se me pedía no exceder las 2 ocasiones en que comieras algo fuera del plan (porque no era una dieta, claro, era un plan). Entonces hablaba de comer fuera sin culpa ni compensación, pero insistía sin embargo en cuanto había comido en esa ocasión, si realmente lo necesitaba, si no hubiera sido mejor… Y ahí estaba la culpa de nuevo.

Mi psicóloga me dijo que no se me ocurriese seguir con ella, pues yo no había tenido en años problemas de inseguridades con mi cuerpo, y ahora me veía totalmente en alerta. Me tenía que pesar y medir cada semana y responder en un cuestionario cuales habían sido mis fallos y victorias esa semana y cómo iba a mejorarlo la siguiente semana, con ese lenguaje de coach tóxica que parece decirte algo bueno mientras te presiona y te juzga.
Me enviaba un reporte semanal diciéndome lo bien que iba y que debería seguir con ella más allá del plan de 3 meses que había contratado porque nos iría bien juntas.
Tras varias charlas en la que le dije que aquella hipervigilancia me estaba agobiando, que pasaba el día pensando en las horas de comer, que ahora el momento de cenar era una tortura para mí. Había encarecido mi cesta de la compra a más del doble, me exigía una elaboración monótona o muy laboriosa, las restricciones eran absolutas y la suplementación sentía que no me estaba sentando bien.
Ella, con una sonrisa y siempre hablando en positivo, me decía cómo hacerlo cada vez mejor… Hasta que me tocó renovar el pedido de suplementación que ella me supervisaba. Aquellos sobres que la ginecóloga me había dado y con los que había conseguido regular mis ciclos sin hormonas, ella me los cambió por otro que decía que era mucho mejor. Tras un mes de desajustes y dolores de riñones, fui a pedir mi segundo bote y vi la letra pequeña.
Resulta que me estaba dando dos suplementos totalmente incompatibles entre ellos que contenían una sustancia maravillosa que, en exceso, se volvía tóxica. Y ahí estaba yo, tomando el doble de lo recomendado y aderezándolo con las recetas que ella me mandaba, cargadas de la misma sustancia de nuevo. De ahí mi dolor de riñones y mis desajustes.

Cuando se lo dije solamente me devolvió el dinero del último mes porque no lo haríamos juntas y me pidió perdón.
Días después me insinuó que en realidad ella sí era consciente pero que según mis características podía tomar todo aquello sin problema. Mi doctora no opina lo mismo y ahí estamos, intentando depurar todo el desastre de mi cuerpo.
Así que ahora siento un enorme rechazo a su profesión y una enorme desconfianza. Cuando ella decía que estaría a mi lado para darme seguridad y me pedía que le hablase todos los días lo que hacía era intentar crear en mí inseguridades y dependencia a ella y a sus servicios, literalmente tóxicos.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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