Cuando mi hijo nació hace siete años, no hubo mucha discusión sobre el orden de los apellidos. Simplemente seguimos la tradición: primero el de su padre y luego el mío. Ni siquiera se nos pasó por la cabeza hacerlo al revés, hicimos lo que se llevaba haciendo desde siempre, sin darle muchas vueltas.
Justo en 2017, el año en que nació mi hijo, entró en vigor en España una ley que eliminó la prevalencia por defecto del apellido del padre. Ya se podía poner primero el de la madre. Pero, sinceramente, no lo pensamos.
Sin embargo, desde hace unos meses, mi padre se ha obsesionado con el tema. Cada vez que tiene la oportunidad, me echa en cara que su apellido está condenado a desaparecer, como si eso fuera mi responsabilidad. Que cómo no pensamos en poner primero mi apellido al niño, que deberíamos haberlo hecho así.
Al principio me lo tomé como una broma. Pensé que sería una de esas ideas pasajeras que a veces le rondan la cabeza y que con el tiempo desaparecería. Pero me equivoqué. Su preocupación ha escalado hasta el punto de sugerirme, muy en serio, que cambie el orden de los apellidos de mi hijo. “Total, es un simple trámite,” me dijo una tarde, así de buenas a primeras.

Lo más curioso, y lo que más me indigna, es que tengo dos hermanos. Dos hombres que también llevan el peso de transmitir el famoso apellido. Pero a ellos no les dice nada. Ni una sola queja, ni una insinuación, nada de presión para ellos.
Parece que, para mi padre, la continuidad de la dinastía recae únicamente sobre mis hombros, a pesar de que biológicamente mis hermanos tienen las mismas posibilidades de ser padres.
Esa doble vara de medir me enfurece y eso que ya debería estar acostumbrada a que me trataran así. Digamos que mis padres no han sido nunca ejemplo de permisividad, de empatía y de respeto hacia mis decisiones.
Siempre me han presionado: de niña para que estudiara, de adolescente para que llegara a la universidad, de adulta para que me casara y tuviera hijos. Y ahora que tengo un hijo, me llaman egoísta por no querer tener más.
Nunca soy suficiente para ellos: mis logros los puede hacer cualquiera; cuando me molesto por algo, nunca es para tanto. He escuchado toda mi vida comparaciones con mis amigas, con mis primas y con mis hermanos. Todo el mundo siempre era mejor que yo.

Y como podéis suponer, mi marido no les gusta. Siempre les pareció poco para mí porque no tenía estudios universitarios. Ahora que lo pienso, quizás por eso a mi padre le ha dado la pataleta de que cambie los apellidos de mi hijo, porque su yerno nunca fue de su agrado y no quiere que su nieto lleve primero ese apellido.
Como he visto que para él es un tema serio, he intentado razonar con él. Le he explicado que los apellidos son sólo una parte de nuestra identidad, que el amor y los valores que transmitimos a nuestros hijos son mucho más importantes que una simple palabra en un documento. Pero no hay manera de convencerlo. Mi padre es un hombre de otra época, atado a tradiciones que yo no comparto del todo. Para él, el apellido es sinónimo de legado, de trascendencia.
Hace poco, durante una comida familiar, el tema volvió a salir. Mi padre mencionó el asunto delante de todos, como si quisiera avergonzarme o buscar aliados para su causa. “Cuando yo ya no esté, nadie llevará mi apellido,” dijo con un tono triste y lastimero. Mi hermano mayor se rascó la cabeza, visiblemente incómodo, mientras el menor simplemente se hizo el desentendido. Creo que ninguno de los dos quiso decir nada por si empezaban a presionarlos con el tema de tener hijos, como a mí me han hecho tantas veces.

Pero eso no ocurrirá, porque nunca nos han tratado por igual. Mientras yo he sufrido la imposición de muchas cosas por ser mujer, mis hermanos han hecho lo que han querido. Yo he tenido que cumplir con las expectativas de mis padres, con todo lo que eso implica, mientras mis hermanos no han estudiado, han salido, han entrado, y han tenido las parejas que han querido sin ser juzgados.
Y con lo único que pensé que jamás me agobiarían, precisamente por ser mujer, era con el tema de perpetuar el apellido familiar, porque tradicionalmente se pone el del padre. Pues me equivoqué: al final, ellos encuentran cualquier excusa para seguir haciéndome chantaje emocional.
Si una cosa tengo clara es que no voy a cambiar el orden de los apellidos de mi hijo. Primero, porque a sus siete años ya tiene una identidad construida alrededor de su nombre. Y segundo, porque ya he cedido a muchos chantajes que me han hecho mis padres a lo largo de mi vida, y no voy a discutir con mi marido, con el que sigo felizmente casada, ni a crearle confusión a mi hijo solo por complacer un capricho de mi padre.
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.