Me he quedado sin trabajo. Después de dar tumbos y tumbos por el mundo laboral, por fin había conseguido el trabajo de mis sueños: dependiente en una librería. Desde que tengo recuerdos siempre he soñado con ser librero, los libros son mi mundo y me encuentro como pez en el agua entre ellos. Cierto que es que este trabajo no era del todo mi sueño, porque la librería no era mía, pero bueno, como si lo fuera. Se acercaba bastante a cómo me visionaba en mi imaginación.
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El trabajo me lo encontró una amiga, ella llevaba allí varios años y estaba muy feliz, siempre me había dado mucha envidia: el trato con la gente, las recomendaciones, conocer a los vecinos y sus gustos, saber recomendarles…y sobre todo, no llevarse el trabajo a casa. La cosa es que ella se mudó y quería que siguiera en la librería alguien de confianza, que amara la literatura y que mantuviera el clima familiar del lugar. Así que me recomendó encarecidamente a su jefe. Éste, que ponía la mano en el fuego por mi amiga, no lo dudó un segundo y me contestó.
Al principio todo fue genial, me llevaba fenomenal con mi jefe, nos reíamos, no había mucho trabajo y el que había era justo lo que a mí me gustaba. Incluso me permitía leer cuando no había clientes. Estaba en la gloria.
Pero pronto se empezaron a torcer las cosas. Llegó una época en la que solo venían abuelillos y más que a comprar se pasaban a charlar y a desahogarse. Yo no era desagradable con ellos, pero tampoco les daba mucha cancha, la verdad es que no sabía cómo interactuar con ellos. Mi jefe me dijo que tenía que hacer más por atenderlos bien, que eran clientes esenciales durante todo el año y aunque compraran poco eran de toda la vida y en ese negocio se funcionaba con el boca a boca. Yo dije que sí, pero pasé bastante del tema. Otro día me echó la bronca por estar con los cascos puestos, a mí me parecía de lo más normal, pero me dijo que daba mala imagen. Empezamos a tener roces, nada grave pero sí se notaba el ambiente cada vez más enrarecido.
El trabajo de mis sueños se comenzó a convertir en el trabajo que me estaba asfixiando. Cada vez me apetecía menos levantarme para ir a la librería. No me encontraba con ganas de ver a mi jefe ni de escuchar sus reprimendas o insinuaciones, así que evitaba en todo lo posible el contacto con él. Como supondréis esto no era muy fácil. Para tener menos conversaciones con él, empecé a decir a mis amigos que se pasaran por allí a ratos haciéndose pasar por clientes, así estaba entretenido y no tenía que hablar con él. El caso es que mi jefe debió de sospechar que esos clientes jóvenes y modernos, que se reían tanto con mis bromas y que venían de repente tenían algo que ver conmigo, porque los miraba raro y cuando se iban me hacía comentarios de lo más insunuantes
En fin, que un sábado en que él no vino a trabajar y en el que, previsiblemente, no iba a aparecer por allí ni el tato, le dije a mi novio que viniera a hacerme compañía. Llegó a la media hora de abrir yo la tienda y estuvimos de palique todo el tiempo, yo más feliz que nada. A la hora me llamó mi jefe, para ver qué tal. Esto me sorprendió, porque no solía hacerlo, pero no le di mayor importancia. Mi chico se quedó el resto de la mañana y nos la pasamos haciendo manitas y arrumacos cuando no había nadie. Antes de cerrar la tienda mi jefe volvió a llamar y me hizo preguntas muy raras, entre otras que si estaba solo. Esto ya me mosqueó, yo le dije que había venido un amigo a verme y ya está. No dije toda la verdad, pero tampoco mentí.
El lunes, cuando llegué a la librería, me estaba esperando con un papel en la mano y el ordenador encendido con una grabación en la pantalla: en ella aparecía yo dándome el lote con mi novio (varias veces) el sábado anterior. Me puse rojo como un tomate y no supe qué excusa poner, me había pillado con todo el equipo. Así que tuve que firmar el papel que tenía en la mano, que era otra cosa que mi hoja de despido.