Decidme que no soy la única que se lo curra, mientras su chico se enfrenta al tercer día del mismo calzoncillo…
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Yo no sé en qué momento exacto de mi vida decidí que era buena idea salir con un hombre que tiene dos versiones: la de guapete en Instagram y la de cerdícalo del dormitorious oloríferus.
Aún recuerdo la primera vez que me pidió lencería sexy. Mensajito sugerente, emoji con sonrisa ladeada, “me encantaría verte con algo especial”
Yo, ingenua, pensé: “Bueno, esto puede ser divertido”. Claro, me vine arriba por que sí hemos venido a jugar, yo te aseguro que me paso el juego. Conjunto negro, encaje, medias de medio muslo…transparencia estratégica… una FAN-TA-SI-A.
Llego a su casa. Me preparo y salgo como si estuviera desfilando en París.
Y ahí estaba él, con unos calzoncillos grises. Pero no unos calzoncillos cualquiera. Chicas, ESOS TENÍAN HISTORIA, tenían pasado y probablemente, hasta opinión política propia.
La goma daba la sensación de haber sobrevivido a varias crisis económicas. Y el color… ese gris indefinido que no sabes si originalmente fue blanco, negro o una ilusión óptica.
Yo, metida en mis 60 euros de encaje, pensé: “Aquí hay un desequilibrio claro de auras”

Pero lo dejé pasar. Porque una es comprensiva. Porque el amor, dicen que está en los detalles… aunque algunos detalles huelan raro.
¿Pero sabéis que? Esto no fue algo puntual. Esto es una dinámica. Él me pide lencería sexy con la misma ilusión con la que un niño pide una PlayStation… pero luego aparece con unos calzoncillos que, sinceramente, deberían cotizar como patrimonio histórico.
Una noche ya no pude más: «Oye… ¿estos calzoncillos… tienen nombre?»
Se ofendió y me dijo «Son cómodos».
¿No me digas? Eso espero porque si encima son incómodos entonces estaríamos ante un problema cuántico digno de Sheldon Cooper.
Lo peor no es eso… Lo peor es cuando intenta ponerse “seductor” con esos calzoncillos. Es que no… no puedo.
Y claro, una ya empieza a replantearse cosas. Porque yo puedo ser sexy, divertida, atrevida… pero no soy ilusionista. No puedo ignorar que estoy compartiendo espacio con una prenda que claramente ha sobrevivido a distintas generaciones.
Así que tomé una decisión: La próxima vez que me pida lencería sexy… ¡Se la compro a él!