Llevaba con mi novio unos ocho años cuando me pidió que nos viéramos con más gente. Nuestra relación no era perfecta, pero siempre pensé que éramos felices, así que cuando me pidió abrir la relación, me pilló totalmente por sorpresa.

Más relatos y follodramas aquí, vente

—He estado pensando… ¿y si abrimos la relación?

Recuerdo que me soltó esa bomba y yo me reí. Pensé que me estaba gastando una broma de mal gusto. Pero al observar detenidamente su rostro, supe que no.

Mi cerebro necesitó unos segundos para entender lo que estaba pasando. Yo no estaba muy de acuerdo. Podría haber dicho que no, podría haberle dado a elegir entre seguir conmigo en exclusiva o romper.

Pero algo en mi interior me decía que si me negaba a aquello lo perdería para siempre, así que acepté.

Pero acepté con condiciones, claro. Que no hubiera secretos. Que nos contáramos cuando habíamos quedado con alguien. Y lo más importante, que lo nuestro siguiera siendo lo principal. Hablamos durante horas, como si estuviéramos redactando un contrato.

Yo le pedí una cosa: que si empezaba a tener sentimientos por otra persona, me lo contara enseguida. Me daba igual con quien se acostara, pero si alguna de esa chicas se volvía especial, quería saberlo.

Las primeras semanas fueron raras. Yo no quedé con nadie. No me apetecía andar ligando con hombres. Él, en cambio, parecía estar más feliz que nunca. Más pendiente del móvil que de costumbre.

Todo iba bien, hasta que empezaron las pequeñas grietas.

Cuando quedaba con otra chica, me lo contaba. Y yo me moría por dentro. Lo peor es cuando llegaba a casa oliendo a un perfume que no era el mío. O cuando me buscaba en la cama después de haber tenido una cita con otra mujer. Yo pensaba que como con ella quizás no había llegado a mayores, por eso quería hacerlo conmigo. O que quizás le excitación de haberlo hecho con otra lo llevaba a seguir teniendo deseos que calmar conmigo.

Tras experimentar celos, tristeza y rabia, llegó la aceptación. Y fue cuando yo empecé a verme con otros chicos. Él, súper interesado en que le contara detalles. Parecía que escucharme hablar de lo que había hecho con otros le ponía a mil.

Parece una locura, pero gracias a vernos con otras personas, recuperamos la chispa en la cama. Llevábamos un para de año viviendo juntos y hasta el sexo se había vuelto rutinario. Al abrir la relación, la nuestra se había revitalizado. O eso parecía…

Pues todo saltó por los aires un sábado por la mañana. Yo llevaba un tiempo sospechando que siempre quedaba con la misma chica. Le pregunté varias veces y siempre lo negó.

Pero aquel día, cogí su móvil para poner música mientras él se duchaba. Juro por dios que no tenía intenciones de mirar su WhatsApp pero justo en ese momento le entró un mensaje de una tal Andrea que decía “¿Quedamos esta tarde?”. Solté el teléfono, pero al instante lo volví a coger y me metí en la conversación con aquella chica.

Lo que me encontré fue que llevaba meses hablando y viéndose con ella. Y cuando digo meses, me refiero a que se veían antes de que nosotros llegáramos al acuerdo de abrir la relación.

Pero lo que más me dolió no fue que él ya había abierto la relación antes de comunicármelo a mí. Es que tuve que leer conversaciones sobre sentimientos, sobre lo mucho que se querían y promesas por parte de él de dejarme para formalizar con ella su relación.

Cuando salió de la ducha, me encontró sentada en la cama con el móvil en la mano. Le pregunté algo muy simple:

—¿Desde cuándo?

Por supuesto, sabía de qué le estaba hablando. Intentó negar. Luego intentó minimizar.  Que no era nada serio, que estaba confundido. Pero al final no pudo negar lo evidente.

—Por eso te propuse abrir la relación, para no hacerte daño. — Esa frase fue la más cruel de todas. No quería abrir la relación. Quería blanquear una infidelidad que ya estaba en marcha.

Me explicó que al principio fue solo una tontería, que no pensaba que fuera a ir a más. Que cuando vio que se estaba implicando, se asustó. Estaba sintiendo por la otra persona, pero por mí también, y no quería perderme.

Yo le miraba y no reconocía al hombre que decía amarme. Si me hubiera dicho: “Me he enamorado de otra”, habría dolido igual. Si me hubiera confesado la infidelidad antes de hablar de abrir nada, habría sido devastador. Pero al menos habría sido honesto. Lo que hizo fue peor: me pidió generosidad cuando ya me había traicionado.

Al día siguiente le dije que se fuera de casa. Lloré mucho, pero entendí que me había estado conformando con migajas por miedo a perderle. Yo nunca había querido abrir la relación, lo hice por él. Yo misma pisoteé mi dignidad por pánico a quedarme sola.

Ahora, ha pasado ya un año desde que rompimos y él está con ella. Salió de mi casa para meterse en la suya. Al principio me dolió, me daba la sensación de que le había dejado vía libre para irse con la otra. Pero en realidad, una persona que te trata así, no merece la pena.