Conocer gente si te mudas a otro país no siempre es fácil, pero es algo que ni me planteé, porque siempre he disfrutado de la soledad y porque me mudé a Portugal, país vecino, donde pensé que no habría apenas diferencia cultural.
Más testimonios en whatsapp, pincha y vente
Me equivoqué. Mientras que en España en un día de cañas después del trabajo ya tienes varios amigos, aquí sentí que para dar ese paso se necesita más confianza que un par de copas y tiempo, mucho tiempo.
Así que, intentando no estar siempre más sola que la una, me apunté a algunas actividades para gente nueva en la ciudad: noche de juegos, club de escritura, cenas de expats… y fui conociendo a personas que, a su vez, me presentaron a otras personas. De esa forma, en cadena, llegué a Tiago. Brasileño, cuarenta y pico años, divorciado, con un hijo, fotógrafo de desnudos y amante del amor, entre otras cosas, que rápidamente me propuso entrar en un grupo de WhatsApp desenfadado para conocer a gente sin presión.
Me sonó divertido a la vez que extraño pero, fiel a mi vena sagitariana de búsqueda de riesgo y acción, me dije: «esto tengo que verlo yo desde dentro». Por eso, cuando saltó la notificación —Tiago te ha añadido a “descomprometidos buena onda”—, ya casi nada me sorprendió.
Allí, obviamente, la gente no estaba para hacer amigos. Lo que se cocía, medio en broma medio en serio, eran quedadas en la casa de alguien para orgías temáticas por cuartos, en las que la gente se rifaba: «yo en la cocina, yo en el salón, yo en el baño». También organizaban cenas de grupo en las que cada uno se ponía una etiqueta con su nombre y, modo First Dates, contaban obra, vida y milagros para que el postre fuera en la cama.
Pero el más apoteósico de todos los planes, y el único al que fui, fue la Nochevieja. Para animarme me dijeron que habría más gente, no solo los del grupo de ligoteo, y que esa noche sería diferente porque era para celebrar, sin más. Lo malo era que la casa frente a la playa a la que íbamos estaba muy lejos y el plan implicaba quedarse a dormir allí. Yo, que soy una abuela y que disfruto más del fin de año en pijama que cualquier otra cosa, no sé cómo pude pensar que podría ser una buena idea.
La fiesta empezó con un picoteo tranquilo al que poco a poco se fue uniendo más y más gente, sobre todo del grupo de descomprometidos. Ahí ya saltaron mis alarmas. Pero la bacanal comenzó a medianoche como si, tras comer las doce uvas, se convirtieran en auténticos depredadores. De repente, los bailes sueltos se cambiaron por vals y tangos para restregarse un feliz año nuevo de petting y empezaron a repartir papelitos con pruebas atrevidas.
De fondo, Tiago, en un sillón, se daba el lote con una chica que a la media hora era otra, mientras que sus hijos correteaban en medio de todo como si nada. Dos, encerrados en el baño sin cerrar el pestillo por la emoción de ser pillados, gemían abiertamente para sorpresa de nadie. Algunos abrían puertas esperando encontrar habitaciones disponibles, para nuevas parejas o para sumarse a las que ya había y yo, en medio de la pista, intentaba pasar desapercibida.
De repente alguien me toca la espalda y, sin más interacción, me elige para el juego de las pruebas, con el reto de empezar con un beso en el cuello y continuar atrevidamente. Hasta ahí llegué. El chico no me gustaba, me sentía fuera de lugar, estaba incómoda. No podía pasar la noche allí.
Empecé a buscar Uber de vuelta pero el precio superaba al de un billete de avión a cualquier destino europeo. Empecé a agobiarme. Pregunté si alguien volvería antes.
De los pocos que se marchaban, lo hacían con coches completos y, de los que tenían alguna plaza libre, no me fiaba para llegar a casa sana y salva. Pero, en lo más profundo de la desesperación, Tiago me dio la sorpresa. Se iba. Con sus amantes. Una delante. Otra detrás y, para dejar claro que yo no sería una de ellas, me senté al lado del hijo, junto a la ventana.
Los 40 minutos de trayecto se me hicieron eternos. Me hice la dormida para no participar en su conversación de quién dormiría con quién. Agradecí que me dejasen en casa después de negarme a pasar la noche en la suya y, sintiéndome a salvo al salir del coche, cerré la puerta firme como despedida definitiva. Ya en la camita sentencié mi huida abandonando el maldito grupo de WhatsApp. Qué liberación.
Esta aventura sirvió para que cada fin de año me aferre a pasarlo en casita, con mi pijama, como una relación exclusiva y maravillosa. Cada 1 de enero (ya han pasado dos desde que me marché de la secta poliamorosa), Tiago, aunque ya casi nunca hablamos, me felicita el año como un ritual. Siempre dice que “descomprometidos buena onda” me echa de menos.
Yo, que feliz año, pero que no volvería jamás.
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