Me encanta hacer regalos por Reyes. Siempre ha sido una tradición en mi familia, incluso después de dejar de ser niños. Siempre lo he vivido con muchísima ilusión. Cada año me rompo la cabeza buscando algo que pueda gustarle de verdad a cada uno, algo que les haga sonreír al abrirlo y sentir la misma ilusión que siento yo. Casi me gusta más el hecho de hacer los regalos y ver ese brillo en los ojos de la persona al verlo, esa sensación de haber acertado con el presente, que recibirlos yo.

Ese año iba a ser más especial. Por primera vez también iba a hacerle regalos a mis suegros. Mi chico me los había presentado ese año y me caían genial. Ellos estaban divorciados, mi suegra no tenía pareja, pero mi suegro sí, así que incluiría también en el pack de regalos a «mi suegrastra». Mi novio me propuso hacer los regalos en común, pero le dije que por esta vez prefería que fueran por separado. No quería arriesgarme a quedar regular o a que pareciera que había ido a lo fácil y puesto solo el dinero para hacerlo junto al regalo de su hijo. A mi suegra le regalé un pañuelo de seda que sabía que le había gustado un día que fuimos de tiendas; a mi suegro le compré una caja de sus vinos favoritos y a mi suegrastra unos preciosos guantes de piel azules que me había chivado mi suegro que le encantaban. Estos últimos se me iban un poco de presupuesto, pero bueno, era la primera vez que les regalaba por reyes y quería quedar bien.

Llegó el día de Reyes y por la tarde nos dirigimos a casa de mi suegro y su mujer para merendar e intercambiar los presentes. La casa olía a tarta y chocolate caliente, mi suegrastra cocinaba de maravilla y la repostería le salía genial. Había hecho roscón de reyes casero y me comí un buen trozo mojado en chocolate. Me fijé en que intercambiaron una mirada entre ellos que no entendí y ella se sonrió. Decidí no darle importancia y pasé a darles sus regalos. A ambos les encantó, pero la cara de ella fue la mejor, de sorpresa y alegría, diciendo que llevaba antojada de esos guantes muchísimo tiempo y que me había pasado. Entonces se levantó corriendo y volvió con mi regalo.

Abrí el paquete y me quedé muda. No supe cómo reaccionar. Era un pack de batidos para adelgazar. Ella, emocionadísima, empezó a explicarme, con esa energía imparable de la que siempre hace gala, que su mejor amiga los había usado y estaba estupenda, que los había comprado en la farmacia y que eran caros, pero que merecía la pena porque eran garantía de calidad. Los mejores del mercado.

Se me encendieron las mejillas. Me moría de vergüenza. La miré en intenté sonreír y mostrarme agradecida mientras que solamente deseaba que me tragarse la tierra. Para colmo, mi suegro añadió entre risas: “Hasta yo me estoy planteando usarlos, quiero tener tipín para el verano”. La broma me hizo sentir aún peor y además, enorme. Había cogido peso en el último año y no lo llevaba muy bien emocionalmente. Aquella situación me estaba sobrepasando. Sentí cómo los ojos se me humedecían sin que pudiera evitarlo. Me mordí la lengua y conseguí remitir las lágrimas. Mi novio, consciente de mi incomodidad, intentó rescatarme. Dijo que teníamos que irnos en breve para ir a casa de mi madre. Les dio rápidamente sus regalos y nos fuimos.

Apenas habíamos cerrado la puerta del coche cuando me derrumbé. Las lágrimas empezaron a brotar sin control y le confesé que me estaba muriendo de la vergüenza. Le pedí perdón por el numerito que estaba montando y me dijo que ni se me ocurriera disculparme, que ese regalo había estado completamente fuera de lugar.

Al día siguiente, mi novio los llamó por teléfono y les echó la bronca. Lo más sorprendente era que ellos no eran ni remotamente conscientes de que lo que habían hecho estaba fuera de lugar. Su intención no había sido ofenderme; de hecho, estaban convencidos de que me estaba haciendo un regalo bueno y útil. Pero para mí, aquel gesto había sido un golpe directo a mi autoestima, me sentí expuesta y humillada. Incluso me sentí culpable por hacerlos sentir mal a ellos por algo que no habían hecho con mala intención, lo cual me hacía sentir más avergonzada aún.

Unos días después, la suegrastra me llamó por teléfono. Quería disculparse. Me explicó que no quería ofenderme ni hacerme sentir mal, que llevaba toda la vida usando productos de ese tipo, y que tal vez no había sabido ver que se estaba extralimitando por lo habituales que eran para ella, que se sintió fatal cuando mi pareja se lo hizo ver. Me pareció sincera y muy preocupada por aclararlo todo, y eso me hizo sentir mejor.

Reconozco que me costó volver a sentirme cómoda cuando volví a ir a su casa las primeras veces después de aquel fatídico día de Reyes, pero las aguas se fueron calmando. Poder entender que en su regalo no hubo maldad ni veneno, ni una indirecta maliciosa, me hizo reconciliarme conmigo misma y con ellos. Jamás volvieron a hacer mención alguna sobre mí físico y desde entonces, los días de Reyes entre nosotros son tan maravillosos como lo han sido toda mi vida. Cada año, por si acaso, le preguntan a mi chico qué regalarme antes de volver a meter la pata.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.