Sufrí acoso, o bullying, durante toda mi estancia en el colegio. Estudié EGB en un colegio de zona desfavorecida, por así llamarlo. Fueron 9 años de idas y venidas, de sufrir violencia física y verbal, de verme ridiculizada por compañeros e incluso por alumnos más mayores.
En mi escuela, había muchos conflictos entre los alumnos, que eran de distinta etnia, y con los maestros. Sin embargo, no había diferencia entre ellos cuando se ponían de acuerdo para poner el foco en mí de mil maneras. Mi carácter se forjó mal a base de verme perseguida, encerrada en los baños, insultada, amenazada, manoseada, golpeada… Me pasé meses escuchando cada día «¿Mañana vienes? Pues mañana te reviento», y nunca sabía cuándo era mañana; sentía pavor.
Los maestros, con su comportamiento, me ponían en el punto de mira, como si no tuviera bastante con ser gorda y empollona. Yo intentaba pasar desapercibida, y ellos charlaban conmigo, o me sacaban a la pizarra a vigilar a la clase mientras se ausentaban. Hasta el director tenía un dibujo mío en su despacho. Se juntaban el hambre voraz y unas violentas ganas de comer.
Cuando, con doce años, gané un concurso de cuentos a nivel municipal, me fueron insultando por la calle los niños más mayores, mientras caminaba hacia mi casa con la bicicleta que había ganado. Era una situación insostenible, sobreviví como pude.
Cuando llegué a octavo, el último curso, era una persona durísima y cabreadísima con la vida. Tenía trece años y estaba terminando la EGB. Había empezado a vestirme como un chico y a despreciar cualquier cosa que me hiciese parecer débil, o mujer, que venía a ser lo mismo.
Llegó una niña nueva a clase. Se llamaba Mari Carmen y era bajita y muy delgada. Tenía el pelo corto y los incisivos rotos, quizá por alguna caída. La recuerdo como una niña muy agradable. No sé en qué punto la tomé con ella.

En algún momento, decidí que estaba bien ridiculizarla. No le pegaba, pero sí hacía lo posible por hacer que los demás se rieran de ella, como si no tuviera suficiente con los insultos de los niños y los motes que le habían puesto a causa de sus dientes. Cuando iba a pasar, estiraba la pierna y le ponía la zancadilla. A veces la agarraba del brazo fingiendo un acercamiento amistoso, ponía mi pie detrás y la tiraba al suelo, sujetándola para que no se hiciera daño. Era tan poca cosa a mi lado, sólo quería que los demás se rieran de ella. La hacía llorar con mis actos.
Al salir del colegio y llegar al instituto, nadie me acosaba ni me insultaba. Estaba tan acostumbrada a aquel ambiente en el que me había criado, que el cambio me costó muchísimo. Cuando me adapté, aunque mi incapacidad para relacionarme con los demás era evidente, me bastaba con que me dejasen en paz.
Me costó muchos años de mi vida abrirme un poco y ser más amistosa con gente a la que no conocía. Aún hoy me cuesta a veces, y sigo siendo aquella niña introvertida. Nunca me olvidé de Mari Carmen, pero no volvimos a coincidir.
Con el auge de las redes sociales, en algún momento, no sé cuándo, algo me hizo clic en la cabeza. Habían pasado más de veinte años y me seguía sintiendo mal por lo que le había hecho a aquella niña. Hace unos años, la busqué y la encontré. Se había ido a vivir a cientos de km y se había hecho una vida ella sola, yo también me había ido a otros cientos de km.
Hablé con ella, se alegró mucho de saber de mí, cosa que nunca entendí.
Le pedí perdón por todo lo que le había hecho en el pasado y me perdonó sin reservas, como si nunca hubiera pasado nada. No sé qué sintió ella o cómo sobrellevó la vida en general, en aquella época y después, pero no se mostró nada rencorosa. Me dio una lección de vida que agradecí.
Hace poquito me la encontré por la calle de repente. Se había vuelto a nuestra tierra por amor y yo también me había vuelto hacía unos años, pero por amor a mí. Me recibió con una gran sonrisa y me ofreció la posibilidad de un café, que aún tenemos pendiente.
Le hice bullying a una compañera y ella decidió que estaba bien perdonarme. No puedo borrar lo que hice, pero me siento muy afortunada.