En este tiempo hace 9 años que empezó mi aventura con el autismo. Hasta ese momento sabía lo mismo que sabe (o cree saber) todo el mundo y solamente conocía un par de casos lejanos de esos que llamaban «severos». Nada más.

Pero hace 9 años entré de cabeza y buceé por los mundos del espectro, para darme de cara años más tarde con que sabía mucho menos de lo que creía y volver a sumergirme en un mar de emociones y nuevas características diferentes.

No quise asociarme en su momento porque veía muy de cerca cómo familias enteras y algunas madres en solitario caían en una espiral de autismo como único tema del que hablar y al que dedicarse, lo único a lo que dedicar su tiempo. Temí entrar ahí y no saber salir, que mi propio hiper foco fuera ese y acabar siendo solamente «mamá de autista». No lo critico en absoluto y sé que cada persona hace lo que puede y lo que sabe con él material que tiene, solamente supe que para mí no sería la mejor opción.

En vez de rodearme de madres de autistas (como yo) me metí de cabeza a bucear entre opiniones de autistas en primera persona. Me paré a oírlos a ellos y a ellas (que lo de que somos menos mujeres es un mito). Observé a mis hijos no sólo con las gafas detectoras de autismo si no solo con las gafas de madre que hace lo que sea necesario por sus hijos y su hija. Teniendo en cuenta sus características, obviamente, pero como se tienen en cuenta las características de cualquier niño.

El caso es que hace un año me decidí a acudir a una charla sobre autismo que daba una profesional en un colegio destinado a familias y docentes. No suelo acudir a estas cosas, pero esta vez me llamó mucho la atención la manera de presentar el tema.

Salí con la sensación de haber aprendido en 3 horas más que en toda mi vida, identifiqué muchas partes que no había visto de mis hijos, entendí muchas de sus conductas y me di cuenta de que no lo estamos haciendo tan mal.

Este año seguí a esa misma mujer (Marlene Horna, super super recomendado escucharla o leerla) a otra de sus charlas donde tuve de nuevo la misma sensación de aprendizaje. Sentí una mano en mi hombro y sentí que hay gente interesada en escuchar sus voces y no solo las nuestras.

Ella dio una recomendación que yo había seguido desde el principio sin darme cuenta. Ella recomendaba traer gente a casa. Traer compañeros y compañeras de cole a casa, porque en un lugar con un entorno conocido y seguro, se sienten tranquilos y libres de ser ellos mismos. En un grupo pequeño el resto de niños están más abiertos a mirar sin juzgar y la cercanía de conocer su casa, la confianza de entrar en su familia, les hace sentirse conectados.

Quizá esos niños y niñas no sean los mejores amigos y amigas de nuestros hijos en el futuro. Quizá lleguen al instituto y apenas se hablen, pero allí habrá alguien que lo entienda y pueda interceder, alguien a quien le sea difícil pasar de largo antes una injusticia, alguien a quien puedan acudir si no saben trasladar a casa lo que está pasando.

Ofrecerles la oportunidad de socializar con la intervención de sus personas de apego es una tranquilidad para ellos y ellas y una apuesta de futuros que seguro traerá cosas buenas para ambos. Pues las criaturas que crecen conociendo la diversidad llegan a las siguientes etapas con muchos más recursos y, sobre todo, con mucha más empatía y sin esa lastima condescendiente que era más habitual en otros tiempos.

Y este es mi mejor consejo como madre de autistas. A veces prefieres llegar a casa y tener silencio, pero no pasa nada porque una vez cada 15 días tengas una pequeña reunión en casa y, aunque te toque recoger más después, la sensación que queda en casa es increíble.

Diré, además, que haciendo esto mismo, hice un pequeño grupo íntimo de familias que han sido un gran apoyo y que sé qué yo lo soy para ellas también. Y eso es muy hermoso.

Luna Purple