En aquel momento, yo tenía dieciocho años recién cumplidos y llevaba un par de años difíciles. Iba mal en los estudios, había repetido curso y seguía sin estudiar, estaba enfadada la mayoría del tiempo y por tanto la convivencia en casa era difícil, las discusiones eran diarias. Mis padres, por entonces, me repetían mucho eso de «mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo diga». Yo siempre les respondía que estaba deseando irme de allí y pegaba un portazo para aislarme en mi habitación. Todo un clásico.
Había empezado a salir con un chico tres años mayor que yo. No era precisamente un partidazo, dicho claramente, era un »nini», ni trabajaba ni estudiaba. Vivía con sus padres y pasaba el tiempo o conmigo o jugando a videojuegos. Yo siempre le contaba las broncas que tenía en mi casa y lo harta que estaba de mis padres, así que cuando me propuso que me fuese a vivir con él a casa de los suyos, me pareció la oferta más increíble del mundo.

Me fui del instituto dos horas antes un viernes para aprovechar que mi casa estaría vacía, mis padres trabajando y mi hermana pequeña en el insti. Hice una maleta rápida, y me fui a casa de mi novio. Dejé una nota en la cocina en la que decía que me mudaba con él porque estaba harta de vivir vigilada, que era mayor de edad y estaba en mi derecho.
Esa misma noche mis padres me llamaron una y otra vez, pero no respondí. Puse el móvil en silencio y lo metí en el bolso. Quería que entendieran que hablaba en serio y no quería darles la oportunidad de montarme un pollo por teléfono. Pero a la mañana siguiente, al despertar, además de un montón de llamadas perdidas de ellos, tenía varios mensajes. Los abrí esperando encontrar un sermón, pero para mi sorpresa me preguntaban si sabía dónde estaba mi hermana, porque al parecer no volvió a casa a dormir tras las particulares. Se me encogieron las tripas. Ella no era como yo, era buena, responsable, estudiosa y no daba ruido en casa. Tenía catorce solamente.
Obviamente, llamé a mi madre y me cogió el teléfono llorando y con un ataque de nervios. llamé a mi madre y me cogió el teléfono llorando y con un ataque de nervios. Eran las diez de la mañana del sábado y por fin una de sus dos hijas daba señales de vida. Me sentí fatal por no haber cogido las mil llamadas de la noche anterior. La policía estaba avisada. No nos pegaba nada que se hubiera escapado, no sería propio de ella, y eso nos tenía descompuestos. Nadie sabía qué le podía haber pasado. Le dije que iba para casa y llegué lo más rápido posible. Una vez allí, el panorama era aterrador.

Recuerdo como si fuera ayer el pánico, la culpa inmediata y el miedo a que todo hubiera sido culpa mía. Pasamos las siguientes horas intentando localizarla, sin éxito: localizamos a toda la familia, hablamos con sus amigas, dimos aviso al instituto y se habló con todos los compañeros de clase. Pero nadie decía saber nada. Fueron cuarenta y ocho horas eternas. Dos días sin dormir, sin comer, sin poder pensar en nada que no fuera pedirle al universo que nos la devolviera sana y salva.
Finalmente, la encontraron en la estación de tren. Casualmente, un amigo de mi padre la vio y dio el aviso. Supimos después que había pasado las dos noches en casa de una amiga, escondida en su habitación para que nadie la descubriera, pero que la niña viendo el revuelo que había, le había dicho que iba a contárselo a sus padres. Ante eso, se largó de allí y acabó en la estación de tren. Recuerdo el alivio extendiéndose por la casa y cómo lloramos los tres al saber que estaba viva y a salvo, porque ya nos temíamos lo peor.
Cuando por fin pude hablar con ella a solas, confirmé mis temores: su huida la había provocado yo. Tenía los ojos hinchados de llorar y me pareció mas pequeña que nunca. Me abrazó con fuerza, me dijo que lo sentía y que había pasado mucho miedo. Dijo que le había dolido muchísimo que me fuese así y los dejase atrás, que la dejase a ella sin decirle nada. Curiosamente, culpaba a mis padres de que yo me hubiese ido y la rabia la impulsó a hacer aquella locura. Dice que se arrepintió al día siguiente, pero que por vergüenza ya no fue capaz de volver atrás y se sintió obligada a seguir adelante e irse, aunque estuviese muerta de miedo. Cuando su amiga le dijo que se iba a chivar, se marchó y pasó horas en la estación, bloqueada sin saber qué hacer y a donde ir con sus pequeños ahorros de los regalos de cumpleaños.
Me limité a abrazarla mucho rato mientras llorábamos. De repente entendí que, para ella, yo no era solo una hermana, sino un refugio. Y peor aún, un modelo a seguir. En ese momento vi normal que culpase a mis padres de mi marcha porque yo también lo pensaba así, pero ahora, con la distancia y la madurez de los años, puedo ver que la que estaba equivocada era yo, que la que ponía las cosas difíciles era yo, que la que provocó todo el problema… fui yo.

Volví a casa. Mis padres me lo agradecieron. Hicieron hincapié en que aquella era mi casa y lo sería siempre, tanto mía como de mi hermana. Ellos me lo pidieron, sí, pero yo ya tenía previsto volver igual. Después de lo ocurrido con mi hermana quería estar ahí para vigilarla, apoyarla y darle tranquilidad. Lo último que queríamos ninguno era que volviese a hacer nada parecido.
Esperaba rencor y pullas por parte de mis padres, pero no fue así en absoluto. Ellos se comportaron como siempre, si cabe fueron más cariñosos aún. Tenían miedo, todos los teníamos. De algún modo, en casa el ambiente se suavizó bastante. Por mi parte, empecé a comportarme mejor, volví a estudiar, a colaborar en casa. Quería ser un buen ejemplo para mi hermana, era lo que me motivaba, me había dado cuenta de cuán importante era mi figura para su estabilidad. Esto hizo que mis padres pudieran relajarse un poco y al final volvimos a ser la familia que éramos antes de mi etapa complicada.
Ahora que somos adultas, una tarde surgió el tema y nuestros padres nos explicaron que no recuerdan cuarenta y ocho horas peores que esas en su vida entera, que el dolor y el miedo de poder habernos perdido a las dos los arrasó como un tsunami, y que tardaron mucho en recuperarse. Ambas les pedimos disculpas, aunque ya lo hubiésemos hecho muchas veces antes, pero nos dijeron que no había que pedirlas más, que solo éramos dos crías que no supimos entender la magnitud de nuestros actos.
Sin embargo, a mí siempre me pesará que, aún ahora, años después, los ojos de mi madre se siguen llenando de lágrimas cuando lo recuerda.