Pues yo siempre he sido una disfrutona del sexo. Sin ser una obsesa ni nada parecido, siempre he sido muy activa y me ha gustado probar cosas nuevas. Jugar. Usar juguetes, hacer juegos de roles. Presumo de tener una mente abierta y curiosa.
En toda mi vida he tenido tres parejas sexuales, pero con mi marido es con quien más años he estado, más encuentros he tenido y más experiencias hemos vivido. Hemos llegado a un nivel de confianza y compenetración que me encanta y me ha dado mucha seguridad.
Siempre, o casi siempre, hemos estado dispuestos el uno para el otro cuando nos hemos buscado para darle una alegría al cuerpo. Una o varias, vamos.
Pero en los últimos tiempos, coincidiendo (oh, qué casualidad) con la menopausia, esto está cambiando. Casi nunca me apetece. Me da una pereza mortal. No encuentro el momento en el que me vaya bien quitarme la ropa. No, no es cuestión de complejo porque haya ganado unos kilitos de más, y porque estos kilitos se han ido casi todos a mi barriga. Mi cuerpo, a lo largo de los años, ha variado de peso a menudo, pero eso no ha influenciado en mis ganas de practicar sexo.
Veo a mi marido y no me provoca nada. Y no es que sea sólo él. Es que veo a cualquier tío bueno y tampoco me dice nada. Ni que me plantases a Pedro Pascal delante, le haría nada. Bueno sí, le pediría que me invitase a un café. Y si no tuviese conversación amena, le pediría lo más amablemente posible, que se fuese para su casita.
Durante un tiempo he intentado hacer terapia de choque, con cosas que antes resultaban infalibles para mí. Con cualquiera de estas cosas me ponía como loba aullando a la luna. Lectura erótica. Yo siempre he sido más de imaginar que de ver, y si te plantan delante un libro bien escrito en el que hay alguna que otra escena subida de tono, que esté bien relatada, mi lívido se disparaba. Antaño tenía que parar para buscar a mi marido o, si no lo tenía a mano, pues me “buscaba” a mí misma. Pero al ver que ahora estas escenas no me provocan ni frío ni calor y lo único que me interesa es cómo acaba la historia y si atrapan al malo, pues decidí cambiar de estrategia.
Volví a ver mis películas mantra. Por nombrar un par de ellas: Tras el corazón verde. Esa química entre los protagonistas me ha activado siempre mi “química”. Hechizo de luna. La manera tan brutal en la que Nicolas Cage necesita poseer a Cher me hacía la boca agua.
Como la cosa no funcionaba, me pasé al porno, pero lo único en lo que podía pensar era que, si yo intentase imitar a los actores, tendría unas agujetas de muerte después de tanta actividad. Eso si no me daba un tirón en medio del asunto.
Mi marido echa de menos a su compañera de “juegos” pero me dice que entiende y respeta mi cambio. Pero es que yo no me conozco, no sé en quién me estoy convirtiendo, no sé dónde voy a ir a parar con estos cambios que no controlo y no sé si me va a gustar en lo que me acabe convirtiendo finalmente.
Ahora veo mis juguetes sexuales y lo único que hago con ellos es ordenarlos. Ni se me pasa por la cabeza el ponerme usarlos. Porque, ya ves tú, para qué vamos a desordenarlos, con lo bien guardaditos que los tengo en sus cajitas.
Así que me vais a permitir que haga de abuela cebolleta y os dé un consejo, como si fuese vuestra tía. Aprovechad. Por favor. En serio. Aprovechad.
No desperdiciéis ninguna oportunidad de practicar sexo. Aunque estéis un poco perezosas. Os motiváis un poquito y para adelante. Porque luego lo disfrutáis, y lo sabéis. No dejéis pasar ni una porque eso es lo que os va a quedar. Porque luego todo se pierde y esto es lo único que vais a poder atesorar. Las vivencias. Las experiencias. Los recuerdos. Hacedlo, con quien sea, con quien se os pase por delante que os encienda. Porque vuestro cuerpo es un templo y merece ser adorado, por vosotras y por vuestras parejas. Así que veneradlo y haced uso de él, por el amor de Dios.
Eso sí. Sea con quien sea, que sea limpio, por favor. Que nos merecemos un respeto y ninguna infección.
Gracias.

