Hace unos meses mi marido y yo nos pasábamos horas y horas mirando publicaciones de perritos en protectoras de animales, soñando con adoptar uno de ellos. El único motivo para no dar el paso es que vivíamos de alquiler, y aunque no sabíamos si mi casera admitía o no mascotas, era un riesgo muy grande a la hora de cambiar de piso, ya que en la mayoría no los permiten. Así que nos resignamos y seguimos soñando con tener perro algún día.

Por eso, cuando vi que se acercaba nuestro tercer aniversario de bodas y que ya teníamos prácticamente decidido meternos en una hipoteca para tener casa propia, tomé la decisión de darle una sorpresa. Aún nos quedaba un tiempo viviendo de alquiler, pero pretendíamos que fuera nuestro último piso alquilado, así que solamente tenía que preguntarle a mi casera actual. Sorprendentemente y contra todo pronóstico, me dio luz verde. Estaba súper ilusionada imaginando la cara de mi marido cuando me viese llegar con un perrito a casa.

dog

Contacté con una de las protectoras que seguíamos por redes sociales para que me mandaran info sobre los que tuvieran en adopción. Y no me costó nada decidirme, lo tuve claro a primera vista: era un cachorro de cinco meses, marrón y blanco, con unos ojos enormes y llenitos de pena que pedían mimos a gritos, así que no me lo pensé y lo elegí a él. La protectora aceptó mi solicitud como adoptante y quedamos el día de mi aniversario de bodas para entregármelo.

La sorpresa fue espectacular, mi marido no se olía nada y se quedó a cuadros cuando me abrió la puerta y le presenté a Crocus, el nuevo integrante de nuestra familia. El pequeñín se adaptó muy bien y en nada pudimos empezar a enseñarle cosas. Pero, mientras que yo me lo tomaba con calma, él estaba todo el tiempo buscando información y viendo vídeos sobre adiestramiento canino.

perro

Actualmente, lo que inicialmente fue una alegría para los dos, se ha convertido en una pesadilla que ocasiona discusiones tontas. Tener a Crocus en casa tendría que habernos unido más al ampliar nuestra familia, pero nos está distanciando. Yo quiero participar en la educación del perro, pero no llevándola al extremo como él, que parece querer un perro policía o algo similar, porque cada vez que yo opino al respecto, según él estoy equivocada. «Eso no se hace así», «eso no se le enseña así», «ahí no hay dejar que se suba nunca», no hay que saludarlo al llegar para que no se sobreexcite y hay que ignorarlo hasta que se calme, solo se le dan chuches si se las gana porque ha aprendido algo u obedecido, no hay que cogerle en brazos si no hay un motivo de necesidad, etc. Y si le rebato algo, acabamos discutiendo.

Al principio accedía por no acabar de lleno en otra discusión estúpida, pero me sentía tan frustrada que llegué a un punto de no retorno y le di a elegir: o se calmaba un poco y aceptaba también mis puntos de vista en la educación del perro, o me largaba y por supuesto me llevaba a Crocus conmigo. Os puede parecer ridículo que haya llegado al punto de darle un ultimátum y poner en riesgo mi matrimonio por la educación de nuestro perro, pero no sabéis la impotencia que sentía cada vez que tenía que hacer sí o sí lo que él decía y no lo que a mí me parecía bien. Además, si esto iba a ser así educando al perro, ¿qué ocurriría si acabábamos teniendo hijos? Su respuesta ante esto era para mí muy importante e iba mucho más allá de la educación de nuestro perro.

preocupada

Pues bien, parece que ese ultimátum ha sido para él un golpe de realidad. Me dijo que no era consciente de que me afectase tantísimo y que a él tampoco le gustaba discutir cada dos por tres, que pondría de su parte para que todo cambiase. Le advertí que habría normas no negociables: el perro podía subir al sofá, no estaba dispuesta a renunciar a eso; cogería en brazos al perro siempre que me apeteciese o me pareciese lo correcto sin que él me pudiese replicar que voy a volverlo un consentido o decirme que lo suelte; por último, que las chuches, las cuales se comen de manera ocasional, no tenían que ser solo recompensas, también se le podrán dar sin motivo. Le dije que quería un perro normal, educado, sí, pero no convertirlo en un perro patrulla. Y el accedió a ese término medio.

Soy consciente de que me jugaba mucho con el ultimátum, y que del mismo modo que ha salido bien podría haberme encontrado buscando piso de alquiler y abogado para el divorcio. Pero os aseguro que lo hice tras haberlo pensado muy bien y al darme cuenta de que no estaba dispuesta a tragar con esa situación, porque hoy era el perro, pero mañana podría ser la educación de nuestros hijos.