Me encantaría deciros que me he liberado. Que he tirado la cuchilla, que paso de la cera, que no me importa lo que digan. Que luzco con orgullo mis pelos en las piernas, las axilas, el pubis, incluso en ese bigotillo que siempre me depilo como si fuera un crimen que exista.
Me encantaría gritar que soy una mujer segura de mí misma, rebelde, valiente. Pero no. A día de hoy, todavía me depilo
Y encima lo hago por presión social, que es lo que más me jode.
Porque soy consciente de que es una imposición cultural. Porque veo a mujeres que me inspiran, que no les importa una mierda lo que digan de ellas, que enseñan su vello con toda la naturalidad del mundo. Y me parece precioso.
Pero no puedo. No estoy preparada. A mí aún me afecta lo que digan los demás.
Desde muy pequeñitas te enseñan que el pelo en el cuerpo femenino es feo. Hay un día en el que a toda madre se le enciende la bombilla y decide que ya es hora de que descubras el apasionante mundo la depilación.

Yo me acuerdo de mi madre. Empezó decolorándome el vello de las piernas con una crema blanca que se llamaba Andina, que yo creo que se vende todavía. Mi yo de 13 años no quería ir con esas pintas y resultó peor el remedio que la enfermedad…
Imaginaos el cuadro: verano, yo que quería llevar pantalones cortos, pero ya me empezaba a dar vergüenza aquello de enseñar las piernas con pelos. Pues a mi madre se le ocurrió la maravillosa idea de decolorarme. Según iba pasando el verano y se me iban poniendo las piernas morenas aquello se veía más que si me hubiera dejado el vello de mi tono. Un horror. Piernas bronceadas con pelos blancos.
Al verano siguiente, creo que tenía ya 14 años, me empeñé en depilarme, porque aquello de los pelos rubios teñidos no me convencía. Pues me llevó mi madre a un centro de estética, porque ella no se atrevía a pasarme la cera, y creo que no he pasado más dolor en mi vida.
Me quitaron hasta los que asoman del chumi, la línea del bikini como decían. Las axilas me las quitaba con cuchilla, porque en aquel entonces no se recomendaba dar tirones en los sobacos, decían que era malo para el pecho. Y el bigote llegó más tarde, yo no era muy peluda y creo que no me empecé a depilar el bigote hasta casi los veinte.

Esa es otra, depende de lo peluda que fueras, porque yo tenía una amiga en el colegio, súper morena, que la llamaban Macario, como el muñeco de Jose Luis Moreno, las que os criasteis en los noventa entenderán el mote. Tenía la pobre un bigote y las piernas llenas de pelos negros como escarpias. Con 15 años empezó a depilarse y con 16 pegó un glow up que los que la hacían bullying ahora querían ligársela.
Total, que desde que somos adolescentes se nos impone a las chicas la depilación. Y si no te depilas vas a ser objeto de burlas.
Yo lo tengo tan arraigado que ahora mismo que soy adulta, y ya con una edad, no me atrevo a ponerme una falda si no estoy perfectamente depilada. He rechazado invitaciones para ir a la piscina porque tenía pelos y no me daban cita a tiempo en el salón de belleza.
El otro día, sin ir más lejos, fui a la piscina de una amiga y cuando llegué me di cuenta de que no me había pasado la cuchilla en las axilas. Ahora que soy madre voy acelerada por la vida. El día que me da tiempo a pasarme el cepillo por la cabeza y hacerme una coleta bien hecha, es un milagro. Pues imaginaos a qué velocidad me pasé la cuchilla por las piernas que se me olvidaron las axilas.

Me dio tanta vergüenza que me tiré toda la tarde sin levantar los brazos. Lo peor de todo es que tenía cuatro pelos, no es que tuviera un matorral. Y encima estaba entre amigas, que me tendría que haber dado igual. Pues no.
¿Y cuando te depilas hasta partes de tu cuerpo donde no sabías que tenías pelo? Una vez fui a depilarme la zona del pubis y mi esteticien de confianza me dice “¿Te depilo el culete también?” y yo: “¿Cómo que el culete? ¿Es que hay pelos ahí?”. Pues sí, hay pelos. Me los depilé ese día y ya cada vez que voy le digo que me los quite. ¿Para qué, si no se ven? Pues ni idea, pero ya me siento obligada a ir sin ellos.
Para mí, depilarme es una obligación. A veces me hago la valiente. Me dejo el vello un poco más de lo que debería. Voy a algún recado sin depilarme las piernas. Me miro al espejo y me repito que no pasa nada. Que no es un crimen. Que es pelo. Que todos los cuerpos lo tienen. Que es normal. Que es natural. Pero me siento observada, me creo que la gente se me queda mirando las piernas y me pongo muy nerviosa.
Me encantaría dejar de depilarme, pero tengo miedo a lo que me puedan decir, a los comentarios, a los cuchicheos, a las miradas de desaprobación de otras mujeres, a decepcionar, a que me llamen guarra, a que se rían. Miedo a que me juzguen.
¿Me gustaría dejar de depilarme? Sí.
¿Estoy preparada para hacerlo? No todavía.
Algún día, quizás, me atreva a ir con mis pelos al aire sin pensar en lo que opinen los demás. ¡Y seré libre! Pero hasta que eso llegue, seguiré gastando mi dinero en cuchillas y bandas de cera.