Llevábamos juntos toda la vida. Nos habíamos conocido en el instituto y, en el viaje de fin de curso de segundo de bachillerato, nos liamos. Ese verano fue maravilloso: después de la antigua Selectividad teníamos dos meses y medio por delante para disfrutar antes de empezar cada uno en su respectiva carrera.

Sorprendentemente, algo que empezó como si nada se consolidó en los años de universidad. Y, pese a que estudiábamos cosas distintas —él Derecho y yo Magisterio—, estábamos mucho tiempo juntos. Nuestras facultades estaban relativamente cerca y conocíamos a nuestros nuevos amigos. Salíamos solos con ellos, pero también nos uníamos a los nuevos grupos de uno u otro.

Acabamos las carreras en los años correspondientes, fuimos de viaje de fin de curso cada uno con sus grupos, disfrutamos juntos de las graduaciones y caminamos de la mano por los primeros trabajos. Javier, por poner un nombre, salió de la carrera y empezó a trabajar de becario en una empresa importante. Cobraba poco, trabajaba mucho, pero disfrutaba tremendamente de lo que hacía. Yo empecé un máster y, a la vez, empecé a prepararme la oposición de magisterio.

Un par de años después, él pasó a consolidar su trabajo y yo a ser interina, pululando de un colegio a otro. Empezaron nuestros planes de futuro, pero, como yo todavía no tenía una plaza definitiva, decidimos esperar un tiempo para casarnos y formar una familia.

Si os soy sincera, mis años de oposición fueron horribles. Siempre estudiaba como una loca, siempre aprobaba, pero nunca tenía plaza. Era súper frustrante porque no podía hacer planes con nadie (siempre estaba encerrada en mi cubículo), ni tampoco planes vitales con mi pareja porque me limitaba la idea de tener que seguir estudiando año tras año. Me agrió el carácter y pasé a un modo súper negativo y derrotista. Mea culpa. Pero todo aquel que se haya enfrentado a una oposición que se ha dilatado en el tiempo sabe lo difícil que es convivir con el fracaso a diario y la necesidad de buscar una ilusión para sacar fuerzas.

Sin embargo, mi novio ya tenía su puesto, había ido ascendiendo y su sueldo era muy bueno. Así que, mientras yo seguía estudiando, él empezó a salir más con sus amigos, a viajar y a hacer todo lo que habíamos planeado juntos, pero solo. Lo entiendo. Es muy duro vivir atado a alguien que no puede hacer nada y, además, tampoco goza de una buena salud mental. Pero ese análisis lo hago pasados los años. En ese momento me parecía súper egoísta y me hacía enfadarme ya no solo con el mundo por su injusticia, sino con él. Me convertí en una víctima (o eso creía) y eso ya fue la debacle final.

Discutíamos a diario: porque él había llegado tarde y le tocaba hacer la cena para que yo pudiera apurar el estudio, porque el fin de semana se iba a una casa rural y era el cumpleaños de mi hermana, porque no había bajado la basura… Por todo. Y, en una de esas discusiones, me dijo que ya no podía más, que estaba cansado de esperar a que me cambiara el humor y que no podía con tanto reproche ni tanta mala cara. Quería estar solo y ese mismo fin de semana recogería todo y se iría. Y yo, en pleno arrebato de ira, le dije que había tardado mucho en tomar la decisión, que ya no éramos una pareja y que los dos habíamos perdido demasiados años juntos. Se me calentó tanto la boca que, en lugar de intentar salvar los restos del naufragio, hundí el barco entero.

Y se fue. Y lloré. Lloré mucho durante un mes. Dejé de comer, de estudiar y me convertí en un zombi. Mi madre, muy preocupada por mí, me sugirió ir a terapia y, la verdad, fue la mejor decisión que pude tomar.

Sin embargo, a los tres meses de haberme dejado, me enteré por un amigo en común que mi ex tenía pareja. Yo, en mi arrebato de furia, le borré hasta del buzón, por lo que no podía ver sus redes. Pero mi hermana sí. Y me dijo, con mucho tacto, que parecía que iba a casarse. ¡Pero si quería estar solo!

Me dolió mucho porque pensaba que era algo que teníamos que haber vivido nosotros. Pero la terapia me ayudó a superarlo, pese a que creo que es evidente que ya estaba con ella antes de dejarme. Me habría gustado que fuera más sincero, pero ahora me alegro de que no funcionara. Y me alegro por varios motivos: el primero es que logré sacarme la plaza, pero no donde yo esperaba: lo hice en Canarias. Y sí, si hubiera estado con él jamás me habría presentado en otra comunidad. Ahora vivo en Gran Canaria, lejos de todo, pero en un nuevo entorno, con un clima que adoro, una gente maravillosa y vuelos súper baratos.

El segundo motivo es que he logrado quererme más allá de las parejas. Estoy disfrutando de mí, de mi soltería y de mi libertad. Y el tercero es que me estoy replanteando si la maternidad está hecha para mí.

Y es así como me dejó y, a los tres meses, me enteré de que se casaba mi novio de la adolescencia, ese con el que había compartido diez años de mi vida.

Relato escrito por una colaboradora basado en una historia real

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