Nunca me había detenido demasiado a observarlo, si soy completamente sincera. Era mi vecino de puerta, un hombre discreto, amable, de esos que saludan con una sonrisa leve y te aguantan la puerta si ven que estás al llegar. Yo llevaba casi seis años en el edificio, desde que me había divorciado, y él ya estaba allí cuando yo llegué. Vivíamos separados apenas por una pared y, sin embargo, en todos esos años nuestras conversaciones no habían pasado del típico y breve “buenos días” y similares. Él también parecía vivir solo junto a un perro, que no solía hacer ruido. Así que la convivencia era tranquila y no daba pie ni siquiera a protestas. Pero una tarde lo cambió todo.

Llovía con furia, había llegado del trabajo un rato antes y planeaba pasar la tarde leyendo relajadamente bajo la manta, cuando escuché que llamaban a la puerta. Al abrir, mi vecino estaba allí, con el perrito en brazos y expresión de agobio.

Me explicó atropelladamente que tenía que viajar inmediatamente porque su madre había sido ingresada en el hospital, que era hijo único y debía irse inmediatamente a la ciudad en la que estaba. No tenía con quién dejar a Luna, su perrita, y me dijo que me pagaría lo que le dijese si se la cuidaba unos días. Los perros no eran lo mío, pero le dije que por supuesto que sí, y que no tenía que pagarme nada. Me dio las gracias mil veces y así fue como Luna acabó en mi salón, mirándome con cara de no entender nada.

A partir de ese momento, mi casa se llenó de una vida que no sabía que me faltaba. La perrita me seguía por todas partes, era mi pequeña sombra. Se tumbaba a mi lado mientras veía la tele, me miraba atentamente cada vez que hacía algo, dormía en los pies de mi cama y cada vez que sonaba el ascensor, corría a la puerta pensando que era su dueño, que había vuelto. A mí se me rompía un poco el corazón cuando la veía mover el rabito frente al portón, esperando a alguien que no llegaba.

Cinco días más tarde, volvió mi vecino. Su madre no había sobrevivido. Abrí la puerta y parecía que habían caído sobre él diez años de golpe: unas ojeras oscuras y profundas delataban las noches de hospital sin dormir, y en sus ojos el profundo dolor de la pérdida. Le di el pésame, pero no me pareció suficiente e instintivamente le di un abrazo. Fue un gesto torpe, casi impulsivo, pero él se aferró a mí como quien necesita sostenerse para no caer.

Durante los días siguientes nos cruzamos más a menudo, o quizás es que simplemente empecé a notar su presencia. A veces en el pasillo, otras en la azotea cuando él subía a fumar y yo a regar mis plantas, en el portal, etc… Comenzamos a hablar. Primero de cosas triviales: el clima, la perrita, el trabajo. Y poco a poco, sin darnos cuenta, las conversaciones se volvieron más largas, más profundas.

Una noche me invitó a cenar. Preparó pasta, un Rioja y encendió unas velas improvisadas. Me habló de su madre, de su infancia en un pueblo de la costa del norte, del miedo que tenía a quedarse solo ahora que ella había muerto. Yo le hablé de mis propias pérdidas, de mi divorcio tras diez años de casada y de cómo aún me costaba volver a confiar. Esa noche no pasó nada… pero yo empecé a notar que aquello me estaba empezando a gustar.

Empezamos a buscarnos sin decírnoslo. A veces me dejaba flores en la puerta. Otras, yo cocinaba de más para tener una excusa y tocar su timbre. Luna aprovechaba cualquier descuido de él para venir a rascar mi puerta y que le abrirse, como si supiera que lo nuestro era una historia que aún no se atrevía a comenzar del todo.

Una noche en la que le había invitado a cenar a casa, de repente se fue la luz. No eran los fusibles, y comprobamos que se había ido en toda la calle. Encendí un par de velas, nerviosa por la intimidad que aquella penumbra había creado en el ambiente. Volví al sofá y me senté junto a él.

Nos miramos y nos quedamos callados unos segundos, sin saber qué decir. Y entonces, tímidamente, me besó. No había sido un beso planeado, no estaba previsto, del mismo modo en que no lo estuvo que aquello tan especial surgiese entre nosotros. No hubo pasión desenfrenada sino ternura y nervios. Nos separamos y nos sonreímos un segundo antes de volver a juntar nuestros labios. El amor nos había sorprendido en un momento en que ambos habíamos dejado de buscarlo. Él jamás se había casado; yo, divorciada y con problemas de confianza desde entonces. Y ahí estábamos los dos, yo cerca de los cincuenta y él recién cumplidos, con la emoción de dos jóvenes que se besan por primera vez.

Desde esa noche, todo cambió. Nos cogimos de la mano con miedo, o mejor dicho, con precaución, como si el mundo pudiera romperse si apretábamos demasiado fuerte. Nos dimos tiempo, respeto, espacio y mucha calma. No nos prometimos nada, solo nos quedamos, el uno junto al otro, disfrutando de lo que había surgido de forma tan curiosa.

A veces, cuando Luna se acurruca entre nosotros en el sofá, pienso en lo aleatorio que puede llegar a ser el destino, en cómo la vida te cambia de repente y algo que no esperabas que volviese a pasar, llega de forma arrolladora para cambiarlo todo. Y es que el amor no tiene una edad en la que ya no aparece, como yo pensaba. Solamente hay que aceptarlo, abrirle la puerta y disfrutar de él.