¿Sabéis esa gente incapaz de creer en los demás? ¿Esa gente desconfiada, que siempre piensa en lo peor?
Pues yo soy lo opuesto. Mi problema es que confío en todo el mundo. Parto de la base de que las personas son honestas, que no hay dobleces. Que no te la van a clavar por la espalda a la mínima ocasión. Y, claro, a veces me llevo unas hostias como panes. Porque si tengo esa tendencia a confiar incluso en los desconocidos, se entenderá que me cueste tanto desconfiar de mis seres queridos. Ni siquiera de mis parejas.
Aunque quizá esto haya cambiado últimamente. Por culpa de mi ex. Es decir, por culpa de los cuernos que puso mi ex.

A día de hoy sigo sin saber durante cuánto tiempo me engañó. Solo sé que yo no sospechaba nada. Cero. Es que ni por un momento me planteé que el tipo estuviera jugando a dos bandas. De hecho, le pillé por los pelos. Literal.
Un día, al subirme al coche, vi que había un pelo largo enganchado en el reposacabezas. Lo cogí, me lo quedé mirando y le pregunté a quién había llevado. Él me respondió que a nadie, que ese pelo era mío. Y yo lo examiné de nuevo y pensé que igual se había rizado al tirar de él. Lo lancé por la ventanilla y a otra cosa mariposa. Creo que habían pasado unas semanas cuando me encontré otro pelo. Era igual al del coche. De un tono castaño muy similar al mío, pero con la onda más rizada. Con la punta más sana. Vamos, que ese pelo no había salido de mi cabeza. Y, si no había salido de mi cabeza… ¿cómo había llegado hasta mi sofá?
Qué misterio, eh. Demasiado incluso para alguien como yo. Así que, cuando me encontré no uno, sino dos pelos en mi puñetera almohada, me dije ‘¿aquí qué leches está pasando?’.
Le planté cara y le solté mis sospechas. No podía asegurar que me estaba siendo infiel porque no lo había visto con mis propios ojos. Pero, joder, sí podía asegurar que aquellos cabellos no eran míos. Y en nuestra casa no entraba nadie más que nosotros. Supuestamente.
Pero me dijo que no se podía creer que lo estuviera acusando. Que se me podía haber pegado el pelo de cualquiera en el metro. Que mis paranoias le estaban haciendo daño.
Y yo… jo… es que tenía razón (sin comentarios).

Pero, en fin, soy confiada, no imbécil. Al menos no del todo. Por tanto, lo dejé correr esa vez, ante la ausencia fragrante de pruebas. Y empecé a prestar más atención. A buscar pelos por todas las malditas superficies de nuestra casa, nuestro coche y de toda su ropa. Encontré uno más en uno de sus jerseys. No le dije nada porque el juez seguiría sin admitir la denuncia a trámite. Lo que hice fue stalkearlo en redes. Hasta que encontré una foto de una cena de empresa que, originalmente, no había hecho saltar ninguna alarma y que, vista bajo mi nueva lupa, era de lo más esclarecedora. El resto fue intuición femenina, supongo. Porque en cuanto me tiré a la piscina y le dije que sabía que estaba liado con una de sus compañeras de curro… se vino abajo y confesó.
Creo que todas las excusas que puso eran mentira, que llevaba mucho más tiempo del que dijo engañándome y que ni de broma había sido un desliz sin importancia. Pero ya daba igual, de nada vale que me sienta idiota por no haber notado que se estaba riendo de mí. El que tiene un problema es él.
FDO: Ahora ya no me fío ni un pelo
Envíanos tus movidas a [email protected]