Hace cinco años, más o menos por estas fechas, descubrí que estaba embarazada.
Fue una sorpresa que no me esperaba ni mucho menos había buscado.
Sin embargo, recibí la noticia con alegría y optimismo. Como si de pronto me hubiese dado cuenta de que era algo que quería, aunque no lo supe hasta que ese ‘no deseo’ se materializó.
En cambio, a mi pareja la noticia no le sentó nada bien.
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No quería asumir todos los cambios que conlleva la paternidad, no quería perder su libertad ni, en definitiva, hacerse responsable de una criatura.
Sé que él se planteó la interrupción del embarazo, pero respetó mi firme intención de seguir adelante y, poco a poco, intentó aceptar el cambio de planes que la vida nos puso en las narices.
Conforme pasaban las semanas y el embarazo se iba haciendo evidente, comenzó a mostrarse, si no feliz, al menos relativamente involucrado y consciente.

A pesar de que nos habíamos enterado casi en el segundo trimestre, el bebé no se había dejado ver bien y desconocíamos el sexo.
Él decía que iba a ser un niño y se veía jugando con su hijo al fútbol y ese tipo de cosas más propias de un futuro padre adolescente que de un hombre de casi treinta y cinco tacos. No era un tipo que se caracterizara por su madurez, desde luego.
Por aquel entonces yo me conformaba con que aceptase de buen grado nuestra condición de futuros padres, quería pensar que el resto ya vendría con el tiempo.
En esas estábamos cuando me tocó acudir al hospital a la ecografía morfológica de la semana veinte, a la que fui sola porque él se encontraba en un viaje de trabajo.
Esperábamos que el bebé nos mostrase un buen primer plano de sus genitales y poder empezar a buscar nombres. No lo habíamos hecho hasta el momento porque no había necesidad de buscar dos si solo íbamos a necesitar uno.
Efectivamente, tal y como él creía, salí de la consulta sabiendo que era un varón.
Lo que no imaginamos es que también me iban a decir que el niño presentaba espina bífida.

Nada te prepara para escuchar ese tipo de diagnósticos sobre tu bebé.
Lloré, sentí mucho miedo y me invadió la pena.
Pero también sentí que tocaba ser fuerte, que mi niño se merecía una madre que luchara por él y por darle la mejor vida posible.
En cuanto a su padre… me abandonó cuando se enteró de que nuestro hijo venía mal.
Me había limitado a revelarle el sexo cuando hablamos por teléfono y esperé a que regresara para comunicarle el resto en persona.
Se quedó callado mientras yo le explicaba lo que previamente me había explicado a mí el médico. Y siguió callado durante las horas siguientes.
Solo dos días más tarde metió sus cosas en unas cuantas cajas de mudanza y se marchó.
Sin darme ningún tipo de explicación. Sin preocuparse de su hijo, de la mujer a la que se supone que quería ni de nadie más que de su propio culo irresponsable e inmaduro.
Había que esperar al nacimiento del pequeño para saber con exactitud el alcance de los daños y cómo cabría esperar que fuese a ser su desarrollo.
Pero él decidió mucho antes que no iba a estar al lado de su hijo.
Tal vez por puro y simple egoísmo. Quizá consciente de que no iba a estar a la altura.

Gracias a mi familia, que no solo estuvo a la altura, sino que superó incluso mis altas expectativas, no volví a sentirme sola ni un solo minuto de lo que me restaba de embarazo. Ni a partir del nacimiento de mi hijo.
Estuvieron con nosotros cuando llegó al mundo por cesárea programada, cuando, con dos días de vida, se pasó horas en un quirófano atestado de especialistas de diversa índole.
Y en cada nueva intervención, cada recuperación, cada pasito adelante, cada logro, cada reto superado; también.
El único que no estuvo fue ese hombre que mal he llamado padre.
Porque será muchas cosas, pero padre no.
Él se lo ha perdido y se lo sigue perdiendo, porque si tan solo le hubiera dedicado quince minutos de su tiempo al niño tan maravilloso que tengo, no sería capaz de volver a desvincularse de él.
Pero no seré yo quien se lo diga a estas alturas.
Anónimo
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