A los 42 una cree que ya ha visto de todo. Yo llevaba un matrimonio de quince años, un divorcio, dos relaciones después, un par de rollos largos y varios polvos rápidos que mejor no recordar. Pensaba que en la cama ya no me sorprendía nada. Casi me muero de la risa.

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Él tenía 38, lo había conocido en una app hacía tres semanas y era de esos chicos que sonríen con los ojos. Guapo no, guapísimo. Y con una confianza que me daba entre risa y envidia. Yo llevaba meses en sequía total y había entrado a la cita con el piloto automático puesto: cena, copa, a mi casa, a la cama, que se vaya prontito que mañana madrugo.

Pero el piloto automático se estrelló a los diez minutos. Me dijo que quería probar algo y sacó de su mochila (de la MOCHILA, como si fuera un sándwich) un vibrador de pareja en forma de U, color fucsia radiactivo.

Yo me quedé petrificada. En mi vida había visto algo así. Era como un bumerán de silicona flexible con un botoncito. Parecía un auricular de los años 90 o una pieza de repuesto de una Thermomix.

— «¿Y esto?» —pregunté, intentando no parecer una señora del siglo XIX. — «Es un xxxxxxxx (no me sé el nombre, si os interesa lo busco)» —me dijo él con toda la naturalidad del mundo—. «Mira, una parte va dentro de ti, la otra apoya sobre el clítoris y… bueno, la gracia es que lo usamos los dos a la vez mientras lo hacemos».

Me lo quedé mirando. Imaginé la logística de encajar aquel herraje fucsia mientras intentábamos no perder la pasión, coordinar los movimientos para que el aparato no saliera disparado como un muelle y, sobre todo, imaginé mi cara de concentración intentando que no se cayera el invento.

— «Dame un momento, por favor» —le dije.

Me metí al baño. Cerré la puerta. Y ahí, frente al espejo, me dio un ataque de risa de esos como en misa, que sabes que no puedes reírte y entonces te da más risa aún. Me reía sola pensando en mi madre, en el despliegue tecnológico que tenía aquel hombre en la mochila y en lo ridículo que me resultaba que, a estas alturas, necesitara un manual de instrucciones para echar un kiki. Me imaginaba a mí misma como una antena de radiofrecuencia con el aparato fucsia asomando. Tuve que sentarme en la tapa del váter. Me entró un ataque de risa histérica que duró tres minutos.

Volví a la habitación con los ojos rojos. Él me miró preocupado: «¿Estás bien?». «Sí, sí, perdona, es que… es muy rosa», acerté a decir antes de desternillarme otra vez.

Pero entonces él hizo algo que me ganó. Se tiró a mi lado, se puso a reírse conmigo y confesó: — «Llevo una semana con el bumerán fucsia en la mochila y he ensayado tres veces delante del espejo cómo sacarlo para parecer un tío moderno y sofisticado, pero me siento como si estuviera vendiendo Avon».

Ahí nos dio el doble de risa. Acabamos cenando pizza a domicilio y hablando de lo ridícula que es a veces la búsqueda del placer perfecto. Le confesé que me había divorciado porque mi ex era de sota, caballo y rey, y que ver aquel aparato de ingeniería erótica me había colapsado el sistema.

La semana siguiente volvimos a quedar. Esta vez sin el bumerán. Hablamos de qué queríamos, hicimos un «menú» de curiosidades y, con el tiempo, el cacharro volvió a aparecer. Y sí, ya no me dio risa. Me dio otra cosa mucho mejor. Resulta que una vez que aprendes a encajar la pieza (y a no tomártelo tan en serio), el invento es una maravilla de la tecnología moderna.

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