Miedo a decir que no tienes tiempo… porque claro, no eres madre
Situación basada en hechos reales:
[…]
– Mujer A: «Anda… ¿pero tú qué edad tienes?
– Mujer B: «Tengo 40».
– Mujer A: «¿En seeeeeeeeeeeeeeeerio? No los aparentas ni de coña».
– Mujer C: «¡Claro, es que no tiene hijos!»
A-C-A-B-Á-R-A-M-O-S.
Pero vamos a ver: ¿según qué ley universal, las mujeres que no son madres tienen indefectiblemente más tiempo para cuidarse?
Que no es que yo quiera quitar ni un ápice de mérito al esfuerzo que supone tener criaturas a cargo. Que las Diosas me libren. Porque eso está fuera de toda cuestión. En cambio, ¿por qué el resto de las mortales se ven sometidas a ese juicio rápido que ningunea todos los proyectos, ambiciones y batallas que libran en su día a día? Porque, hasta donde yo sé, la maternidad es una elección, como lo puede ser, quizás, dedicar 18 horas al día a trabajar y estudiar. Y, sin embargo, desde fuera no se ven (ni se valoran) ambas opciones de la misma manera. La vara de medir el mérito se redimensiona por arte de magia. Y una se pregunta a santo de qué hay que ir suplicando que te perdonen la vida por decir que no llegas a todo, cuando en realidad es así, por el simple hecho de no ser madre.

Os contaré un secreto: el día tiene 24 horas para todo el mundo, y por muy loco que parezca, hay mujeres sin hijos que ¡oh, cielos! MADRUGAN y llenan su día de actividades que pueden ser tan estresantes como ir a recoger al retoño a las extraescolares. Peeeeeeeeeeeero, si alguna osa decir que le faltan horas en el día, debe reducir su boca a un punto diminuto y bajar la voz hasta frecuencias imperceptibles para un delfín, no vaya a ser…
Amigas mías, la vida de todas nosotras se construye a partir de decisiones y de prioridades. Quitarnos méritos unas a otras por el simple hecho de haber elegido no ser madres huele un pelín a ese «quiero y no puedo» que conlleva el coste de oportunidad: renunciar a unas cosas por disfrutar de otras. Y esas renuncias no son patrimonio exclusivo de nadie, porque el tiempo es limitado para todos y lo único que en realidad nos diferencia es la elección de en qué queremos invertirlo.

Por tanto, sirva esta pequeña reflexión como una invitación a no desmerecernos, que bastantes sinsabores nos da ya la vida como para encima no tener esa red de apoyo y comprensión que podemos tejer entre todas. La diversidad crea referentes, cada decisión es un posible modelo a seguir, y aunque solo sea para que vuestras hijas, nuestras hijas, tengan un horizonte más amplio al que aspirar y un espejo más variado en el que reflejarse, poner en valor lo que cada una de nosotras hacemos ya merece la pena.
Y de paso, les dejaremos un mundo más comprensivo y amable con todas. Para todas.