Hace año y medio, al que entonces era mi pareja le ofrecieron una oferta de trabajo buenísima en el extranjero. Yo estaba en paro en aquellos momentos y pasando por una etapa personal complicada. Además, mis relaciones con amigos y familiares estaban pasando por una mala racha, por lo que cuando me habló de esta oferta y me pidió que me fuera con él, me lo planteé muy seriamente. Me dijo que sería una buena oportunidad no solo para él, sino también para mí, porque podría empezar de cero en un lugar nuevo y eso nos daría también la opción de convivir y crecer como pareja. Esto último fue lo que me hizo decidirme. Me hacía muchísima ilusión que me hubiera pedido que me fuese con él. Yo habría estado dispuesta a mantener una relación a distancia el tiempo que fuese necesario, llevábamos juntos un año y no quería tirarlo todo por la borda, pero la idea de irme con él y vivir juntos al fin era muchísimo mejor que esperar a que nos pudiéramos ver lo suficiente viviendo en países distintos.

Hice las maletas, arreglé mis asuntos en España, me despedí de los míos y me encaminé a mi nueva vida junto a mi amor, llena de ilusiones y esperanzas. Al final, sí que fue doloroso para mí separarme de mi familia, especialmente de mis padres. Pero estaba convencida de que esta era la mejor decisión y de que me esperaban muchísimas cosas buenas.

Los comienzos fueron más complicados de lo que esperaba. El primer mes fue un torbellino de emociones. Lugar nuevo, idioma nuevo, costumbres nuevas. Me sentía un poco desorientada. Me pasaba el día buscando ofertas de trabajo pero no estaba teniendo mucha suerte, al menos para encontrar algo en mi sector profesional. Mi pareja se pasaba la jornada en la oficina y cuando llegaba a casa parecía estresado y malhumorado. El tema del idioma estaba siendo todo un reto para él en su entorno laboral.

No obstante, pasadas las primeras semanas, el ritmo frenético se fue ralentizando y me empecé a sentir más cómoda. Conseguí un trabajo temporal en una cafetería mientras seguía buscando algo de lo mío. La ciudad era preciosa y encontré pequeños placeres, como caminar por el parque que había cerca de nuestra casa.

Sin embargo, lo que no iba a mejor era mi relación. Él cada vez llegaba más tarde a casa. Por fin había empezado a sentirse cómodo en la oficina, pero ahora se iba a tomar algo al salir del trabajo con los compañeros casi cada día. Me decía que era necesario para hacerse conocido en el entorno y que cuando pasase un tiempo saldría con menos frecuencia. Pero lejos de eso, empezó a salir también los fines de semana. Y, según él, nadie llevaba a su pareja, así que no le parecía correcto que yo le acompañase. Mientras tanto, yo no había conseguido hacer ni un solo amigo. Mi mundo se reducía por completo a él, en exclusiva, y por tanto, el tiempo que no estaba trabajando, lo pasaba sola en casa o paseando con los cascos puestos. Él se iba por la mañana y volvía a dormir, a veces cuando yo ya me había acostado. Apenas nos veíamos realmente y el tiempo que compartíamos no era precisamente de calidad.

wtf

A pesar de todo, decidí confiar en él y aguantar. Pensé que sería algo temporal, la efusividad propia de las nuevas amistades, que ahora habría muchos planes pero que luego relajarían el ritmo. Pero, cuando apenas llevábamos cinco meses allí, una noche mi chico no vino a dormir. Cuando desperté y no lo vi, me volví loca. Pensé que le había pasado algo. No cogía el móvil, estaba apagado. No sabía qué hacer, ya estaba pensando en contactar con la policía cuando se abrió el portón y entró en casa, vestido igual que como había salido el día anterior.

Me eché a llorar y le pregunté de dónde venía. Me pidió que me sentase y me dijo que teníamos que hablar. Al parecer, entre esos amigos y compañeros con los que salía, había una mujer. Todo había empezado unos dos meses antes, me dijo. Llevaban acostándose todo ese tiempo, ella era con quien quedaba y salía constantemente y el motivo real por el que yo no podía acompañarle a ningún plan. Me dijo que no sabía cómo había pasado, pero que esa era la realidad ahora, y que debía irme de la casa porque no quería seguir estando conmigo.

Mi mundo se había derrumbado en pocos minutos y ahora estaba completamente sola, en un país que no era el mío y donde no tenía absolutamente a nadie. Y encima, el chico por el que lo había dejado todo atrás y al que quería, pretendía echarme de la que también era mi casa en ese momento, pues ambos nombres estaban en el contrato de alquiler. No tenía a dónde ir ni casa a la que volver. Sí, podía regresar a España, pero me había dejado casi todos los ahorros en empezar esta nueva vida junto a él, así que regresar allí sin trabajo suponía volver también a vivir con mis padres.

Él se fue después de hablar conmigo y me dijo que me daba un día para irme de la casa. Lloré lo indecible. Me sentía traicionada, engañada y con el corazón roto. Llamé a mi madre y me insistió en que me volviese de inmediato, que allí, junto a ellos, tenía mi hogar. Pero yo sentía que no podía volver. No de ese modo, con el rabo entre las piernas. Esto no iba a quedar así. Así que me lamí las heridas esa noche y me preparé para enfrentarle al día siguiente.

Cuando entró en la casa, me encontró en pijama y bata viendo Netflix. Me preguntó que por qué seguía allí y le dije que esa también era mi casa, que si él quería marcharse ahí tenía la puerta pero que yo no me iba a mover de allí. Cabreado, se metió en el dormitorio dando un portazo. Al rato salió con una pequeña maleta y volvió a darme un ultimátum: me quería fuera de allí en tres días. Pero cuando volvió tres días después, yo había cambiado la cerradura y llamado a mi casera para arreglar los papeles. Resultó ser una mujer muy empática, pues le conté lo ocurrido y me dijo que le comunicaría por su cuenta a mi ex que el contrato anterior había sido anulado. Me preocupaba que ella pudiera tener algún problema legal por ello, pero insistió en que no me preocupase por nada y me centrase en mi. Él me llamó varias veces pero no se lo cogí. No quería saber nada más de ese hombre. Al final, desistió.

Ha pasado un año desde entonces y sigo aquí. No sé por cuánto tiempo, pues se que algún día volveré a casa junto a los míos, pero por ahora me siento feliz en este lugar. Encontré trabajo de lo que buscaba y me apunté a varias actividades para conocer gente. Tengo un grupo de amigas con las que sé que puedo contar, al igual que ellas podrán contar conmigo.

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A veces, la aventura que creías que ibas a vivir no tiene absolutamente nada que ver con lo que tenías previsto, porque la vida es eso que sucede mientras nosotros nos empeñamos en hacer planes.

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.