Siempre he sido una chica con algo de sobrepeso, obsesionada con esos kilos de más que sentía que me sobraban. A lo largo de mi vida, he hecho muchísimas dietas: algunas que me hicieron perder peso rápidamente, pero después lo recuperaba con creces; otras que abandonaba porque el proceso era demasiado lento; y otras que lograban hacerme adelgazar, pero luego me costaba mantener el peso y acababa volviendo al punto de partida.
He probado con los batidos de Herbalife, con pastillas, con nutricionistas, pero la vez que lo intenté con la dieta detox fue al peor de todas.
Instagram estaba lleno de influencers que juraban por las bondades de los jugos verdes, el agua con limón y las dietas detox, que si no sabéis que es, os lo explico: básicamente consiste en tomar solo líquidos y huir de la comida sólida, con el objetivo de eliminar toxinas, depurar el organismo y perder peso rápidamente.
Me pareció una dieta fácil de hacer, así que me compré una licuadora nueva, busqué en internet qué tipo de alimentos podía licuar y me dispuse a probar el milagro de la dieta detox.

El plan era sencillo: durante siete días, consumiría sólo jugos y caldos. Nada sólido. Según los gurús de las redes, mi energía se dispararía, mi piel brillaría y me sentiría como una diosa renacida. Yo lo único que deseaba era perder esos cinco o seis kilos de más que tengo instalados perpetuamente en mi cuerpo. Perder un poco de barriga y de muslos, que es lo que más me sobra.
El primer día no estuvo tan mal. Me preparé un batido de espinacas, manzana y jengibre que sabía asqueroso, pero estaba muy motivada. El jengibre pica que no veas, y yo que soy una persona que odia el picante (jamás me verás comer en un restaurante mexicano) me lo tomé tan contenta.
El segundo día fue peor. Me desperté mareada y con un hambre que me hacía pensar en pizza a las 7 de la mañana. Esa noche, me preparé un caldo con lo que tenía por casa. Era básicamente el agua caliente de cocer zanahorias, un puerro y media patata. ¡Exquisito! (Nótese la ironía).

El tercer día fue el desastre. Mi cuerpo ya no podía más. Tenía náuseas, no podía concentrarme y sentía que mi corazón como si acabase de correr una maratón. Pero yo ahí seguía, con mis batidos y mis infusiones que no me quitaban el hambre y me daban muchas ganas de hacer pis.
El organismo no sé, pero la vejiga la tenía depuradísima de tanto líquido.
El cuarto día, camino de la universidad, me desmayé en el metro. De repente me desperté, tirada en el suelo del andén, con la cara llena de sangre, los pies elevados sobre un banco y rodeada de gente y personal del Metro de Madrid. Por lo visto, me desmayé y al caer me golpeé la cara contra un asiento. Me sacaron de allí en ambulancia y me llevaron al hospital más cercano.
Me cosieron la ceja, me tuvieron varias horas en observación y me hicieron pruebas porque me había dado un golpe muy fuerte en la cabeza. La causa del desmayo: una bajada de tensión.

Yo le fui sincera a la doctora que me atendió, le conté, bastante avergonzada porque sabía lo que me iba a decir, que llevaba cuatro días alimentándome a base de zumos y caldos. Ella me miró con cara de enfado y me dijo:
– Tu cuerpo necesita comida. Estás ingiriendo menos nutrientes de los que necesitas para vivir. Deja de seguir consejos de internet y si quieres hacer una dieta, habla con un profesional, con tu enfermera en tu ambulatorio, por ejemplo.
Llegué a casa y me metí un bocata de jamón para el cuerpo que me sentó genial.
Si esta historia fuera un cuento con una moraleja, terminaría diciendo que dejé de hacer dietas y aprendí a quererme tal y como soy, con mis curvas, mis cartucheras y mis kilos de más. Pero no.
Continué haciendo dietas, perdiendo peso y recuperándolo. Eso sí, aprendí algo importante: dejé de buscar recetas y planes milagrosos en internet. A partir de entonces, acudí a profesionales que me ayudaron a planificar una alimentación adecuada. Y, claro, me puse seria con el ejercicio físico.