Ha llovido bastante desde aquel verano en el que mi prima y yo nos fuimos de veraneo a un pueblecito de la Costa Blanca, pero el recuerdo de aquella «aventura» todavía sigue grabado en mi memoria como si hubiera sido ayer. Pusimos rumbo a la casita de sus padres en la playa para pasar unos días a nuestra bola, a disfrutar del sol, el mar y todas las maravillas que ofrece el verano a dos recién estrenadas solteras como nosotras.
Más testimonios reales en whatsapp
Después de poner fin a sendas relaciones amorosas de más de tres años, nuestra principal intención era desconectar. Sin embargo, una noche decidimos salir de fiesta. Fue así como le conocí. Ricardo, profesor de infantil, autóctono, simpático y guapo a rabiar. Parecía un tío divertido, interesante y maduro, así que cuando empezó a tirarme la caña de forma evidente, me dejé llevar y terminamos liándonos aquella misma noche. Estaba segura de que quería volver a repetir.
Solo nos quedaban unos días de vacaciones, así que intenté aprovechar el tiempo con aquel chico que me tenía loca. Nos lo estuvimos montando por todas partes y a todas horas, hasta que tocó regresar a la ciudad. Yo creía que sus planes de futuro eran las típicas chorradas que dicen los tíos, pero poco después pude comprobar que sus intenciones eran completamente opuestas a las mías. El tío iba muy en serio.
Me empecé a agobiar cuando vi que quería hablar conmigo constantemente, como si fuéramos pareja. Me escribía a cada minuto, quería saberlo todo sobre mí e incluso me llamaba todas y cada una de las noches, sin excepción. Por suerte, pareció funcionar un tiempo el ser distante, hasta que un día me dijo que venía a mi ciudad para visitar a unos amigos y decidimos quedar. Acabamos en la cama de su hotel, pero entonces me confesó que no había ningún amigo: simplemente se moría por verme. Decía estar dispuesto a dejarlo todo, incluso su trabajo, y venir a vivir conmigo. Bandera roja como una casa.
Le expliqué que yo no buscaba nada serio, que no quería ser su pareja y que era mejor que aquello no volviera a suceder. Aunque quedamos en que seríamos amigos, a él le daban neuras de vez en cuando; me llamaba constantemente y me decía que le había calado muy hondo. Era tan jodidamente intensito que me inventaba que no estaba en la ciudad para no quedar con él. Hasta que cometí un error muy gordo: le comenté que iba a salir a celebrar el cumpleaños de una amiga a una famosa discoteca.
Estaba yo de madrugada dándolo todo cuando Ricardo me escribió diciendo que tenía que decirme algo muy importante. Cuando salí a la calle, me quedé de piedra. Allí plantado, en la puerta de la discoteca a cientos de kilómetros de su casa, estaba Ricardo. Me dijo que había conducido durante cinco horas porque quería «luchar por lo nuestro». Le pedí que entendiera que la situación era bizarra y que le había dicho mil veces que no quería nada con él. Lejos de entenderlo, se enfadó y me preguntó si acaso le tenía miedo.
Efectivamente, me empecé a asustar, pero aparecieron mis amigas y me salvaron. Ricardo me dijo que ya me dejaba en paz, no sin antes decirme que no me olvidaría nunca. Nos fuimos a casa en taxi por miedo a que nos cruzásemos con él de camino al metro. Nunca más volví a saber de Ricardo, salvo un mensaje diciendo que se había ido a vivir a California. Poco después cambié de número y no he vuelto a tener noticias suyas… por suerte.
Mar Martín.