Por muy echás p’alante que parezcamos, todas tenemos nuestro talón de aquiles. A mí no me da vergüenza ninguna decir que me encanta comer pollas pero luego la cosa más tonta puede hacer que me ruborice. La situación más cotidiana del mundo, algo que nos podría pasar a cualquiera, a mí, por unos minutos, me puede volver la persona más insegura del planeta Tierra. Por ejemplo, recuerdo una primera cita, hace ya muchos años, con un chico que me gustaba bastante. Estábamos tomando una copa de tranquis en un bar, hablando de todo un poco, yo estaba más contenta que unas castañuelas, y de repente me entran ganas de hacer pis. Bajo al baño y cuando me miro al espejo… ¡¡¡¡HORROR!!!!! Tenía un moco securrio pegado a la nariz. ¡¡¡TIERRA TRÁGAME!!!

Pues un, dos, tres, responda otra vez:

– Tener un moco asomando y no darte ni cuenta: el que esté libre de moquitos que tire la primera piedra. TODOS los seres humanos del mundo tienen unas narices diseñadas para producir mocos y TODOS hemos vivido ese momento de «me soné los mocos pero me quedó alguna semilla suelta en la cosecha». Sin embargo, parece que estuviéramos TODOS compinchados para vivir la vida como si los mocos no fueran cosa nuestra. A algunos hasta les avergüenza sonarse los mocos, cosa no solo de lo más normal, sino también de lo más necesaria. Y el moquito colgandero… pues daños colaterales del vaciado nasal. ¿Que tienes un moco? Pues qué vas a hacerle, hija mía: te lo quitas y listo.

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– El día que te huele el coño fuerte: que la biología nos explique por qué el olor de nuestros chichis cambia tan drásticamente. No es que seamos unas guarras, es que nuestra entrepierna lleva su propio ciclo. Tan pronto no notas su existencia como estás haciendo unos estiramientos en el gimnasio y al acercar la cara te llevas un buen colocón. Y entonces te da por pensar que si tú lo hueles, el resto del mundo también lo estará oliendo, y te vas a casa con las piernas lo más cerradas posibles a ver si con una duchita se te pasa. Pero no se pasa. Así que, chica, relájate y disfruta. ¿Que hoy te huele el coño fuerte? Pues aprovecha para salir a la calle y hacerte amiga de todos los perros del barrio.

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– El aliento mañanero: amiga, hay que lavarse los dientes antes de acostarse. Estoy segura de que lo sabes. Y estoy segura de que, aunque te laves los dientes antes de acostarte todas y cada una de las noches de tu vida, alguna mañana te has despertado con olor a muerto en la boca. Y si te despiertas sola, pues ni tan mal, pero cuando te despiertas acompañada y tu boca huele a tuberías… ¡el fin del mundo! Pues no hija, seguramente a la persona que tengas al lado le pase exactamente lo mismo. Mi truqui es levantarme a hacer pis y ya de paso enjuagarme un poquito el boquino, pero vamos, cuántos besos mañaneros habré dado yo, sintiendo el olorcete a cerrao, y no me he muerto.

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– El paluego: sales a comer, te pides una ensaladita porque estás a tope con la vida sana, y de repente un trocito de rúcula se queda atrapada entre tus dientes. Pueden pasar dos cosas: que te des cuenta o que no. Si te das cuenta, vas a estar un rato jugando con tu lengua mientras disimulas para intentar sacarlo de ahí. Si no te das cuenta, vas a estar sonriendo y disfrutando de la vida a tope mientras el resto de comensales no puede dejar de mirar al puntito verde que adorna tu hermosa dentadura. ¿Y qué le vas a hacer? Todo se solucionaría con un «disculpad, se me ha metido algo entre los dientes» o con un «disculpa, tienes algo entre los dientes» por parte de tus acompañantes. Pero claro, como es TAAAAAAN vergonzoso tener restos de comida cuando estás comiendo, es normal que prefiramos morir asfixiados porque nos hemos tragado la lengua antes que ir al baño a rascar uña con diente.

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– El puto pájaro: vas por la calle tan feliz de la vida y de repente notas que te ha caído algo. Inconscientemente te llevas la mano al lugar del impacto y palpas algo blandito. Miras tu mano y… ¡¡caca de la suerte!! Alguna paloma marrana ha decido evacuar sobre ti, y tú, sin comerlo ni beberlo (espero, porque comer o beber caca sí que es para avergonzarse) te has convertido en su váter particular. La culpa no es tuya, pero el disgusto te lo llevas igual. Si eres capaz de controlar la histeria podrás pedir un pañuelo, limpiarte lo mejor que puedas, y sentirte fatal para el resto del día.

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¡Lancen los misiles!

– El tampón: quedas con tu cita, o peor aún, ¡con tu pareja! y estás en los últimos días de tu menstruación. Llevas puesto un tampón o un salvaslip, y de repente os calentáis y… ¡¡dejen salir antes de entrar!! Tienes que vaciarte el parrús antes de que te metan la pichilla. Como seguramente la gente no sabe que las mujeres sangran por el coño, te ves obligada a inventarte mil excusas para escaparte un segundín al baño antes de sentarte en la cara de nadie, a ver si tu chico se va a enterar de que usas tampones y se va a largar por dónde ha venido.

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– La pelambrera sobaquera: o de cualquier otra parte de tu cuerpo. Como se nos ha grabado tan a fuego desde pequeñas que los pelos de nuestro cuerpo son asquerosos y antihigiénicos, aunque eso es una mentira más grande que mi culo, y mira que es grande mi culo, tendemos a sentir vergüenza cuando, en un descuido, imprevisto o por falta de organización, no nos hemos podido depilar. A mí me pasa con la pelusilla sobaquera. A veces me he dado cuenta en el mismo gimnasio de que se me había olvidado pasarme aunque fuera la cuchilla. ¿Y qué voy a hacer? ¿Volverme para casa y quedarme sin mi pilates? ¡Ni hablar del peluquín! (Del peluquín que llevo en la sobaquera) No voy a dejar de hacer algo que me apetece solo porque tengo pelo en el cuerpo.

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