Llevábamos casados más de diez años. Siempre habíamos sido muy felices pero los últimos tiempos las cosas no iban del todo bien. Hacía ocho meses que nuestra relación se había estancado. Por más que intentaba buscarle en la intimidad no parecía querer tener relaciones conmigo, y ya hacía ocho meses que no me tocaba. Él me decía que era porque estaba estresado y preocupado por el negocio, el cual no iba del todo bien, según me contaba. Tenía un restaurante y echaba allí muchísimas horas al día, se iba por la mañana y volvía por la noche.

Llegué a pedirle que fuéramos a terapia de pareja, ya que se negaba a ir a terapia personal, pero tampoco accedió. Se enfadaba si le insistía, así que decidí dejar pasar el tiempo y cruzar los dedos para que la racha del restaurante mejorase un poco y el se relajase.

Por sus horarios de trabajo, que eran más exigentes que nunca, nos veíamos poco. Por la mañana yo salía muy temprano para el trabajo y eran muchas las noches que, cuando él volvía a casa, yo ya estaba durmiendo. Los fines de semana él madrugaba más y salía antes de que yo me despertase. Así que un sábado por la noche se me ocurrió darle una sorpresa. Saldría tarde e iría al restaurante a la hora del cierre para recogerle. Además se me ocurrió la idea de ponerme algo sexy, por si lo inesperado de la sorpresa le excitaba lo suficiente. Decían que había que innovar en las relaciones para salir de la rutina, ¿no?

Salí de casa a eso de las doce y media de la noche, cogí el coche y conduje al paseo marítimo, que era donde estaba ubicado el restaurante. Aparqué y esperé a que salieran los camareros y cocineros. Sabía que él se quedaba el último para revisar que todo estuviese bien. Me había puesto una gabardina y debajo llevaba un conjunto lencero que me había comprado para la ocasión. Antes me arrancaba la lencería, le encantaba que me la pusiera, seguro que esto surtiría su magia y rompería la mala racha que llevábamos. Ilusa de mí.

Una vez me pareció que habían salido todos menos él, me bajé y caminé sobre mis tacones de aguja hacía dentro del restaurante. Tal y como esperaba, estaba desierto. Él debía estar en el almacén, pues no le veía tampoco. Avance y pasé detrás de la barra para acceder a la cocina. Fue entonces cuándo empecé a oírlo: se escuchaban gemidos, pero no gemidos de dolor, sino de placer. Se me encogió el estómago y avancé en silencio hacia donde me guiaban los gritos.

Nunca olvidaré la sensación que me recorrió al verlo. Una mujer rubia y desnuda, apoyada contra una estantería, gemía de placer mientras mi marido la empotraba como no me había empotrado a mí en meses. Al principio me quedé paralizada, no era capaz de moverme ni de decir nada y el corazón parecía que iba a salírseme por la boca. Para colmo yo estaba detrás de ellos, así que ni siquiera habían reparado en mi presencia y seguían dándolo todo. Cuando salí del estado catatónico momentáneo, grité.

Pararon de inmediato y se giraron. Ella gritó al verme allí y yo me dirigí a él: «¡¿Qué coño estás haciendo?! ¡¿Cómo has podido hacerme esto?!». Ella empezó a vestirse y a preguntarle quién era yo, a lo que respondí yo misma que era su mujer. Y entonces ocurrió algo tan surrealista que no lo pude ver venir ni en cien años. Se dirigió a ella y le dijo: «¡No tengo ni idea de quién es esta mujer! Créeme, esta loca se ha colado en el restaurante mientras estábamos aquí dentro, ¡¡por favor, tienes que creerme!!».

Fue como si me dieran un bofetón. No sabía si reírme o llorar. La situación no podía ser más ridícula y surrealista: yo le gritaba improperios y le decía que de qué coño iba, ella que se vestía a toda prisa y se marchaba corriendo, y él me gritaba que me largarse y salía corriendo detrás de aquella otra mujer pidiéndole que esperase.

Salí rápidamente de allí y me fui al coche, donde me senté a llorar como una magdalena. No estaba entendiendo nada de lo que había pasado. ¿De verdad había tenido la poca vergüenza de engañarme y de hacer como que yo era una desequilibrada a la que no conocía de nada cuando le había pillado? Diez años de matrimonio, ¿y era capaz de algo así? ¿Con quién había estado compartiendo mi vida? Porque yo ahí no reconocía a mi marido. Unos minutos después le vi venir hacia mí y arranqué tan rápido como pude. Corrió detrás del coche, lo veía por el retrovisor, pero no paré hasta llegar a casa.

Podéis imaginar que me divorcié. Pero seguro que no imaginaréis que mi marido, ese que me había sido infiel y que luego había fingido que no me conocía, tuvo la poca vergüenza de aparecer esa misma noche por nuestra casa llorando a moco tendido y rogando que le perdonase. Y me encontró haciendo las maletas. No podía prohibirle entrar en casa, era de los dos, pero sí podía irme de allí. Suerte que no habíamos podido tener hijos, por más que yo lo hubiera deseado, porque habría sido todo mucho más difícil. Él lloraba y lloraba mientras yo, que no estaba dispuesta a soltar ni una lágrima más frente a él, recogía rápidamente todo lo que podía y cerraba las maletas. Salí de la casa como una exhalación haciendo caso omiso de sus súplicas y me fui a casa de mi hermana, donde por fin pude derrumbarme y llorar todo lo que necesité.

Hace dos años del divorcio. No me lo puso nada fácil, porque cuando vio que no tenía oportunidad de volver conmigo decidió convertirlo en una lucha de poder. Maldita la hora en que me casé en régimen de gananciales. Pero tras toda esa tortura y muchísima terapia para superar la depresión en la que caí, hoy puedo decir que he resurgido de mis cenizas. Tengo claro que no volveré a casarme y hoy por hoy tengo el chiringuito del amor cerrado hasta nuevo aviso. Mi psicóloga dice que es normal y que son fases que debo ir pasando, pero os aseguro que estoy muy a gusto sola y no arriesgándome a que me vuelvan a destrozar la vida. Hoy por hoy no confío más que en mí y en mi familia, y mi ex marido, apodado el infiel olvidadizo, es historia antigua para mí.

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