Mis padres llevaban divorciados casi diez años cuando, al fin, mi padre me dijo que había conocido a alguien. Me sorprendió mucho, porque en esos años no se le había visto con ninguna otra mujer, al menos que yo supiera. Por eso, cuando organizó una cena en su casa para presentárnosla a mi hermana y a mí, me puse loca de contenta. Su divorcio fue muy traumático para mí, me pilló en plena adolescencia y fue difícil de asumir, pero ahora que era adulta solo quería que ambos fueran felices por su cuenta. Mi madre llevaba cuatro años casada de nuevo, pero él era la primera vez que hacía oficial la existencia de una nueva pareja.
Mi hermana y yo llegamos a la cena a la hora prevista. Lo habíamos hablado y queríamos dar una buena impresión, al menos esa vez, ya que la puntualidad no es nuestro fuerte. Pero cuando mi padre nos abrió, ella aún no había llegado. Media hora más tarde de la hora acordada, llamaron al portón. Fue mi padre quien abrió, mientras nosotras aguardábamos intrigadas detrás de él. Al abrir la puerta vi a una chica joven, como de mi edad, y mi primer pensamiento fue que se había equivocado de casa. Pero entonces abrazó y beso a mi padre en los labios, quien posteriormente la hizo pasar dentro. «Bueno, pues esta es Lucía», anunció eufórico. A día de hoy aún daría todo mi dinero por poder haber visto desde fuera la cara de mi hermana y la mía.

Lucía tenía 25 años, uno menos que yo. Se habían conocido en pilates. Mi padre, en pilates. Estaba claro que no estaba al tanto de lo movida que se había vuelto su vida, porque en esa cena me enteré de que también jugaban juntos al pádel en un club y, además, se habían apuntado a clases de salsa. Mi hermana y no no podíamos parar de intercambiar miradas que, por primera vez entre nosotras que nos entendemos a la primera desde niñas, eran indescifrables.
Ella estaba terminando de estudiar ADE y después quería hacer un máster. Le encantaba salir a bailar y ya había presentado a mi padre a su grupo de amigas, que según decía, le adoraban. Era muy abierta y habladora, pero cuanto más hablaba Lucía, más se apoderaba de mí la idea de que estaba con mi padre por interés. Concretamente, por dinero.
Mi padre estaba prejubilado. Tenía 52 años cuando, después de haberse pasado la vida metido en un despacho, se agarró a la posibilidad que le ofreció la empresa de retirarse un poco antes de lo previsto con una pensión muy buena. Con lo cual, económicamente había alcanzado muy buen nivel en los últimos dos años ya que no tenía demasiados gastos. Y allí estaba ella, sacada de un mundo parecido al mío y metida de golpe en el mundo de mi padre, manteniendo una relación con un señor que por edad podría haber sido también el suyo. Sí, mi padre es un hombre atractivo, visto de forma objetiva, pero aún así, aquella diferencia de edad era demasiada. Además, era guapa, tenía un tipazo y unos ojos celestes enormes, así que podría haber tenido al hombre que quisiera.

Salimos de su casa tras la cena y mi hermana y yo nos fuimos directas a la mía para hablar del asunto. Estábamos flipando. Y ambas coincidimos en que aquello apestaba a segundas intenciones. Decidimos estar atentas y se nos ocurrió provocar más encuentros con ellos para ver si conociéndola más la pillábamos mintiendo o fingiendo con algo. Pero lejos de eso, cada vez que quedábamos le veíamos a él más feliz que nunca, y ella era cariñosa, atenta y detallista con él. No había forma de demostrar nada, por lo que ni siquiera nos planteamos el hablar con mi padre. Sin pruebas no podíamos, le haríamos daño gratuitamente.
Pero solo unos meses después, ocurrió algo que lo cambió todo. Estaba en el trabajo cuando recibí la llamada que más miedo me había provocado en la vida: mi padre estaba en el hospital. Salí corriendo y al llegar encontré a Lucía en la puerta. Lloraba desconsolada. Al parecer mi padre había empezado a encontrarse mal durante el almuerzo, aunque él no había querido darle importancia. Ella le estaba insistiendo en que fuesen al médico cuando, de repente, él se mareó y se cayó de la silla en el bar. Llamaron a una ambulancia y se lo llevaron, consciente pero mareado y con mucho dolor en el pecho. A ella no la dejaron ir con él por no ser familia, pero le dijeron el nombre del hospital y que podía esperar en la puerta de urgencias. La dejé allí y le encargué que esperase a mi hermana mientras iba a pedir más información sobre mi padre y entré como una exhalación por las puertas del edificio.
Las siguientes horas fueron un horror. Nos dijeron que parecía un infarto y que le estaban haciendo pruebas, que saldrían a buscarnos en cuanto supieran algo. Pasamos a la sala de espera las tres y allí pasamos la tarde entera hasta que nos dieron novedades. Ella seguía llorando sin parar y yo no podía dejar de mirarla. Estaba claramente afectada, aquello no se podía fingir, era evidente que estaba sufriendo y mucho.

Mi padre estuvo ingresado cinco días por un amago de infarto. Y Lucía estuvo allí clavada casi todas las horas de esos cinco días. Incluso nos pidió hacer los turnos de noche en el hospital, cosa a la que accedimos siempre que nos turnásemos entre las tres. Cuando le dieron el alta, volvió a llorar pero de la emoción. Durante el periodo de recuperación, se mudó a casa de mi padre. Mi hermana y yo trabajábamos y nuestro horario nos iba a poner difícil el acompañarlo tanto como queríamos, pero ella nos dijo que en solo le quedaban un par de exámenes y se ofreció a estar con él todo el tiempo necesario. Estaba completamente comprometida con ayudarle a recuperarse. Cuando iba a su casa y veía cómo le cuidaba, le mimaba y le demostraba su amor con cada gesto, me avergonzaba muchísimo de haber pensar lo que pensé de ella.
Hace ya cuatro años de aquello. Se casaron el año pasado, han tenido un bebé y mi padre bromea con que va a ser el padre más viejo de la puerta del colegio. Él se ha recuperado del todo y se ha tomado muy en serio su salud ahora que vuelve a ser padre, porque es consciente de que su edad no es la idónea para la paternidad, aunque dice estar muy tranquilo sabiendo lo querido que es su hijo por su madre y sus hermanas, que nunca dejarían que le faltase de nada. Sin duda, somos una familia poco convencional, pero si hay algo que ha quedado definitivamente fuera de ella, son los prejuicios.
Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.
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