Paula llevaba muchos años esperando que ocurriese algo que arreglase su matrimonio. Cada poco tiempo ella colapsaba, no aguantaba más la desatención, pasotismo y frialdad de su marido, le decía que para estar sola siempre prefería estar sola de verdad y al menos así no auto engañarse creyendo que recibiría consuelo o cariño en su casa, al menos estando sola tendría explicación esa sensación.
En cada una de esas crisis él repetía el mismo patrón: empezaba diciendo que ella no estaba bien de la cabeza (un clásico), que se imaginaba cosas; cuando ella (calmada y triste) le exponía su retahíla de motivos por los cuales no quería seguir a su lado, él le hacía algún reproche absurdo para contraatacar, como si fuera una pelea; cuando finalmente ella decía que su objetivo no era discutir ni tener la razón sino buscar su felicidad y que creía que esta estaba en otro lugar, a él le entraba todo el congojo junto y lloraba, suplicaba y rogaba perdón mientras la llenaba de promesas que nunca duraban más de una semana.

Esta vez no comenzó diferente, pero el final fue bastante distinto. Ella llegó cansada de trabajar y encontró su piso vacío. Vacío de seres humanos, porque su perrita estaba allí esperando sin haber salido la pobre en todo el día. Ella salía de casa cada mañana a las 7:15 y bajaba a su caniche siempre antes de irse. Su marido debía sacarla de nuevo cuando iba a comer a medio día a casa, pero lo habitual era que no lo hiciese. Como aquel día, lo que solía hacer era poner un empapador en el baño al lado del que su mujer le dejaba puesto por las mañanas (porque retirar el sucio y poner uno limpio era demasiado esfuerzo). Esta vez no había sido suficiente, pues ella había tenido una reunión un poco más larga de lo normal y había llegado a casa pasadas las 7 de la tarde.
Su perrita lloraba de emoción al verla y ella estaba rabiosa al encontrarse el baño apestando a las deposiciones de su querida mascota. Limpió rápido aquello para que no siguiese oliendo, cuando entró en la cocina para tirarlo en la basura se encontró la basura que le había pedido a su marido que tirase esa mañana. Sobre la mesa, un plato, un vaso y una colección de migas de pan y salpicaduras de salsa de tomate. En el fregadero una olla con la salsa seca, la vitrocerámica completamente salpicada de grasa y todo lo demás desordenado. En el suelo, la ropa sucia del gimnasio y la lavadora abierta con la ropa que ella había dejado lavándose por la mañana todavía dentro, pero no toda, pues el uniforme del equipo de fútbol de él sí había salido de allí.
Fue al cuarto donde secan la ropa y se encontró la ropa de la secadora en un cesto hecha una bola y la secadora abierta. Al parecer había necesitado el traje y lo había secado allí mientras comía. Eso sí, el resto de ropa mojada estaba cogiendo olor en la lavadora y la ropa seca arrugada en el cesto.

No había nota, no sabía dónde estaba… Así que lo llamó. Al otro lado del teléfono al barullo de un bar. Él, molesto por la interrupción de su momento lúdico, le dijo que ese día tenía partido, que ya lo sabía. Si, tenía partido a las 9, eran las 7:30, él no estaba en casa y allí parecía que había pasado un tornado. Él le dijo que había quedado con el equipo antes, que no empezase como siempre, y le había colgado el teléfono.
Al día siguiente llegó a las 6:30 y él tampoco estaba en casa, él trabajaba 6 horas al día al lado de su casa, por lo que salía de casa mucho más tarde que ella y debía llegar mucho antes, sin embargo su casa estaba vacía siempre cuando ella llegaba. Ese día era especial, estaba pendiente de un ascenso y había ocurrido. Al fin su tan ansiada mejora laboral se hacía realidad. Pasaría más tiempo libre y cobraría un poco más, aunque sus responsabilidades se multiplicarían. Él sabía que ese día tendría una respuesta, estaba marcado en el calendario, pero no preguntó en todo el día y no estaba en casa al llegar.
A las 8 lo llamó y le dijo que llegaría a casa en breve y él le dijo que lo pillaba bajando de casa en ese momento. Esa mentira absurda fue la gota que colmó el vaso. La voz pausada y grave de ella lo asustaron tanto cuando le dijo “Eso es mentira, esta noche te espero despierta para hablar” que salió corriendo del bar en el que estuviera y llegó a casa con lágrimas en los ojos.

Cuando ella enumeró todo lo que había prometido que haría y no hizo, el 100% de los días en que no lo veía delante porque estaba en el bar con sus amigos hasta muy tarde, su falta de responsabilidad con respecto a la perra, a la casa, a las tareas, a pagar recibos, hacer recados, etc… Él solo podía llorar y decir que cambiaría, que sabía que era un idiota y que no volvería a dejarla sola.
Entonces ella, firme, le dijo que no quería más promesas. Gracias a su ascenso le habían concedido una semana de vacaciones “para celebrarlo” según su jefe, y quería aprovechar el tiempo para buscar una abogada y comenzar la mudanza (de él, obviamente, ya que el piso era de la familia de ella).
Él lloró y lloró porque sabía que esta vez era diferente. Pero ella ya había pasado su duelo, ya había llorado desesperada, ya había peleado duro… Ahora ya no había vuelta atrás.

Divorcio de mutuo acuerdo, poca cosa que hacer, en poco tiempo tendría sus papeles. Pero él era el hombre al que había querido tanto, le estaba poniendo las cosas tan fáciles, había recogido todo en dos días y le había dejado el piso como una patena… Sentía pena porque él le decía “me has dejado roto”.
Ella, con su ascenso y con la sensación de haber soltado lastre, tenía en la conciencia la sensación de haberlo dejado en la estacada. Él debía buscar un alquiler, debía pagar una fianza… Así que, en el último momento decidió dejarle el 80% de los ahorros comunes a él, para compensar el daño hecho, pues a pesar de llevar años diciendo que no podía más, él sollozaba diciendo que no lo vio venir.
No hará falta que os diga que sus amigas le siguen riñendo hoy en día por semejante estupidez, cuando él vivió siempre sin pagar un duro por aquel piso y jamás se cortó un pelo es despilfarrar su dinero. Aquellos ahorros eran casi íntegros de ella y ella, por pena, se los había regalado.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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