No estaba en nuestros planes ser padres por segunda vez, pero la vida (y mi descuido al tomar la píldora) nos llevó a un embarazo no buscado. A pesar de todo, mi marido y yo abrazamos la noticia con ilusión. Sin embargo, nuestra hija de seis años no lo recibió con el mismo entusiasmo.
Era única: hija única, sobrina única, nieta única y bisnieta única. Incluso entre nuestros amigos, era “la niña”. Admito, aunque me cueste, que todos contribuimos a crear un pequeño monstruo malcriado. Intentamos corregirlo, pero ya era tarde: el caballo caprichoso galopaba sin control, y aún hoy nos cuesta guiarla por el camino de la bondad y la empatía. Cuando decidimos darle la noticia de mi embarazo, lo hicimos con cariño, organizándole una pequeña fiesta en la que ella destacó como protagonista, “la hermana mayor”. Por desgracia, su reacción fue todo menos alegre: en un arranque de furia, se convirtió en un huracán que destrozó la decoración que habíamos preparado y rompió la carta en la que el bebé se presentaba.

De hija única y protagonista a hermana mayor
Odió al bebé durante meses. Nos odiaba a nosotros, especialmente a mí, a quien consideraba la “responsable” de “fabricar” a su enemigo. No había argumento positivo que la sacara de su espiral de rabia. Se negaba a asistir a las ecografías o a participar en las compras del carrito y la cuna. Hasta que, un día en el parque, vio a una amiga del colegio divirtiéndose con su hermana. Fue entonces cuando empezó a cambiar su actitud. La madre de esa niña, además, me recomendó que le pusiera ‘Bluey’, una serie de dibujos sobre dos hermanas perritas australianas que se lo pasan genial juntas. De un día para otro, nuestra hija comenzó a aceptar su nueva realidad y, por fin, empezó a mostrar ilusión por la llegada del bebé.
El problema era que ella quería una hermana. Hermana, en femenino. Nosotros tardamos en conocer el sexo del bebé porque quería organizar una ‘gender reveal’ y nos costó coordinar fechas con la familia. Estábamos ya casi a punto de dar a luz y seguíamos buscando el momento adecuado para la revelación. Solo mi madre y mi cuñada sabían el sexo, y fueron ellas quienes organizaron la fiesta. Finalmente, cortamos la tarta y, ¡sorpresa! El bizcocho era azul. Las lágrimas de mi hija se escucharon en todo el local. Se descontroló por completo. Era un niño, y no, ella no aceptaba que fuese un niño. Ella quería una niña, punto. Que lo cambiáramos, decía. La frustración y el berrinche fueron tan intensos y prolongados que tuvimos que dar por finalizada la celebración.

Cuando Adrián llegó, ella aún esperaba a ‘Adriana’
El bebé nació y lo llamamos Adrián, aunque para mi hija seguía siendo “Adriana”. Admito que pensé que sería más difícil para ella aceptar la situación, e incluso llegué a temer que pudiera reaccionar mal hacia el bebé. Me duele confesar que sentí cierto miedo de que mi hija mostrara alguna actitud agresiva hacia su hermano recién nacido. Por suerte, eso no ocurrió. No obstante, ella seguía anhelando una hermana y, desde su nacimiento, ha estado empeñada en transformar a Adrián en Adriana. Lo viste con vestidos de tul y le coloca lazos en la cabeza. Sé que la ropa no tiene género, ni los juguetes tampoco, pero seguro que entendéis a qué me refiero.
Han pasado semanas. Adrián llegó a nuestra familia para quedarse, para multiplicar el amor de esta casa y ella parece que, poco a poco, va asumiendo su papel de hermana mayor. Cada tanto la veo observando al bebé mientras duerme, y en sus ojos se adivina una mezcla de curiosidad y ternura. Aunque sigue vistiéndolo a su manera y aún se aferra a la idea de “Adriana”, noto pequeños destellos de cariño genuino, como si lentamente, sin darse cuenta, empezara a aceptar a Adrián tal como es. Tal vez solo necesite tiempo para hacer esa transición, para descubrir que tener un hermano, en masculino, puede ser tan especial como había soñado.