Llevamos 15 años casados y 7 antes de noviazgo, llevo más tiempo con él que sin él y se me ha venido el mundo entero encima al enterarme de la forma más estúpida posible de que me estaba poniendo los cuernos.

Jamás había sospechado de él, jamás había desconfiado, es que de hecho jamás se me hubiera ocurrido la posibilidad ni se me hubiera pasado por la cabeza el planteármelo, de él no. Pues toma, dos tazas.

Siempre hemos sido un matrimonio a la antigua usanza, llevamos juntos muchos años, ambos trabajamos, nos repartimos las tareas del hogar -aunque sí que es cierto que yo hago bastantes más cosas que él, pero bueno, nunca nos lo hemos echado en cara-, salimos los fines de semana a cenar con el grupo de amigos de toda la vida, tenemos una niña preciosa de 12 años a la cual no sé ni cómo mirar a la cara. Nos intentamos escapar de viaje un par de veces al año, tenemos nuestras peleas alguna que otra vez a la semana, pero nos apoyamos bastante, nos encanta llegar a casa, cenar y ver la tele, cualquier cosa. Vamos, una familia corriente y moliente de toda la vida.

Pues bien, este verano entre unas cosas y otras no hemos podido coincidir con las vacaciones, lo hemos intentado por activa y por pasiva, pero al final yo tuve las vacaciones en julio y él las tiene en agosto. Hablamos sobre cómo lo íbamos a hacer, si nos quedábamos los dos castigados todo el verano en casa o si cada uno pasaba los días libres con la niña haciendo algo, al final nos decantamos por la segunda opción.

Así que cogí mi maleta y la de la niña, llamé a mi madre y nos bajamos la piso de la playa que tienen en Torrevieja. No es el planazo ideal de verano que me esperaba, pero menos da una piedra. Estuve quince días allí la mar de bien, todo tranquilidad. Me leí un libro, descansamos mucho, bajamos a la playa, fuimos a la feria, nos pusimos morenas y estuvimos llamando a papá todos los días religiosamente a la hora de la cena.

Pues bien, cuando vuelvo a casa no noto nada, todo sigue igual que siempre y la rutina vuelve a invadir mi vida. Miramos qué días se van a ir los dos al pueblo de sus padres y todo en orden. A lo que una tarde tonta me voy a Mercadona para comprarme todos los caprichos que quería para quedarme solita diez días en casa y a la vuelta me encuentro con la vecina del piso de abajo en la escalera.

Estamos hablando y me dice algo del estilo ‘anda que sí, qué bien os sienta el verano, que últimamente ni dejáis dormir ni nada’. ‘Perdone, ¿cómo?’, ‘pues eso hija, que desde abajo se escucha todo y últimamente os lo estáis pasando mejor que nunca, así da gusto’. No sé cuál sería mi cara, asumo que un poema, porque la mujer me dijo ‘mujer, no te pongas así, que somos todos adultos y no pasa nada’.

Mi marido y yo no es que no hagamos el amor, pero lo hacemos más bien poco y siempre sin armar mucho escándalo. La evidencia estaba clara, pero yo no quería creérmelo. Llamé a mi hermana en cuanto entré en casa y ella tampoco quería creerlo, pero me dijo que tampoco podía hacer como si no supiera nada, que tenía que hablar con él y aclarar las cosas, seguro que habrá alguna explicación para todo esto.

Así que lleve a la niña a casa de mi hermana y le dije que esa noche dormía allí, lo hizo a regañadientes, pero creo que me vio tan alterada que no puso objeciones.

En cuanto llegó mi marido a casa le pedí que se sentara y le conté todo, lo intenté hacer con naturalidad, pero era más que evidente que estaba a punto de darme un ataque de nervios. Pues bien, estaba preparada, convencida y más que segura de que me diría cualquier cosa que yo me iba a creer a ojos cerrados, me diría que había hecho fensui, que no podía dormir por las noches y que se dedicaba a limpiar o que había empezado a hacer zumba de madrugada. Iba dispuesta a querer creerme cualquier disparate, de verdad de corazón. Así de tonta soy. Pero no, no hubo mentiras, no hubo cuentos inverosímiles, no hubo excusas.

Me dijo que había conocido a alguien, que llevaban viéndose seis meses y que no sabía cómo había pasado. Que él me quería, que no quería perderme, que nuestra hija no se merecía a un padre como él y no sé cuantísimas cosas más porque dejé de escuchar. Es como que me quedé sorda, inmóvil, en shock.

Desde entonces han pasado tres semanas y aún no sé qué hacer, aún no sé cómo hablar con él, aún no sé cómo gestionar todo esto que me ha pasado. Ahora mismo me he ido a casa de mi hermana con la niña, estamos las dos aquí y yo me niego a verle, a escucharle o a leer los más de veinte e-mails que me ha dejado en el correo.

No sé cómo se hacen estas cosas, no sé cómo se arregla un mundo que se ha roto tanto, no sé ni qué decirle a mi hija. He empezado a ir al psicólogo, pero no me sirve de nada. Lo único que me está ayudando, por increíble que parezca, es trabajar, hace que se me olvide todo durante horas y me sienta útil.

 

Anónimo