La semana pasada me tocó darle un vuelco enorme a mi vida. Por fin me habían llamado de la lista de profesorado, lo que no imaginaba era que me iba a tener que mudar a otra ciudad a cuatro horas de distancia y en cuestión de tres días para incorporarme a mi nuevo puesto. En cuanto llegó la llamada, tuve 10 minutos para hacerme a la idea y comenzar a buscar piso, porque iba a contrarreloj.

Tenía el fin de semana para encontrar casa, así que tiré de inmobiliaria. Les expliqué la situación y estuvieron súper dispuestos a echarme una mano desde el minuto uno. Dado que no podía ir a ver los pisos por la distancia y que para el mismo lunes tenía que incorporarme al trabajo, confié en ellos. Me mandaron varios videos y elegí el que se ajustaba más a mis opciones económicas, bastante limitadas por el momento. La verdad es que estaba muy bien para tener ese precio: dos habitaciones, todos los muebles estaban nuevos a estrenar, amueblada por completo, recién pintada y con agua y comunidad incluidos en el precio. No estaba en el centro, pero tenía previsto moverme en bici, así que no me importaba.

El domingo salí en coche con tres maletas cargadas hasta reventar y el resto en bolsas. No recordaba lo horribles que eran las mudanzas. Recogí las llaves en la inmobiliaria, que me hizo el favor de abrir un momento para dármelas y fui directa a mi nueva casa.

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Cuando llegué al barrio empecé sentir que algo fallaba. Los edificios estaban en bastante mal estado, las calles sucias y el ambiente lo vi regulero. Llegué al portal de mi piso y vi que el cristal de la puerta estaba roto, solo quedaba la reja de hierro entre la calle y la entrada del edificio. Abrí y me quedé helada al ver que los buzones estaban reventados, los que no estaban rotos estaban abombados o incluso quemados. Las escaleras que subían hasta los pisos estaban llenas de correo y propaganda tirada por todos lados y las paredes manchadas y con pintadas. Subí corriendo y abrí nerviosa la puerta de mi casa. Y allí estaba mi maravilloso piso, justo como lo había visto en el vídeo, con sus muebles nuevos y su aspecto acogedor e impecable. Era como pasar por una puerta mágica a otro mundo.

homer

Me calmé y bajé a por mis cosas. No me hacía gracia dejar el coche repleto con mis pertenencias en medio de la calle. Una vez dentro intenté hacerme a la idea de que sería algo temporal, y que mi casa estaba muy bien al fin y al cabo. Pondría pestillos extra y una alarma si hiciera falta. Pero en cuanto cayó la noche empezaron los problemas. Empecé a escuchar golpes y gritos en la casa de arriba, que pronto se trasladaron a la escalera. A medida que bajaban escuchaba cómo lo iban golpeando todo, incluido mi portón, entre risas. Ahí entendí el por qué de los buzones destrozados. Pero es que al rato escuché que había alguien hablando en mi descansillo, así que en silencio absoluto me asomé a la mirilla. Casi me da algo cuando vi a un tío con muy mala pinta que parecía estar vendiendo droga a dos con peor aspecto aún.

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Antes de dormir moví un butacón para bloquear la puerta, aunque no pegué ojo entre la ansiedad de la situación y que en el edificio había muchísimo ruido toda la noche. Música, gritos, broncas varias… A la mañana siguiente tuve claro que no quería permanecer allí ni un solo día más y llamé a la inmobiliaria que me había alquilado el piso.

Ahí fue cuando descubrí que se habían quedado conmigo aprovechándose de mis circunstancias personales. La inmobiliaria no se hace cargo, dicen no saber nada de las circunstancias desastrosas del edificio ni de la zona (cosa que es mentira, porque para hacer el vídeo que me mandaron tuvieron que ir a la casa y lo habrían visto todo), y el dueño dice que si me marcho antes de acabar el contrato se queda la fianza. No pienso dejar las cosas así, tengo claro que lo pelearé, pero en cuanto encuentre otro lugar donde vivir. Lo primero es lo primero. Porque si hay algo con lo que no puedo convivir, es con el pánico. 

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo