Mis suegros han alquilado este verano una casa en la playa. Lo han hecho porque han querido y sin preguntarle a nadie. Esto estaría genial si no fuera que lo han hecho con la intención de que pasemos nuestras vacaciones con ellos y el resto del verano les dejemos allí a las niñas.

Mi marido y yo trabajamos en turnos opuestos para poder conciliar. Cuando yo madrugo él llega tarde de noche, cuando él madruga yo llego a casa cuando ya están todos durmiendo. Fue la única forma que encontramos de poder tener a las niñas siempre atendidas por nosotros sin depender de nadie, disponer de los fines de semana (aunque algún sábado tenemos que trabajar) y poder elegir nuestras vacaciones juntos. El año pasado yo me puse mala poco antes de las vacaciones y, como no teníamos nada planificado todavía, nos pareció bien pasar las vacaciones simplemente descansando y disfrutando de nuestras niñas. Aunque los días que yo estaba mejor si hicimos pequeñas excursiones a la playa o a algún parque más alejado de lo habitual, si nos quedó el resquemor de no haber tenido unas vacaciones más completas, ya que mi hija pequeña pasó su primer verano casi sin salir con la crisis del covid, y el año siguiente aun no disfrutaba mucho de la playa. Por eso este año decidimos irnos un poco más lejos, pasar dos semanas en un apartahotel a un tiro de piedra de una playa maravillosa en un pueblo con mucho encanto y sobre todo con mucha paz. Queríamos disfrutar de nuestra familia como no podemos hacer en nuestro día a día.

Pasar tiempo juntos, pasear sin horarios, sin reglas… Y cuando ya teníamos todo reservado… ¡Crisis! Mi suegra llama para ver en qué fecha le llevamos a las niñas, que mi cuñada ya dejó allí a los primos y están esperando. Cuando mi marido le dice que las niñas irán cuando vayamos nosotros el fin de semana anterior a las vacaciones, ella le dice que el anterior si, pero para quedarnos ya.

Yo vi en la cara de mi marido cómo todos los engranajes se ponían en marcha. Esas cientos de poleas y cuerdas que se ponen a trabajar cuando hablas con alguien que sabes que va a hacerte chantaje por absolutamente cualquier decisión que tomes que no sea estar donde ella requiera el tiempo que le dé la gana y buscan la manera de decir de forma asertiva y elegante “mamá, vamos a hacer lo que nos salga de…”


Para darse tiempo a buscar la manera de explicarle que no íbamos a ir, empezó a preguntar cuando habían alquilado, por cuanto tiempo y otra serie de detalles que realmente no van más allá del simple cotilleo. Pero ella, que ya vio por donde iba a salir su hijo, se apresuró a explicar que si no contase con nosotros no habría alquilado un piso tan grande, que le estaba saliendo en un ojo de la cara, pero que lo había buscado acorde a nuestras necesidades, que hasta teníamos baño propio y que a sus otros nietos les hacía una ilusión tremenda saber que pasarían el verano completo con sus primas a las que ven muy poco. Además se había encargado de buscar una urbanización con piscina para que las niñas pudiesen bañarse ya antes de comer. Y la verdad es que es un detalle encantador que nos tenga en cuenta hasta ese punto, la lástima es que se olvide de comentarlo con nosotros. Sabe de sobra que las niñas no van a pasar un mes y medio en su casa sin nosotros no habiendo necesidad. Nosotros queremos estar con ellas y haremos cosas divertidas cada día sin necesidad de pasar semanas completas sin verlas.

Como era de esperar, mi suegra entró en cólera cuando me pasó el teléfono y le dije que ya habíamos pagado la reserva de nuestras vacaciones y que estaríamos encantados de pasar el resto de fines de semana allí. Me llamó desagradecida, dijo que no le dejábamos disfrutar de sus nietas, que qué abuelos eran si no podían atiborrar a las niñas y dejarlas trasnochar a escondidas de sus padres durante el verano, que les estaba negando las que podían ser sus últimas vacaciones con sus nietos juntos. Tras comprobar que mis sobrinos no se iban a mudar a otro continente y que nadie padecía una enfermedad grave en principio, le expliqué que si hubiese hablado con nosotros podíamos haber organizado de otra manera, podríamos ir unos días con ellos o ellos podrían haber alquilado algo más pequeño, pero que a estas alturas de verano no iba a perder el dinero de la reserva ni cambiar nuestros planes.

No hizo falta el manoslibres para que mi marido escuchase su reacción. Claramente no entraba en sus planes ceder ni un poco, pero en los míos tampoco. Al ver lo colorada de rabia que me estaba poniendo, mi marido me quitó el teléfono e intentó hacerla entrar en razón, pero entonces ella, llorando como si le hubiesen contado una tragedia, le dijo que no iba a negociar, que eran sus nietas y no iba a renunciar a sus vacaciones. O le llevábamos a las niñas a pasar al menos el mes de agosto allí, o que se olvidase de que tenía madre. Al oír semejante salida de tono, mi marido colgó el teléfono y escribió a su padre “Cuando mamá esté más tranquila ya hablaremos”.


Días después mi suegro nos contó que había discutido mil veces con ella por las vacaciones antes de llamarnos, que las cosas no se hacen así, pero como mi cuñada les deja a los niños todas las tardes en casa, la mayoría de fines de semana, hacen con ellos lo que les da la gana, piensa que con nosotros puede hacer igual, pero no es así. Ella ahora estaba muy disgustada porque se había pasado y no sabía cómo arreglarlo.

Yo le dije que con una disculpa nos tendría allí el fin de semana, pero que de ninguna manera desharía mis vacaciones por nada del mundo, y menos después de todo esto.

Ahora esperemos que entienda que si el año que viene quiere hacer lo mismo tendrá que avisarnos con tiempo y no disponer de nuestras vacaciones como si fueran un derecho inamovible. Podremos ir unos días, pero nuestras vacaciones de familia de 4 si son inamovibles.

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.