Cuando di el paso de comprarme el coche no pensé que aquello podría volverse terrorismo emocional. Llevaba años queriendo comprarlo, pero económicamente no me salían los números. Me hacía mucha ilusión que fuese nuevo y no de segunda mano, así que esperé y esperé hasta que pude permitírmelo, aunque tuviera que tirar de transporte publico hasta entonces. El día que por fin me subí en él, agarré el volante y lo puse en marcha, fue de los más ilusionantes de mi vida. La sensación de libertad, la música alta, el aire pegándome en la cara con las ventanillas bajadas y, sobretodo, ese olor a nuevo, a «coche nuevo», juro que los tengo grabados en el cerebro.

Vivía con mi pareja por aquel entonces. Él tenía una situación económica más justita que la mía, por lo que decidimos que el coche lo compraría yo sola y sería mío. Aunque él, que tenía carnet, lo cogiese de vez en cuando.

El problema surgió muy poco a poco, sin darme cuenta de que era un problema en sí. «Oye, voy a ir a ver a mis padres, ¿puedo cogerte el coche?». Claro, amor. «Oye, voy a hacer la compra, cojo el coche, ¿no?» Claro, amor. «Oye, sé que mañana ibas a ir en coche al centro comercial, pero es que llueve y mi curro ya sabes que queda lejísimos, ¿me dejas el coche a mí y tú vas en bus?». Bueno… Vale, amor. Y como esas, muchas más. Poco a poco y muy lentamente, cada vez avanzaba un poquito más. Y así, casi sin darme cuenta, mi coche dejó de ser mío. Al menos en la práctica, porque en la teoría era yo quien lo pagaba.

Al final su trabajo estaba muy lejos, y se lo acabó por llevar siempre. La compra quería hacerla en un súper que quedaba lejos, por el precio según decía, así que se llevaba el coche. Si íbamos los dos, objetaba que mejor conducía él y yo iba de copiloto. Si quedaba con amigos, si iba a ver a sus padres, si iba al gimnasio o a jugar al fútbol, etc. Incluso se ofrecía a ser él quien llevase el coche cuando quedaba con gente. Como si fuera suyo y sin preguntarme nunca si yo lo necesitaba.

Todo esto fue generando en mí un sentimiento de frustración. Y encima me sentía mal, me sentía egoísta por pensar que se estaba aprovechando. Yo apenas cogía el coche, porque cuando lo quería coger, el 80% de las veces me decía que no me lo podía llevar porque lo necesitaba para cualquier cosa. Y allí estaban las llaves de mi coche, en su mano y no en la mía. Y yo lo justificaba, «lo necesita más que yo», «está cansado de trabajar en doble turno, mejor que vaya él en coche», «está lloviendo, pobrecillo, ya me voy yo en bus que estoy más cerca». Sin embargo, mientras yo pensaba en él, él jamás pensaba en mí.

Esta situación fue quemándome, y donde al principio había culpa por pensar que no quería que mi pareja cogiese tanto mi coche, finalmente hubo rabia. Y sobretodo, indignación. Porque él no había querido pagarlo a medias, y yo lo entendí, pero prácticamente se había hecho con el coche como si fuese íntegramente suyo con total naturalidad y cero apuro, como si mi esfuerzo por ahorrar, por pagar los plazos y mis ilusiones frustradas no existiesen. Yo iba a todas partes andando o en transporte público, como había hecho toda la vida, y él iba sobre mi adorado coche, seco, calentito y cómodo. Era como habérselo regalado.

Hasta que un día, revisando los gastos del banco, vi una vez más el doloroso cargo mensual del coche, y entonces decidí que esto no podía seguir así: ya no era solo el coche, que sí, me importaba, pero también era el descaro y la facilidad con la que me lo había quitado, sin el respeto que una espera de la persona con la que comparte su vida. Aquello había que abordarlo ese mismo día.

Esa noche le expliqué cómo me sentía al respecto. Me sorprendió la claridad con la que hablé, como si las ideas y sentimientos que había ido reprimiendo hubiesen dado forma a un discurso que no sabía que tenía tan elaborado. Pensé que lo entendería, no lo hablé en tono de discusión, ni siquiera de reproche. Solo le pedí que me diese mi lugar y tuviese en cuenta que el coche era mío, aunque se lo dejase a él en algunas ocasiones. Pero lejos de entenderlo, se lo tomó como una afrenta. Me tildó de egoísta y de posesiva. Me dijo que no era cierto eso de que él disponía del coche cuando le daba la gana y que siempre me pedía permiso. Y le hice ver, con ejemplos reales, que eso no era verdad, a lo que respondió tan panchamente: «Bueno y qué quieres, si yo lo necesito más que tú eso lo que hay, deberías entenderlo que para eso eres mi novia». Me quedé a cuadros.

Esto provocó un cisma en nuestra relación. Él se lo tomó tan mal que pasó dos días sin hablarme, y cuando lo hizo las cosas no fueron a mejor. Empezó a comportarse como un niño pequeño: «Oye esa taza es mía y no me la has pedido», «Estás usando mi bata, luego bien que te molesta si yo uso tú coche», y mil frases estúpidas más que acababan en discusiones.

Me gustaría decir que levantamos cabeza y al final todo se normalizó, pero no. Se dedicó a utilizar mi coche como arma arrojadiza hasta que al final, rompimos la relación. Yo no podía más, y fui la que dió el paso. Pero él, orgulloso hasta el final, dijo que mejor así, que no quería estar «con alguien como yo». ¿Y sabeis qué os digo? Que la respuesta que le di a eso, la mantengo hoy en día: «Gracias cariño, porque yo tampoco quiero estar con alguien como tú, estoy mejor sola que mal acompañada».