La boda. Ese día precioso y especial en la vida de una pareja. Una ocasión para celebrar el amor, la unión y el inicio de una nueva etapa vital rodeados de tus seres más queridos. Sin embargo, para nosotros aquel día quedó marcado por una ausencia muy concreta: la del padre del novio.
La relación entre mi pareja y mi suegro nunca había sido del todo fácil. Su padre estaba acostumbrado a hacer y deshacer, elegir, mandar y mangonear en casa. Hasta que mi suegra le pidió el divorcio, cansada de aguantar estupideces. A partir de entonces compartieron la custodia de sus dos hijos, mi marido y su hermana pequeña. Esto libró a mi suegra de aguantar sus caprichos pero supongo que, de algún modo, condenó a los niños a aguantarlos todos de pleno. Mi cuñada era un alma libre difícil de avasallar, pero mi chico, más tímido y complaciente, se había acostumbrado a obedecer las exigencias de su padre, el cual, casado de segundas, había dado con una mujer que lejos de suavizar su carácter lo había hecho aún más engreído. El caso es que, al fin y al cabo, era el suegro que me había tocado. Mi marido le quería y eso era suficiente para mí.

Cuando les dimos la noticia del compromiso se alegraron mucho. Su mujer sacó cava para brindar y todo. Pero durante la cena empecé a ver algo que no me gustó nada. Comenzaron diciendo que el catering debía ser el que ellos contrataron en su boda. «Vamos, sería de tontos no contar con ellos. Nuestra boda fue espectacular. Y tenéis que poner de primer plato la ensalada de perdiz que nosotros pusimos. Me muero por comerla otra vez y recordar ese día». Sonreí y asentí, mirando a mi pareja, que no parecía darse cuenta de lo que estaba empezando a ocurrir.
Cuando semanas después se enteraron de que el catering sería otro, se colaron en nuestra casa a protestar. Mi suegro estaba poco menos que indignado. Le explicamos que el precio de este catering era muy bueno y que nos habían dado unas referencias fantásticas, pero nada aplacó el mal humor que ambos desprendían. Mi chico incluso le llegó a decir que nos lo íbamos a pensar, que aún no habíamos dado la señal, que lo podíamos reconsiderar. Yo le miré con incredulidad y les pedí que respetaran nuestras decisiones. Además, les invitamos a la cata de menú para que pudieran dar su opinión, pero se negaron a venir.

A partir de entonces, empezamos a notar cierto distanciamiento. De repente, la boda había pasado a un segundo plano para ellos. Apenas respondían cuando les sacábamos el tema. Mi suegro ponía un mohín y se limitaba a asentir y a decir, no sin cierto retintín, «Ah, pues mira qué bien. Seguro que lo que decidáis será lo adecuado».
Pero un día, mencionamos que iríamos a clase de tango para preparar el baile de los novios, y entonces se vinieron arriba. Al parecer, les encantaba el tango. Me alegré de que reaccionasen así, porque para mi pareja sería todo más fácil si ellos volvían a integrarse y a ser partícipes en los preparativos.
Pero se me desencajó la cara cuando me llamaron al día siguiente para pedirme el número del estudio de tango. Habían decidido apuntarse ellos también para poder bailar a la vez que nosotros. Y lo sentí por mi pareja, pero ahí no pude contenerme. Les expliqué que ese momento era solo para los novios, que no habría más tango que el que sonaría durante el primer baile y que lo haríamos solos, como teníamos pensado. Se montó una buena. Llamaron a mi pareja para darle las quejas, pero esta vez tuvo el valor de decirles que opinaba lo mismo que yo, cosa que para mi suegro fue una completa osadía y una desfachatez, según sus propias palabras.

Las cosas volvieron a ser incómodas, incluso más que antes. Mi suegro ni llamaba para preguntar por su propio hijo, ni siquiera en su cumpleaños, y si lo llamábamos o visitábamos nosotros y sacábamos el tema de la boda, nos decía que mejor hablar de otra cosa, que ese tema le aburría.
Y así, aunque parecía algo muy muy lejano, llegó el día. Maquillaje y peluquería desde las siete de la mañana, ponerme mi precioso vestido, fotos entrañables con mis padres, lágrimas al verme salir de su casa. Todo iba como tenía que ir. Pero a medida que me acercaba al altar del brazo de mi padre, vi en el rostro de mi futuro marido que algo no iba bien. «Mi padre y su mujer no han llegado aún», me susurró al oído. Miré al primer banco y vi que el espacio que habíamos reservado con una etiqueta para ellos estaba vacío. No entendí nada. La ceremonia dio comienzo, pero en mi cabeza solo había una pregunta: ¿Serían capaces de no acudir a la boda?
Tras la ceremonia, mientras íbamos en el coche camino de la finca para la celebración, mi pareja los llamó a ambos decenas de veces, pero no lo cogieron. Estábamos preocupados, ¿y si les había ocurrido algo de camino?
Una vez llegamos al sitio, fuimos directos a preguntarle a mi cuñada. Ella también llevaba toda la mañana intentando contactar con ellos, pero tampoco tenía noticias. Entonces se nos acercó una de sus tías, hermana de su padre, para decirnos que no les llamásemos más. Al parecer, lo que yo temía era cierto: habían planeado no venir desde hacía meses. Ella se había enterado la noche anterior y había tratado de convencerles. Creía haberlo conseguido, por eso no nos había dicho nada antes, pero viendo que no aparecían supuso que debía explicárnoslo ella.

El palo fue tremendo. Si a mí me dolió el gesto, no os podéis hacer una idea de lo que supuso para mi pareja. Las sillas quedaron vacías en la mesa de los novios. El catering se dispuso a quitarlas, pero mi marido dijo que las quería así, presentes y vacías, para que todo el mundo supiera lo que nos habían hecho.
Fue un golpe muy duro para él. Aquel acto empañó por completo nuestro día, ese que debía ser maravilloso. Yo no se lo perdonaría nunca jamás, eso lo tenía claro, pero mi esposo me sorprendió cuando me dijo que no pensaba volver a dirigirles la palabra si no eran ellos los que daban el paso. A partir de entonces, se limitó a esperar, a esperar una llamada, una visita, que no llegó nunca.
Para nosotros fue triste lo que ocurrió, y las consecuencias que tuvo. Pero al final, lo más triste de todo, es que ese señor se perdió la boda de su propio hijo y sacrificó toda su relación con él por no saber gestionar su propio genio. Allá donde estén él y su mujer, espero que sean muy felices en su eterna soledad.
Escrito por Carol M., basado en una historia real anónima.