Todo comenzó de la manera más absurda. Era relativamente nueva en el edificio, llevaba un par de meses viviendo allí y desde la primera noche empecé a odiar a un vecino en concreto. Yo no sé qué hacía, pero casi todos los días llegaban las doce de la noche y mi casa se llenaba de ruido: golpes, muebles arrastrados, música y lo que parecían videojuegos online. Era un bloque bastante grande con muchos vecinos, pero en mi labor detectivesca inspirada en mi afición a los podcast de true crime había logrado dar con el maldito idiota que me había llevado a dormir con tapones de oídos.
Había llegado a buscar otros pisos con intención de largarme de allí, aunque me aterrorizase pasar por otra mudanza. Aún tenía resaca de la anterior con la paliza que me había pegado. Pero no encontraba nada que me encajase mejor de precio y ubicación. Así que allí seguía, aguantando al vecino capullo. Ni siquiera le ponía cara, ya que no había coincidido con casi nadie en las zonas comunes en esos dos meses. Me lo imaginaba como a un niño rata encerrado en el cuerpo de un adulto de treinta años que vivía pegado a su videoconsola y su portátil.

Abandonada toda esperanza de poder cambiar de piso, decidí que era hora de enfrentar el problema de cara y me propuse que, la próxima noche que se pasase con el ruido, iría a quejarme a su puerta. Y no tardó en darse la oportunidad. El mismo viernes por la noche, sobre la una de la madrugada, empezó la fiesta. Dormía desde temprano porque había llegado con jaqueca del trabajo, cuando me despertó el ruido de los tiros del videojuego y su conversación con otros jugadores, entiendo que por micrófono, porque solo le oía a él aunque estuviese manteniendo una charla. Me levanté, me puse la bata y salí al rellano cruzando los dedos para que jugase online con gente y no estuviera loco y hablando solo. Esa idea casi me hace darme la vuelta, pero al final me mantuve en mi determinación y llamé al timbre de la puerta de la izquierda.
Nada, no abría nadie. Volví a llamar, esta vez más insistente. Entonces escuché pasos al otro lado, ahí venía. Abrió la puerta y encontré a un chico de unos treinta y pico años, con el pelo moreno revuelto, vestido solo con un pantalón ancho y el torso musculado desnudo, y lo más importante, una cara de sueño tremenda, como si lo hubieran despertado hacía unos segundos. Desde luego no era el aspecto que había imaginado que tendría, pero ya estaba allí y por muy bueno que estuviera, no iba a recular.

«Buenas noches, soy tu vecina de al lado, a la derecha del portón. ¿Te importaría dejar de hacer ruido? No hay forma de dormir así». Se quedó mirándome con cara de extrañeza y kilos de sueño y me dijo «¿Qué ruido? Si yo estaba durmiendo, eres tú quien ha venido a darle al timbre como loca a estas horas». Ahora la confundida era yo. Estaba segura de que el ruido venía de ese lado del edificio, pero era evidente que estaba sorprendido y dormido. Y entonces escuché los mismos murmullos y ruidos que escuchaba en mi piso, pero proveniente del interior de su casa, aunque amortiguados por un muro, igual que en la mía. Él me vio mirar por encima de su hombro y alzó las cejas con gesto de haber entendido algo que yo aún no había pillado. «¿Te refieres a ese ruido? Así que, ¿a tu casa también llega? Es el vecino que vive justo arriba de mí, un gamer que parece hacer vida solamente de madrugada, porque de día no se escucha ni un susurro», dijo.
Quise que la tierra me tragase. La situación había cambiado radicalmente: ahora era yo quien estaba molestando a un vecino en mitad de la madrugada, había interrumpido su sueño, le había hablado con tosquedad y le había culpado de algo de lo que no era responsable. «Nena, te has coronado, menos mal que no eres detective», pensé. Roja como un tomate me disculpé y me apresuré a volver a mi casa. ¡Qué vergüenza! Seguro que mi cerebro guardaría esta situación para recordármela en noches de insomnio el resto de mi vida. Me sentía ridícula.

Al día siguiente, seguí dándole vueltas al numerito de la madrugada. Para colmo, me crucé con él en el portal por la mañana, y me limité a soltar un tímido «buenos días» sin apenas mirarle a la cara. No me lo había encontrado en dos meses y me lo tenía que cruzar ahora. El destino, que a veces es cruel. Él me devolvió un gesto divertido, mitad sonrisa, mitad burla silenciosa, como si no pensara dejarme olvidar fácilmente mi metedura de pata.
Pero esa misma noche, el ruido volvió. Otra vez los tiros del videojuego, otra vez dando voces, la silla arrastrándose y todo el jaleo de siempre. Esta vez me limité a tratar de ignorarlo. No quise pasar otro bochorno. Pero entonces sonó el timbre de mi portón. Me levanté para abrir. Allí estaba mi vecino, esta vez vestido por completo y sonriéndome. «Venía a ver si te apetecía acompañarme a visitar al gamer. Viendo el genio que tenías anoche debes estar tan harta como yo y he pensado en aprovechar la ocasión para acabar con esta tortura nocturna». Sonreí y acepté el plan. Fui a vestirme y tras diez minutos estábamos aporreando la puerta del vecino ruidoso. Resultó ser un chavalito de apenas dieciocho o diecinueve años que se disculpó y nos pidió que no nos quejásemos a su casero, cosas que le dijimos que no haríamos mientras no volviera a ocurrir. Bajamos a nuestro rellano con sensación de victoria y me dijo si me apetecía una copa para celebrarlo. Al fin y al cabo, era sábado, así que acepté.

Volvimos a su piso. Tenía un salón pequeño pero acogedor, quizás un poco desordenado. Me sirvió una copa y nos sentamos en el sofá. La conversación con él resultó ser bastante cómoda y natural. Así descubrí que estaba soltero, que teletrabajaba en casa como programador y que le encantaban los animales pero que su casero no le dejaba tener ninguno. Llevaba algo más de dos años viviendo allí y yo era una recién llegada, así que me contó algunas anécdotas con otros vecinos y me puso un poco al día de quién era cada cual y dónde vivían. Algunas eran realmente divertidas y nos reímos mucho. Me lo estaba pasando muy bien y el vino empezaba a subírseme un poco a la cabeza. Empecé a repasar su rostro y me quedé mirando sus labios carnosos que dejaban ver una sonrisa perfecta. Me acordé de su torso desnudo la noche anterior y se me encendieron las mejillas.
Cada vez estábamos más cerca, había pequeños toques de contacto físico, algún que otro roce que pretendía ser accidental pero era más bien intencionado. No recuerdo muy bien quién se inclinó primero. Tal vez fue él o tal vez yo. Pero cuando me quise dar cuenta estábamos besándonos y una cosa fue dando paso a la otra.
Nos acostamos. Fue torpe y dulce, como cuando aún no te sabes de memoria el cuerpo del otro y vas explorando la novedad y probando para conocer sus puntos débiles. Nos quedamos dormidos allí mismo, enredados entre las sábanas de su cama, que olían maravillosamente a suavizante. No era de extrañar, porque, por fin, no había ruidos que nos evitasen descansar. Y a la mañana siguiente repetimos, esta vez con muchísima más fluidez y confianza, pues ya habíamos descubierto qué nos gustaba a cada uno y fue increíble.

«¿Te das cuenta?» dijo él después de nuestro escarceo mañanero, «Nuestro plan ha funcionado, el gamer no se ha escuchado ni una sola vez más desde nuestra visita».
Y con una mirada picarona, le respondí: «Parece que se tomó en serio nuestra advertencia. Aunque… es bastante probable que en esta ocasión haya sido él quien nos haya oído a nosotros». Nos miramos, cómplices, y nos reímos.
Más tarde, ya en mi piso, me puse a pensar en todo lo ocurrido. Irónicamente, a pesar de los dos meses de tortura nocturna, al final iba a tener que agradecérselo al vecino gamer. Me di una ducha, me vestí y cuando me disponía a salir vi cómo un post-it se colaba por ir debajo de mi puerta. Lo cogí y sonreí al descubrir que traía escrito un número de móvil y una frase: «Aunque ya no haya que combatir a ningún vecino, si te apetece te espero para dar guerra de nuevo esta noche. Me ha encantado pasarla contigo».
Guardé su número en mi agenda y salí por la puerta sonriendo y enviando un WhatsApp: «Soy yo… ¿A qué hora quieres que vaya a aporrear tu puerta?».
Escrito por Carol M.