Nunca llegué a comprender muy bien cuál fue el motivo de nuestra ruptura. Realmente, nunca hubo una gran discusión, una infidelidad descubierta o algún problema definitivo. Simplemente nuestro matrimonio se fue desmoronando lentamente, como una casa que se cae a trozos con el paso del tiempo. Quizás por eso una parte de mi siempre pensó que no era una situación del todo irreversible. De algún modo, sentía como si hubiera entre nosotros una puerta entreabierta que podríamos o no utilizar en el futuro. 

Nos conocimos en la veintena. Fue un amor arrollador, de esos que te hacen sentir protagonista de una película romántica, como si nunca jamás pudiera volver a enamorarme así de nadie más, con tantísima fuerza. Los primeros años fueron fantásticos. No sé decir cuándo empezó todo a venirse abajo. Simplemente el día a día empezó a perder brillo en algún momento y la rutina fue abriéndose paso entre nosotros. Nos afectó no conseguir quedarnos embarazados, es cierto, pero tampoco fue ese el motivo. Simplemente la ilusión se fue perdiendo y cuando nos dimos cuenta pasábamos más tiempo discutiendo que estando bien. Y llegó un momento en que él se dio por vencido y yo no hice nada por evitarlo.

Nos separamos amistosamente, pero la despedida fue silenciosa y triste. Yo me mudé a otro apartamento y dejé que él se quedase con el que tenía conmigo. Una parte de mí no tenía claro que hubiéramos hecho lo correcto y él me dijo que tampoco lo sabía con certeza, pero que no veía otra solución. La decisión ya estaba tomada, habíamos elegido coger caminos diferentes y me tocaba rehacer mi vida. 

anillos

Cuando el divorcio quedó sellado, decidí experimentar con el hecho de estar soltera por primera vez en muchos años. Al fin y al cabo, a parte de mi ex marido, solo había estado con un hombre más. Quizás era hora de divertirse y abrirme un poco a experiencias nuevas. Y lo intenté, de verdad. Pero siempre acababa cayendo en comparar a todos los hombres que conocía con mi ex marido. Seguía sintiendo cosas por él y no conseguía superarlo.

Por otra parte, él seguía presente en mi vida diaria y eso no ayudaba, precisamente. Nuestra relación estaba en un punto extraño, ahora éramos amigos que hablaban a diario y tonteaban, pero en cuanto yo pasaba un poco la línea que él había establecido entre nosotros, me frenaba de golpe y me rechazaba. No quería volver a intentarlo conmigo, pero tampoco se retiraba y me dejaba el espacio necesario para superarle.

Sin embargo, un día conocí a alguien que lo cambió todo. Pensé que me ocurriría como con todos los demás, que acabaría comparándolo con mi ex marido y perdiendo el interés, pero eso no pasó. De repente sentía ilusión de nuevo, hormigueo en el estómago y ganas de entregarme entera cada vez que me besaba. Había algo en él que me había atraído como nadie lo había conseguido desde mi divorcio. Y por suerte, era mutuo.

love

Comenzamos a salir juntos y por primera vez sentí que mi conexión, el lazo que me unía con mi matrimonio anterior, se aflojaba. Lo estaba superando, por fin estaba lista para dar paso a una nueva etapa de mi vida. Era hora de cerrar esa rendija de la puerta que mi ex y yo habíamos dejado abierta tras el divorcio.

Comencé a distanciarme y él se dio cuenta. Me preguntaba si me ocurría algo, pero yo le contestaba con toda sinceridad que estaba genial, que no pasaba nada malo. Pensaba que al tomar distancia él también iría aflojando el contacto, pero se ve que tuvo un efecto completamente opuesto. Cuanto menos quería hablarle, más me hablaba él. Cuanto más tardaba en responder a sus mensajes, más ansioso se ponía. Pero me daba igual. Volvía a ser feliz y no estaba dispuesta a que enturbiase mi alegría. Al final decidí contarle que había conocido a alguien. Le pedí que respetase la distancia que yo quería poner entre los dos y le dije que ojalá él también rehiciese su vida pronto. No me contestó y di por sentado que lo había entendido y que todo acababa ahí. Ay, qué equivocada estaba.

A la mañana siguiente apareció en la puerta de mi casa con el ramo de flores más grande que había visto nunca. Me dijo que se había equivocado, que jamás debió dejarme escapar y me pidió que lo volviésemos a intentar. Aluciné en colores. Y me enfadé muchísimo. No podía creer que me estuviera poniendo en esa situación. Le pedí que se marchase y respetase lo que le había dicho la noche anterior. Insistió un par de veces en que le dejase pasar, pero fui inflexible.

flores

Su reacción fue la confirmación que necesitaba para darme cuenta de que el divorcio fue lo correcto y que era hora de pasar página por completo. Su actitud fue la de un niño que, al ver que cogen un juguete suyo que ya no usa, monta una pataleta porque ahora quiere jugar con él otra vez. Él no quería verme con otra persona, pero tampoco volver conmigo. ¿Pretendía mantenerme en ese limbo el resto de mi vida?¿O solo hasta que él encontrase otra pareja? Fuera como fuese, su actitud era egoísta hasta la médula.

Le saqué de mi vida, no había otra solución. He de decir que respetó mi decisión, aunque fuera a regañadientes, y no me volvió a hablar ni a enviar mensajes.

De eso hace dos años. He sabido que ha formalizado su relación con otra persona y me alegro mucho por él. Yo, por mi parte, vuelvo a estar soltera. Aquella relación de después del divorcio duró un año y vino a mí en el momento ideal para sanarme, para darme cuenta de que sigo siendo deseable y de que puedo volver a desear a otros hombres, de que soy una mujer independiente, fuerte y de que no dependo de tener pareja para sentirme completa.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio anónimo.