Recuerdo aquella etapa de mi vida como una de las más duras de toda mi existencia. Nadie te preparar para el día en que empiezas a darte cuenta de que tus padres están haciéndose mayores. De repente no pueden hacer todo lo que hacían antes y empiezan a necesitarte más. Hasta ahora, ha sido la experiencia más dura que he vivido.
Mi padre fue diagnosticado con una enfermedad degenerativa que avanzaba de forma galopante. A la vez, mi madre llevaba tiempo arrastrando problemas de movilidad por su artritis. Cómo hija única, pasaba más tiempo en su casa que en la mía echando una mano. Había contratado un par de cuidadoras para que me ayudasen un poco, pero al final yo pasaba allí más tiempo que nadie. Y ojo, no me importaba. Era durísimo verlos así, me dolía en el alma, pero si ellos me necesitaban allí era donde yo quería estar.
Sin embargo, a nivel de pareja, mi chico no lo llevaba tan bien. Al principio no hubo problema. Me decía que lo entendía y que estaba orgullosa de mi por ser como era. Pero a medida que pasaba el tiempo, comenzó a llevarlo peor. Me repetía que me echaba mucho de menos y comenzó a reprocharme que no me liberase los fines de semana del cuidado de mis padres. Era realmente frustrante intentarle hacer entender que no podía pasar dos días y medio sin aparecer a ver cómo estaban, por mucho que tuvieran una cuidadora a su cargo, que me sentiría horrible haciendo eso y que no podría concentrarme ni disfrutar de nada. Al final él dejaba de insistir, pero a mí me quedaba ese poso de tristeza dentro de no sentirme comprendida.

Sin embargo, pese a que sabía que él no terminaba de comprenderme, nunca se me habría pasado por la cabeza que, mientras yo me pasaba los días de médico en médico con mis padres, controlando horarios de medicación, cocinando y dándoles de comer, él estaba dedicando sus atenciones a otra persona.
Me enteré por accidente. Tenía que pasar la tarde en casa de mis padres y me llevé la tablet de mi chico para leer un poco y distraerme. Se ve que el dispositivo se conectó al wifi cuando entré en la vivienda, porque sonaron varias notificaciones. No lo miré en el momento, sino más tarde. Cuando mis padres se pusieron a echar la siesta decidí relajarme un poco y saqué la tablet del bolso. Y entre las notificaciones había un mail de un nombre que me sonaba, y mucho. Era el de su ex, a la cual había dejado por mi dos años atrás. No había duda, era su nombre y su apellido. Me pudo la curiosidad y, ¿Conocéis ese refrán que dice que «la curiosidad mató al gato»? Pues a mí me dejó tiesa.
Abrí el mail. El texto era breve: «Te mando un avance de lo que te espera mañana. Escríbeme cuando se vaya tu fulana y me paso por allí». Había una foto adjunta de un conjunto de lencería y otra de unas tetas, que supongo serían las suyas. El corazón se me rompió en mil pedazos. Ahora que lo había visto, no podía ignorarlo. Hice pantallazos de todo lo que encontré. Había decenas de mails. Al parecer, se escribían por ahí por si yo le miraba el WhatsApp, ya que a su ordenador yo no tenía acceso, no lo necesitaba teniendo el mío. Pero la tablet, esa vieja tablet que apenas usábamos ninguno de los dos, fue el punto débil en su plan.
Destrozada, aguanté el tipo frente a mis padres. Lo último que necesitaban era verme mal, demasiado tenían ya encima. Cuando llegó la cuidadora nocturna, me fui a tomar una cerveza a un bar antes de ir a casa. Sabía que él estaría allí y tenía que pensar en cómo iba a actuar. Llamé a mi mejor amigo y le pedí que viniese al bar. Y, entre los dos, fraguamos el plan.

Me fui a casa dispuesta a actuar como si nada. Era importante que él no se diese cuenta. Me preguntó por qué había llegado tres horas más tarde de lo previsto y me inventé que la cuidadora no había podido llegar antes por un pinchazo del coche. Le rodeé el cuello con los brazos y le besé. Intentó llevarme a la cama, pero le dije que estaba muy cansada, que mejor al día siguiente. Tenía que fingir normalidad, pero me habría sido imposible actuar hasta ese punto. El asco que sentía hacia él era inmenso.
Al día siguiente, como siempre, me preguntó a qué hora me iría a casa de mis padres y cuánto iba a estar allí. Fue la primera vez que entendí el por qué de esa precisión horaria que siempre me pedía. Según él, era para saber cuánto iba a tardar en tenerme para él solo, pero ahora yo sabía la asquerosa verdad detrás de sus preguntas.
Me fui a la hora que le había dicho, pero en lugar de ir yo a casa de mis padres, quien estaba allí con ellos era mi mejor amigo. Esperé en la terraza del bar de en frente a verla llegar. Media hora después, allí estaba ella, llamando al telefonillo.
Les di unos veinte minutos. Necesitaba pillarles con las manos en la masa. Me bebí un par de chupitos de tequila para infundirme valor y me dispuse a subir a mi casa. No me molesté en no hacer ruido ni en abrir lentamente. Total, el piso no era tan grande y yo quería hacerle pasar la vergüenza de verme la cara al pillarle siendo un cerdo. Así que entré como un huracán. El tequila y la ira llevaban los mandos. Entré con el móvil preparado para grabar. Ella no se iba a ir de rositas, por supuesto. Su pareja, con quién había quedado al día siguiente, iba a poder ver las pruebas que me había pedido.
Él estaba tan metido en faena que hasta que ella no gritó al verme frente a ellos ni se dio cuenta de mi presencia. «Saludad a la cámara, hijos de puta. Y tú, saluda a tu marido, que va a enterarse también de qué clase de personas sois», dije con toda la calma de la que fui capaz. Ya tenía las pruebas, así que guardé el móvil y salí de la habitación con intención de marcharme de allí. Mi hasta entonces novio se levantó y corrió tras de mi al grito de «Lucía, lo siento, me sentía muy solo, ¡tú no estabas nunca!». Al oír eso perdí la serenidad que me quedaba. Me giré y le dije, con más odio del que jamás había sentido, que era un despojo humano capaz de cualquier bajeza, y que le quería fuera de mi piso en dos horas o llamaría a la policía. No pensaba hacerlo realmente, pero el farol parece que funcionó, porque cuando volví se había ido llevándose casi todo lo suyo. Me dejó una nota pidiendo perdón, el muy sinvergüenza, y le mandé una foto al WhatsApp quemándola.

Fue algo durísimo de vivir y, aún ahora, no sé cómo fui capaz de afrontar de esa forma la situación. Lo normal habría sido que me hundiese, pero supongo que por las circunstancias tan terribles que estaba viviendo en ese momento, su vil engaño me llevó al límite. Ahora sigo cuidando de mis padres y estoy soltera. Me he reconstruido a ratos, pero aún me queda camino por recorrer. Y, aunque todavía no he recuperado la fe en el amor, también sé que me di a valer y que actué frente a la situación lo mejor que supe. Al fin y al cabo, la verdad, aunque duela, siempre libera.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.