Esto es una historia verídica. Y lo más fuerte no fue el momento en sí, sino la cantidad de mujeres que, al contarlo, me dijeron: “a mí también me pasa”. Si me dieran un euro por cada vez que he dicho esa frase en mi vida… seguiría sin poder pagar la rehabilitación del suelo pélvico, pero oye, algo es algo.

A veces lo que empieza como una anécdota chorra acaba sacando a la luz algo de lo que casi nadie habla. Una se ríe, lo suelta en plan broma, pero luego te das cuenta de que no es ninguna tontería. Que esto de las pérdidas de orina nos pasa a muchas, muchísimo ANTES de lo que nadie te cuenta, y que por algún motivo seguimos callándolo como si fuera un secreto de estado.

Relajación 0, pipí 5

Os pongo en situación: el día de autos fue en una clase de yoga, de esas con luz suave, olor a incienso y una monitora que habla como si leyera cuentos a la hora de dormir. Yo, con mis mallas nuevas, mi esterilla a juego y la esperanza ingenua de que ese día conseguiría relajarme. Spoiler: no ocurrió. Porque cuando hicimos la postura esa del perro boca abajo (que para mí es el “culo en pompa y dignidad por los suelos”), sentí algo. No era dolor, no era incomodidad ni mucho menos una iluminación espiritual. Era humedad. Calorcito. Un líquido saliendo de donde no debía, cuando no debía. Pipí. Vamos, que me estaba meando.

Modo disimulo ON

Por suerte, nadie pareció notarlo. Así que tiré de dignidad, sonreí a lo “ohm, qué equilibrio interior tengo yo” y seguí como si nada. Hice lo que haría cualquier mujer que quiere seguir teniendo autoestima: fingí que era sudor. Cuando la clase terminó, recogí mi esterilla, me sequé discretamente el pantalón y salí como si lo mío hubiera sido solo sudor y espiritualidad. Sin embargo, por dentro solo podía pensar en una cosa: ¿es esto lo que me espera cada vez que estornude, me ría o intente tener un momento zen?

De la risa al silencio incómodo

La historia salió en una charla de mamis en la puerta del cole. Yo la solté medio en broma. Al principio todas nos reímos. Ja, ja, ja…, pero, a medida que fui hablando, otras madres fueron soltando lo suyo: que si corriendo les pasa, que si van al parque con compresa “por si acaso”, que si saltar en la cama elástica es deporte de riesgo…, el ambiente cambió. Se nos borró la risa de golpe porque no hace falta tener 60 años para que se te escape el pis. Ni haber parido tres veces. Ni haber hecho crossfit sin calentar. A veces simplemente pasa. Y pasa mucho. Más de lo que se dice.

¿Por qué lo escondemos?

Nos da vergüenza, sí. Porque parece que admitirlo es aceptar que nuestro cuerpo “ya no está bien”. Y mira, está bien estar mal. Está bien tener el cuerpo reventado después de parir, de correr detrás de criaturas o de haber aguantado más de lo que deberíamos en todos los sentidos.

Lo que no está bien es que nos callemos, como si fuera culpa nuestra.

Yo no sabía ni lo que era el suelo pélvico hasta que el mío se fue de vacaciones indefinidas. Y cuando fui a la gine, me dijo que tenía el suelo pélvico flojito, caído, como una hamaca en la que ya no apetece sentarse. Un músculo tímido que necesitaba motivación, bolas chinas terapéuticas y Kegels.

Reírse sí, pero también hablarlo

Y claro, me río. Porque si no, lloro. Me río porque si lo cuento como chiste, parece que pesa menos. No se trata de dramatizar, pero sí de dejar de vivirlo en secreto. Que no tengamos que susurrarlo entre cafés ni fingir sudores donde hay pérdidas.

Yo sigo haciendo yoga, por cierto. Pero ahora voy con ropa negra y, si me meo, me meo. Luego lo cuento, porque si reímos juntas, también podemos hablar de esto juntas.

Si un día me veis salir de una clase con la esterilla sospechosamente húmeda, puede que sea sudor. O puede que no. Y no pasa nada.

 

(*) Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.