Yo creía que le quería, creía que nos queríamos.
Casi desde el principio de la relación. Quizá por eso nos casamos menos de un año después de conocernos. La verdad es que lo hicimos todo muy rápido, todo, menos divorciarnos. Justo ese fue el paso que más tiempo nos llevó tomar. Nos gustamos en segundos, nos enamoramos en días, nos casamos en meses. Y estuvo bien. Estuvimos bien… un par de años. Tal vez tres. Luego otro par medio mal. El siguiente fue el definitivo.
Mi marido fue el más valiente de los dos. Preparó la cena, puso la mesa, abrió una botella de vino y me dijo que teníamos que separarnos. Me estaba engañando.

Así fue como me lo tomé. Para el que preguntara, mi marido me engañaba.
Sin embargo, no era así. Lo que me confesó fue que llevaba un tiempo sintiendo que sus opciones estaban abiertas. No estaba liado con nadie, no se había acostado con nadie. Pero se fijaba en otras, se sentía tentado. Y, según sus palabras, eso no habría ocurrido si siguiera enamorado.
Nos separamos, luego nos divorciamos. Y yo estuve enfadada durante meses. De pronto le odiaba.
Estaba segura de que era todo una farsa, que estaba cubriéndose con mentiras para no hacerme daño ni quedar mal. Tardé muchísimo en darme cuenta de que me había hecho un favor. Yo nunca hubiera dado el paso. Me aferraría a nuestro matrimonio hasta el día de mi muerte. Porque yo soy así. Cabezota y obstinada. Y cobarde.
Menos mal que siempre hemos sido polos opuestos. Y que a él nunca le costó tomar el toro por los cuernos. Menos mal que al final di el brazo a torcer, que acepté que era cierto que habíamos tocado fondo. Volví a hablar con él como una persona normal. Le creí cuando me aseguró de nuevo que no me había engañado y que no había estado con nadie tampoco desde la ruptura.
Algo hizo clic en mi cabeza y, desde entonces, todo cambió. Recuperamos la relación, no la romántica, sino la de dos personas que habían sido y todavía eran muy importantes el uno para el otro.

Por el momento aún no sé muy bien qué somos. Sé que no vamos a volver a estar juntos, ya no sentimos por el otro ese tipo de amor. Él hace mucho que lo sabe y yo también soy consciente ya. En mi mente, y cuando hablo de él con alguien que no lo conoce, le pongo la etiqueta de amigo. Pero, si es mi amigo, desde luego que es mi amigo más especial. Es la persona que más y mejor me conoce, no hay nadie en quien confíe más.
Y creo que puedo decir que él siente lo mismo hacia mí. Hemos sido pareja, nos hemos amado, y ya no lo somos, pero ese amor no se ha ido. Primero se puso feo y después simplemente se transformó en otra cosa. Aunque llevaba tiempo mutando, estoy segura de que nos seguimos queriendo. Porque no solo nos queremos más ahora, es que nos queremos mucho mejor.
Cristina
Envíanos tu historia a [email protected]