Creo que la mayoría estaremos de acuerdo en que la visita al ginecólogo nunca es agradable. A pesar de mis años y la de veces que he ido, siempre me pongo nerviosa cuando se acerca el día de la cita. Sin entrar en detalles, coincidiremos en que es incómodo. Necesario y rutinario, pero incómodo. Y yo además siempre llevo añadido un plus de miedo, porque como buena hipocondríaca voy con un temor atroz a que me encuentren algo malo. Pues en la última revisión salí de allí con un sentimiento horrible, y no fue porque encontrasen ninguna alteración.
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Iba, como ya he dicho, a revisión, pero en esta ocasión llevaba también una serie de preguntas, ya que mi pareja y yo estábamos planteándonos ser padres. Estábamos con mucha ilusión y le dije que si todo iba bien en la cita médica empezaríamos a buscar. Me hizo la citología, me exploró y a falta de los resultados definitivos me dijo que de entrada todo iba bien. Así que me lancé y le comenté el tema de la maternidad futura y si tenía que hacer algo al respecto, hacerme alguna prueba de fertilidad o si solo se hacían las pruebas si tras mucho intentarlo el bebé no cuajaba.

Me miró con el ceño fruncido y posó sus ojos en mi abdomen mientras me preguntaba cuánto pesaba. Le dije que no lo sabía con exactitud y me dijo que me descalzase, que iba a pesarme y medirme. No me sentí muy cómoda porque no terminaba de entender qué importancia tenía para mis preguntas, pero obviamente hice lo que me dijo. Medí 1,78 y pesé 89 kilos. «Tienes mucho sobrepeso, si quieres ser madre tienes que adelgazar antes de planteártelo siquiera», dijo con un tono frío y prácticamente sin mirarme. Me quedé cortada, pero a pesar de todo, le pregunté el por qué. No es que fuera una persona delgada, nunca lo había sido, pero no es que estuviese tan gorda como para que aquello fuese un problema, y las cifras no me parecieron alarmantes dada mi altura y mi salud estaba impecable. Y entonces me miró enarcando una ceja y soltó la frase que me hundió de golpe: «Las mujeres con sobrepeso no deberían ser madres. Es una irresponsabilidad».
Recuerdo que me entraron ganas de llorar y que sentí vergüenza. Él comenzó a decir que las personas incapaces de cuidarse físicamente para estar saludables tenían evidentes problemas de disciplina y autocontrol, y que a la hora de enfrentar un embarazo eso era fundamental para llevarlo a término con éxito, porque además implicaba menos riesgos para el bebé. Y tan tranquilo y como si estuviera diciendo cualquier banalidad, añadió que él pensaba que si como mujer no era capaz de perder peso para así tener a mi hijo de la forma más óptima posible, igual es que no debería tenerlo. Que sentía ser tan claro, pero que él estaba allí para informarme y no para adornarme la realidad.

No supe qué decir ni tampoco cómo defenderme. Intenté recomponerme, hacer preguntas. Pero él hablaba con la seguridad de quien cree que su opinión sienta cátedra. Me sentí juzgada, infravalorada, invalidada y casi regañada. Salí de allí hecha polvo. Había ido al médico a por el visto bueno y el médico había dictado sentencia: yo no debería plantearme ser madre a menos que perdiese entre 10 y 15 kilos. Fue muy desagradable pero, ¿y si llevaba razón? Llegué a casa y lloré a lágrima viva mientras se lo contaba a mi pareja. Fue él quien no se conformó y me hizo pedir una segunda opinión, pues le pareció que en el discurso que me había dado el primer ginecólogo había mucho de gordofobía y poco de realidad. Mi madre puso el grito en el cielo cuando se lo conté. Ella nos tuvo a mí y a mis hermanos estando «gordita», como dice ella. Me recordó que todas las mujeres de mi familia eran bastante «mujeronas» y habían dado a luz todas sin problema y fueron bebés sanos y felices. Yo estaba hecha un lío y el hecho de que las dos personas más importantes de mi vida opinasen así, me hizo contactar con un nuevo especialista.
La experiencia fue totalmente diferente. Cuando le conté mi situación se quedó estupefacta y me dijo que lamentaba mucho que hubiera tenido que vivir esa experiencia, que era evidente que el otro ginecólogo era de todo menos profesional. Ella también me midió y me pesó. Los datos fueron los mismos, pero su opinión fue radicalmente distinta. Quería hacer unos análisis extra con valores que el anterior médico no me había pedido, pero me adelantó que, en principio, no venía ningún motivo para que no comenzase a intentar quedarme embarazada. Me explicó que tenía algo de sobrepeso respecto al IMC y no «mucho sobrepeso» como dijo el anterior, pero además me explicó el por qué ese baremo ya no se tomaba como norma por las carencias que tenía, ya que había otros muchos parámetros que evaluar para determinar si yo estaba en una horquilla de peso adecuado y con buena salud, que es lo que de entrada a ella le parecía.

Unas semanas después, me dio los resultados: «todo en orden, si estáis decididos, adelante». Ese día salí de allí con lágrimas de nuevo, pero de alegría. Con ella sentí alivio, contención, información real. Entendí riesgos, cuidados y precauciones. Pero sin juicios. Sin vergüenza. Me juzgó y valoró como mujer completa más allá del número que aparecía en mi báscula. Obviamente ella llevó todo mi embarazo, que fue perfectamente normal y en estos momentos estoy embarazada del segundo.
A todas aquellas mujeres que son víctimas de juicios médicos gordófobos, les digo que no se queden con eso, que busquen segundas opiniones y, sobre todo, que sepan que no es culpa suya. Asegúrate de recordarlo.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo