Cuando me separé de mi marido, no entraba en mis planes buscar otra pareja. Suena a tópico, pero es la pura verdad. Acababa de salir de una relación de casi veinte años y lo que menos me apetecía era meterme en otra. Fue mi primer novio, tuvimos una boda preciosa, un hijo muy deseado y un divorcio más o menos esperado.

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Hacía meses que no nos tocábamos. Nos habíamos convertido en extraños con un hijo en común. Así que decidimos que lo mejor era separarnos.

Yo me centré en atender a mi hijo. Su padre y yo nos turnábamos, y las semanas que estaba conmigo todo eran deberes, extraescolares, bajar al parque con sus amigos y hacer actividades con él.

Y cuando no lo tenía, la casa se me echaba encima. Mis amigas me decían que rehiciera mi vida, que me apuntara al gimnasio, que me descargara Tinder, o lo cualquier cosa que implicara la posibilidad de conocer tíos. Y yo no estaba en esa onda.

Pero el amor apareció donde jamás me lo habría imaginado: en la puerta del colegio de mi hijo.

Cada mañana dejaba a mi hijo a las nueve menos diez o menos cinco. Si ese día me tocaba teletrabajo, no bajaba en pijama porque me daba vergüenza, pero el pelo a medio domesticar y un chándal de estar en casa, era mi outfit.

Si tenía que ir a la oficina, me levantaba media hora antes para peinarme y maquillarme un poco. Esos días, yo llegaba con mi termo de café en la mano y con prisas por dejar a mi hijo e irme.

Pero una mañana, de esas que yo iba con mucha prisa, me saludó un papá y me paró para preguntarme por la excursión del viernes, si sabía si tenían que llevar la mochila o no sé qué me preguntó.Le contesté rápido y le dije que me tenía que ir a trabajar. De camino al trabajo pensé en él.

Era el papá de Martín, un niño de la clase de mi hijo.

Los niños llevan juntos desde Infantil, digamos que los padres nos conocíamos, pero nunca me había parada a pensar en él. Hasta esa mañana.

Al día siguiente volví a verlo. Y al otro también. A partir de entonces empecé a detectar su presencia entre la multitud de padres adormilados que se agrupaban cada mañana en la puerta del colegio.

Él siempre iba con su hijo de la mano. A veces intercambiábamos un saludo rápido. Otras, algún comentario sobre una circular del colegio que nadie había entendido bien. Conversaciones absolutamente apasionantes, como os podéis imaginar. Pero a mí me daba la vida charlar dos minutos con él por las mañanas.

Empecé a notar cosas. Empezamos a encontrarnos en cumpleaños, no sé si por casualidad o no. Hasta apuntó a su hijo a natación en el mismo turno que el mío. Así que empezamos a pasar los 45 minutos de la clase de natación tomando café los dos solos. Los martes y los jueves.

Hablábamos de todo, de política, del tiempo, de los niños, de nuestros divorcios. Él también se había separado de la mamá de Martín, también tenían una custodia compartida y, casualidades de la vida, sus dos semanas coincidían con las mías, por eso nos encontrábamos siempre en el colegio.

Y en uno de esos cafés, nos besamos.

A partir de aquel día empezamos a salir. Primero con mucha discreción. Nos daba vergüenza que los niños se enteraran demasiado pronto o ser la comidilla del resto de padres del cole.

Las semanas sin nuestros hijos empezaron a llenarse de cenas improvisadas, películas en el sofá y conversaciones que se alargaban hasta las dos de la madrugada. Y las semanas con ellos seguían siendo exactamente eso: semanas para nuestros hijos.

Han pasado ya varios años desde aquel primer beso. No sé si creo en el destino, pero está claro que lo nuestro fue un cúmulo de casualidades. A veces me hace gracia pensar que el amor me estaba esperando justo donde menos ganas tenía de encontrarlo.