Mi hija tenía quince días cuando su padre hizo las maletas y se fue.
Quince días. Ni siquiera había terminado de cicatrizar la herida de la cesárea. Ni mis pechos de acostumbrarse al dolor de la subida de leche. Ni mi cuerpo de entender qué había pasado. Pero él se fue.
Y cuando le pregunté por qué, me lo dijo sin pestañear, sin la más mínima empatía ni delicadeza:
“Ya no me gustas. Has cambiado. Ya no te arreglas, ya no eres tú”.

Nació nuestra hija, una niña muy buscada. Pero cuando yo más lo necesitaba, él decidió irse. Porque decía que ya no le atraía. Quince días después de convertirme en madre, me quedé sola.

Es cierto, no era yo. Siempre fui una mujer muy coqueta. No salía de casa jamás sin maquillar o con el pelo sucio. Una coleta o un moño no entraban dentro de mis peinados habituales. Y no hablemos ya del chándal, esa prenda que yo solo me ponía para ir al gimnasio. Las deportivas también para el gym, yo no usaba nada que no llevara tacón.

Pero jamás me imaginé que mi pareja le diera tanta importancia al físico. Que me iba a dejar porque ya no le resultaba atractiva. Porque tenía una nena de días y no me daba la vida ni para lavarme el pelo.

Fue una niña muy deseada. Llevábamos tiempo intentándolo. Cuando por fin llegó el positivo, lloramos los dos de alegría. Recuerdo que me abrazó y me dijo: “Vamos a ser una familia”. Y en ese momento, fui feliz.

Los primeros días fueron una pesadilla.
El parto fue largo, termino en una cesárea y encima me sentía mal por no haber podido dar a luz. Mi cuerpo no era mío. Tenía puntos, grietas en los pezones, ojeras, una bebé que lloraba sin parar y un novio que empezaba a estar distante.

Ya en el hospital vi que aquello de ser padre le venía grande. Yo estaba en cama con una sonda sin poder levantarme. Yo no podía hacer nada, así que llamó a su madre para que estuviera con nosotros en la habitación del hospital. Su madre le cambiaba el pañal a la niña y le dio su primer baño, porque él no se atrevía y yo estaba en cama.

Tuve que aguantar hasta que me suegra me agarrada el pecho y se lo metiera a mi hija en la boca porque yo no sabía dar de mamar a esa criatura, decía.

Ya en casa, cuando yo empecé a poder levantarme sin ayuda de la cama, él se fue a dormir a otra habitación porque necesitaba descansar. Yo pasaba las noches en vela con la niña pegada al pecho. No me peinaba. No me duchaba. No me pintaba los labios. No tenía energía ni para llorar.

Y entonces llegó un día en que, sin aviso, lo vi recoger sus cosas. Me dijo que se iba a casa de su madre. Yo pensé que sería un calentón de unos días y que volvería. Pero no volvió.

Me abandonó en mi momento más vulnerable. Con una bebé de quince días que dependía totalmente de mí. Y por una razón tan superficial cómo que ya no le atraía físicamente, porque ya no era la misma.

Y claro que era otra persona. ¿Cómo no iba a serlo? Me había rajado para sacarme un ser humando de dentro. Había pasado de ser mujer a ser madre, y en el proceso había perdido casi todo lo demás: el tiempo, la energía, horas de sueño y las ganas de arreglarme.

Pero él no lo entendió. O no quiso entenderlo.

Su problema era que yo ya no me pintaba las uñas ni me ponía perfume. Que con las tetas llenas de leche y la barriga flácida, ya no le ponía.

Durante semanas me sentí culpable. Pensaba que quizá tenía razón. Que si me hubiera arreglado más, si hubiera sido más fuerte, más positiva, más yo, él no se habría ido.
Me miraba al espejo y solo veía una sombra de lo que fui.

Le excusaba, pensaba que le había venido grande la paternidad, que no estaba preparado para un cambio tan drástico en nuestras vidas. Pero yo tampoco estaba preparada y no se me ocurrió abandonar a mi hija.

Con el tiempo entendí algo: él no me dejó porque yo cambié. Me dejó porque no fue capaz de acompañar ese cambio tan grande que había dado nuestra vida. Ante el primer reto, se fue. Y ahora me alegro porque me di cuenta de que aquello fue lo mejor que me podía pasar. Me deshice de un ser inmaduro y egoísta, pero gané lo mejor que tengo en la vida: mi princesa.

 

 

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