Desde que era pequeñita, mis padres me educaron bajo la idea de que fuera de casa no se habla de religión ni de política y así lo he hecho desde entonces. No porque consideren que sean temas tabú, más bien porque nunca se sabe a quién se puede llegar a ofender y creen innecesario calentar debates que no van a ninguna parte. Y lo cierto es que, cada uno tiene sus ideas y es realmente complicado que éstas cambien por más que el otro lo intente así que, ¿para qué molestarse?

Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/0029VbCFxa04Y9loKPiq5B2k

Si prefieres en Telegram es aquí https://t.me/mundochollazo

Obviamente, siempre hay excepciones; cuando me encuentro en un círculo de total confianza, defiendo mis ideales a capa y espada, le pese a quien le pese. Pero lo cierto es que siempre me he terminado rodeando de personas con los mismos estándares y pensamientos que yo, por lo que casi nunca ha habido lugar a controversias por cuestiones políticas ni nada similar. Por supuesto, en mi círculo más cercano también hay cabida para personas que no defienden los mismos ideales que yo. No obstante, los años nos han dado la confianza para saber de qué pie cojeamos cada uno y, pese a ello, respetarnos sin sacar ningún tema que pueda hacernos discutir.

Siempre había creído que esta forma de pensar era lo habitual, pero un día descubrí que estaba muy equivocada. Puede que esté siendo prejuiciosa conmigo misma, pero he de reconocer que tan sólo con ver mi forma de vestir, mis tatuajes y mi estilo, se pueden deducir mis inclinaciones políticas. Y la verdad es que siempre he dado por hecho que se me veía venir de lejos, que mi aspecto era como una especie de repelente para todas aquellas personas extremadamente contrarias a mí. Y oiga, yo encantada.

Pero todo cambió el día que conocí a Sergio. Estaba con mis amigos en nuestro bar de siempre cuando vi que un chico no dejaba de mirarme. De entrada me extrañó verle en aquel lugar, porque el chaval era muy mono pero se veía de lejos que era un poco pijín y que estaba como fuera de lugar. Se acercó a mí, se presentó y me preguntó si podía invitarme algún día a una cerveza. Yo no entendía qué podía ver alguien como él en alguien como yo, pero me dije a mí misma que los prejuicios no me hacían ningún bien. A los pocos días, Sergio y yo quedamos para tomar esa cerveza, a la que siguieron muchas más citas.

Tuve que reconocer que a pesar de ser un tío tradicional y pijo como él sólo, era genial, divertido, cariñoso, interesante y estupendo. Era obvio que nuestras ideas políticas no iban a coincidir jamás, pero a ninguno de los dos nos importaba lo más mínimo. Con la tontería, ya llevábamos unos cuantos meses juntos, así que no me extrañó que quisiera presentarme a sus amigos más cercanos. Por Sergio bien valía hacer el esfuerzo; por él, sería capaz de mantener la boca cerrada frente a ciertos temas.

Pero me equivoqué de pleno. Sus colegas eran todo lo opuesto a mí y, a pesar de que era la primera vez que nos veíamos, no se pusieron ni medio colorados a la hora de sacar a colación temas bastante peliagudos para mí. Siempre intento no meterme en discusiones, pero cuando el toreo y la homofobia salieron a la palestra, no pude quedarme callada. Era como si las palabras salieran de mi boca a borbotones. La cosa terminó cuando Sergio me dio una patadita por debajo de la mesa de forma discreta para que cerrase el pico.

Me sentó fatal que me pidiera que me callase a mí y no a ninguno de sus amigos, pero decidí dejar el tema. Lo que nunca imaginé es que de camino a casa, Sergio me echara la bronca de mi vida. Me dijo que le había puesto en evidencia, que a saber qué estarían pensando sus amigos de él. Y cuando yo estaba intentando encontrar las palabras porque de la impresión me había quedado muda, me prohibió que hablase de política delante de sus amigos. Sí, me lo prohibió.

Sobra decir que cuando recuperé el habla no tardé ni cinco segundos en mandarle a tomar por donde amargan los pepinos. Aquella relación estaba abocada al fracaso desde el principio, pero quise ser optimista y me di de bruces con la realidad.