Si nos preguntaran qué significa la palabra “hogar”, estoy segura de que cada una de nosotras daría su propia maravillosa definición. Muchas hablaríamos del lugar en el que vivimos, del lugar en el que nos hemos criado o incluso del lugar donde acudimos cuando nos dan más miedo los terremotos de nuestra cabeza que el choque inminente de dos placas tectónicas debajo de nuestros pies. Un lugar, en definitiva, hacia el cual sentimos un lazo emocional tan rojo como nuestros labios cuando tenemos ganas de comernos el mundo.

Durante toda mi vida, la definición de “hogar” para mí ha estado en constante movimiento. En mi corazón guardo el pueblo en el que me crié, un país de habla inglesa que me ha acogido en distintas etapas de mi vida, la ciudad universitaria que me ayudó a crecer y me vio bailar más que ninguna otra, el pueblo al lado de la playa donde vivo ahora. También están ahí guardados el piso donde viví con una de mis mejores amigas y que me vió enamorarme por primera vez, la residencia que me enseñó a respetar cada cultura como la mía propia, las cuatro paredes de la habitación donde también me rompieron el corazón y el balcón desde que escucho hoy las olas del mar. Las calles hermosas que he visto, las rutas en medio de la naturaleza, los lagos llenos de vida, el mar que siempre cura y, como no, todos esos lugares que aún me quedan por experimentar, esperándome en algún lugar de mi futuro, tan impreciso como siempre. Porque lo cierto es que un “hogar” puede ser todo aquello que respetes, que aprendas a amar y en el que sientas ese maravilloso abrazo cálido que proporciona la seguridad. 

 

 

Sin embargo, ¿cuántas veces hemos sentido esa seguridad, esa calidez, ese amor desproporcionado hacia el único hogar que siempre nos acompaña, aquel del que nunca nos alejamos y nos protege de todas y cada una de las tormentas que hemos vivido? Nuestro cuerpo es nuestro gran hogar, y nuestra respiración, una de las formas más bellas que tenemos de conectarnos a él, así que me he hecho la gran promesa de honrarlo todos los días que me queden de vida y cuidarlo como cuido todos aquellos hogares que me han acogido en esta vida.

Quiero reírme alto y nunca avergonzarme de las líneas que se marquen en mi rostro a causa de ello. Quiero bailar y sentir el dulce cosquilleo del aire acariciándome en cada uno de mis giros. Quiero cantar a pleno pulmón y sentir cómo me sana cada vibración de la garganta. Quiero abrazar siempre bien fuerte y agradecer que tengo unas manos con las que poder acariciar, unos hombros con los que poder sostener a los míos cuando me necesiten, unos ojos preciosos que brillan cada vez que contemplo la belleza de todas las cosas que son más grandes y mágicas de lo que algún día seré capaz de entender. Y ¿sabéis qué?, también quiero llorar y experimentar cómo mis lágrimas cálidas humedecen mis mejillas y me liberan de todo aquello que me hace daño.

Quiero contar mi verdad y que el sonido llene mis oídos, susurrar palabras de amor y cariño, cantar palabras de esperanza y gritar para transmitir la fuerza que he heredado de mis antepasados. Quiero correr hasta que mis pies me pidan un descanso y pasear después por la orilla mientras escucho el sonido del mar. Quiero quedarme profundamente dormida y sentir los rayos del sol al despertar, sabiendo que tengo todo un maravilloso día por delante. Quiero sentir los latidos de mi corazón cada vez que hago algo que me apasiona. 

Pero, sobre todo, quiero amar cada una de sus partes con toda la intensidad con la que siempre he amado a otros. Lo amaré incluso cuando me falle, cuando me duelan tanto los músculos que no pueda hacer lo que pretendía ese día, cuando caiga enfermo. Lo amaré incluso cuando mi ropa antigua no me venga o cuando escuche algún comentario dañino sobre él, por lo que dejaré de buscar todos sus fallos y de desear que cambie para por fin considerarme bella. Nunca más me compararé con unos estándares dudosos, con perspectivas cargadas de odio y con reglas de una sociedad en proceso de reconstrucción.

Voy a amar mi cuerpo y darme cuenta cada día que es el hogar que habito. En él, aprenderé, viajaré, amaré, probaré nuevos sabores, conoceré a nuevos amigos, cuidaré a mis padres cuando me necesiten y bailaré hasta que vuelva a salir el sol. Y, así, incluso cuando el mundo pese, siempre tendré un hogar al que volver.

 

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