Hace ya unos cuantos años de esto y todavía tengo que tener cuidado.
Acababa de conocer a un chico, habíamos quedado ya unas cuántas veces y parecía simpático, tenía bastante picardía y aunque hablábamos a menudo por un grupo de amigos que teníamos en común, siempre hacía bromas sexuales, la gran mayoría en forma de indirectas hacia mi.
Era un chico bastante guapo, que se cuidaba y tenía los brazos bastante musculados. No era mi prototipo, pero la realidad es que a mi las bromas más que hacerme gracia me ponían colorada.
Un día quedamos a cenar en casa de una amiga y entre broma y broma… nos fuimos juntos a mi casa.
Ese día lo pasamos muy bien, encajamos muy bien en el terreno sexual y como ya nos conocíamos había más confianza entre nosotros.
Seguimos quedando hasta que la cosa fue yendo a más y formalizamos la relación. Nos llevábamos muy bien, salíamos juntos a menudo y quedábamos de vez en cuando con eses amigos que vieron como nuestra relación iba naciendo. Todo iba genial y sexualmente, mejor!
De vez en cuando pasábamos la tarde en casa de unos amigos que tenían niños, charlábamos un rato, jugábamos con los niños y en alguna tarde de lluvia nos quedábamos viendo películas de Disney.
Por ese entonces, habían empezado a salir las películas de Frozen y no había fin de semana que no se vieran o no salieran en todos lados. De hecho, entre anuncios de la tele, ver las películas y escuchar las canciones en todos lados, casi nos sabíamos las películas de memoria y a cualquier hora podíamos encontrar al otro cantando una de las canciones. Porque estas canciones otra cosa no, pero pegadizas son un rato.
Como ya dije, este chico era mucho de hacer bromas picantes o de tema sexual, a todo le encontraba un punto picante y normalmente solía hacernos bastante gracia a los demás.
No era de extrañar que con esto hiciese lo mismo, así que empezó a buscarle el doble sentido a las canciones de la película. En concreto, solíamos bromear con la canción que la protagonista canta y que creo que todo el mundo ha cantado alguna vez. En inglés “Let it go” pero que traducido al castellano se quedó en un sutil “Suéltalo” que quizás cualquiera habría pasado por alto pero que en nuestras cabezas ya había tomado un sentido totalmente diferente.

Imaginaos la situación, todo el día escuchando la canción en todos lados, el cachondeo que nos traíamos, porque a cada verso que escuchábamos más doble sentido le encontrábamos. Si a eso le sumamos que era una que se escuchaba entre las sábanas de nuestra casa más de una vez, teníamos por lo menos la risa asegurada.
El momento no tardó en llegar. Pocos días después, mientras estábamos a ello, a uno de los dos se le ocurrió decir la palabra mágica. Era de esperar el ataque de risa que nos dio a los dos. Tanto que esa noche no conseguimos culminar ninguno de los dos.
Ese día nos reímos un montón de la situación, sabíamos que iba a pasar y pasó. Nos lo tomamos con buen humor y ya está. No le dimos mayor importancia.
La siguiente vez, volvió a pasar. No pensamos que nos daría por reírnos más allá de la primera vez pero bueno, se ve que la tontería que teníamos con la cancioncita era mayor de lo que parecía.
Esto siguió pasando varias veces más hasta que llegó un punto que no podíamos tener relaciones sin que estuviéramos pensando todo el rato en no decir la palabra. Era un problema, porque nos cortaba el rollo nada más empezar. Teníamos que esforzarnos mucho para poder disfrutar de verdad.
Pasaron semanas para que se nos fuera de la cabeza un poco, y de vez en cuando, si se nos escapa nos miramos fijamente y hacemos como si no hubiera pasado porque sabemos que si volvemos a decirla tardaremos mucho tiempo en volver a disfrutar de nuestras relaciones