Nos remontamos a 2021. Fin de la pandemia, gente que empieza a recuperar su vida, salidas esporádicas para algo más que pasear al perro o comprar papel del baño. Yo, por mi parte, lidiaba con un curro nuevo y una ruptura reciente. Lejos de estar triste o deprimida, estaba más salida que el pico de una plancha, deseando conocer gente nueva y vivir nuevas experiencias que, con mi ex, no hubiese vivido en la vida.

Relatos eróticos y follodramas

Me hice un perfil de Tinder y comencé a hablar con tíos, pero ninguno me entraba por el ojo. Soy una persona bastante exigente y, para mí, el físico no es suficiente: ha de haber una conexión un poco más profunda, una buena conversación, un hobby en común… no sé, algo que marque un poco la diferencia.

El caso es que, después de varias decepciones, mi lista de posibles candidatos a “algo más” era cero y yo estaba que me subía por las paredes. Así que decidí bajar la guardia y rebajar mis expectativas durante un tiempo. Lo único que deseaba era un polvo con alguien que estuviese bueno y que se duchase una vez al día. No era mucho pedir.

Así llegó Carlos a mi vida. Fue algo así como el cometa Halley: visto y no visto. Hablamos escasos dos días y estábamos de acuerdo en que los dos buscábamos lo mismo: un polvo fugaz y si te he visto, no me acuerdo. Parecía que cumplía con los requisitos mínimos, así que lo movimos todo y quedamos en vernos en un parque el fin de semana.

Ni él ni yo teníamos intención de volver a vernos ni de alargar la cosa más allá del polvo de una noche, así que la quedada era, básicamente, para vernos en persona y romper un poco el hielo antes de ponernos manos a la obra. Nos tomamos una cerveza y los dos estuvimos de acuerdo en compartir fluidos corporales durante un rato.

Carlos propuso ir a su casa, porque su madre no estaba, pero yo pasaba de echar un polvo en su cuarto de la adolescencia, lleno de pósteres y olor a semen, así que nos fuimos a un hotel por horas.

Ahora lo pienso y debimos ser la comidilla de los empleados durante un tiempo: dos pavos que se presentan en la recepción de un hotel y piden una habitación durante tres horas. Creo que no hay que ser muy inteligente para sumar dos más dos y ver que esos dos no iban a debatir sobre el cambio climático, precisamente.

Echamos todos los polvos que nos fueron posibles en esas tres horas, hasta que nos quedamos saciados los dos. Menos mal que solo habíamos quedado para follar, porque conversación, lo que es conversación, el chaval no la tenía muy fluida. Pero, como os he dicho, los dos íbamos a lo que íbamos y cumplió con los objetivos.

Nos despedimos en la puerta del hotel. Con dos besos y un si te he visto, no me acuerdo. De hecho, a día de hoy sigo sin saber nada de él porque eliminé su contacto y lo borré de Instagram.

Ahora echo la vista atrás y lo pienso, y me alucina lo atrevida que fui en su momento para acostarme con un tío que no conocía de nada. Pero, oye, que me quiten lo bailao.

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