Mi hijo nunca ha sido fácil. Nunca. Nació con carácter. Lloraba a todas horas sin motivo aparente. Desde el día uno, dormir para nosotros era misión imposible. Se despertaba cada tres horas a por su biberón, con la precisión de un reloj suizo. Casi todas las noches, a las 4 de la mañana decidía que era buena hora para jugar y estar de fiesta.
Hemos pasado por todo lo malo que se puede pasar: cólicos del lactante, reflujo, estreñimiento y diarreas, regresiones de sueño, crisis de crecimiento, ansiedad por separación… y ya si me pongo a enumeraros los virus que ha tenido, no acabo.
Mi hijo nunca fue de esos bebés fáciles y ahora que va a cumplir dos años, yo tengo mucho miedo: si de recién nacido ya era intenso, ¿cuándo llegue a los famosos terribles dos será directamente Satanás reencarnado?

Lo peor de todo es que es el segundo, tengo otro hijo mayor, y yo me pensaba que como ya era mamá, estaba todo controlado. Pues no. Lo que me funcionaba con uno, con el otro no.
¿Habéis escuchado aquello del bebé “trampa”? Que si el primero es muy bueno es para que te confíes, tengas ganas de otro hijo porque no ha sido tan horrible la maternidad como te la pintaba. Y entonces… ¡pum! El universo te da en toda la cara y te suelta un bebé que parece que fue gestado en el mismísimo infierno.
Pues todo eso es verdad. Si el primero es un amor, no vayáis a por el segundo. Es un truco.
“Otros vendrán, que bueno te harán” decía siempre mi madre. ¡Y qué razón tenía! Yo me quejaba mucho de mi primer hijo. Dormía poco y estaba agotada. Pero es que con este el cansancio ha subido a la siguiente categoría. Ya no estoy cansada, estoy exhausta. Y lo de dormir es un privilegio que yo ya he perdido.
Ahora me doy cuenta de que mi primer hijo era un bendito: dormía del tirón desde que tenía un mes, siempre comió muy bien y de los dos a los tres años, tuvo sus rabietas, no os voy a decir que no, pero muy pocas y bastante controlables.
Sin embargo, mi segundo hijo ya con dieciocho meses me montaba la Tercera Guerra Mundial si le ponía algo de comer que no le gustara. Ahora, que está a punto de cumplir los dos años, tengo miedo. Bueno, más que miedo, terror. Porque no sé lo que va ser capaz de hacer.

Las comparaciones son odiosas, lo sé, pero es que mi hijo mayor siempre se ha portado bien, hasta se quedaba en la escuela infantil super contento. Jamás lloró ni me montó un drama porque lo dejaba allí. Al pequeño le falta hablar e insultarme. Cuando llegamos a la puerta del cole, se da la vuelta, huye. A mí me toca cogerlo en brazos y meterlo a la fuerza. Y en clase, llora, grita y patalea. Eso sí, una vez me doy la vuelta, dice la profe que se pone a jugar con los compañeros, tan feliz. Pero yo ya me voy con el cuerpo descompuesto a trabajar…
Si algo me ha enseñado la maternidad es que los niños son totalmente imprevisibles. Tener hijos es como un videojuego: cada fase te parece lo más duro, hasta que desbloqueas la siguiente. Pensaba que nada podía ser peor que un recién nacido que no duerme, pero ahora sé que un niño que corre, grita, tira cosas y se tira al suelo en modo croqueta en plena calle es mucho peor.
Y entonces me asalta la gran pregunta:
¿Qué me espera cuando cumpla dos años? Porque si mi hijo ya es un experto en rabietas, ¿qué hará dentro de unas semanas cuando tenga veinticuatro meses? ¿Le dará vueltas la cabeza en plan la niña de El exorcista?

A veces me pregunto si soy la única que siente que la maternidad es como una prueba de resistencia física y mental. Como un reality de esos de supervivencia, pero en lugar de estar en una isla desierta, están en el Mercadona, con tu hijo llorando histérico porque has dejado una sandía en el carro, que pesa un montón, pero quería echarla él.
Y no hablemos de los parques. Ese campo de batalla que yo tanto detesto (no me gusta nada ir al parque con mis hijos) donde, a veces, las madres nos miramos con complicidad mientras nuestros hijos se pegan por un columpio.
El mío es especialista en apropiarse de todos los juguetes ajenos. No le importa que no sean suyos: los coge, los defiende con uñas y dientes y si hace falta, se tira al suelo gritando “mío” con una potencia de voz que ya la quisiera un tenor. Al final me toca arrancárselos de las manos para devolvérselos al otro niño, mientras el mío entra en cólera.
Y da igual que me vaya cargada de juguetes de casa, con la mochila a cuestas cual sherpa. Él no quiere su cubo y su pala, o su camión de plástico, quiere las cosas de los otros niños.
Sólo os pido una cosa, la próxima vez que veáis a un niño o niña de unos dos años tirado en el suelo de cualquier sitio público, llorando como si estuviera poseído, id a la madre y darle un abrazo. Os aseguro que esa mujer necesita mucho cariño y reconocimiento en ese momento.
Y lo peor está por llegar, ya verás cuando lleguemos a la adolescencia…